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sábado, 8 de noviembre de 2008

Super Mujeres y Señorones del antiguo Ocotepec, Morelos.

Por Jesús Pérez Uruñuela
Regional del Sur. 2005

El sexo femenino, como herencia prehispánica tuvo en Ocotepec una posición de inferioridad respecto al hombre. Su obligación de madre era transmitir a sus hijas el cumplir con las obligaciones matrimoniales propias de “una buena esposa”. Además, les inculcaba los preceptos religiosos y morales que había recibido ella de su madre, y obviamente, las capacitaba para cocinar, coser, remendar, barrer y demás actividades hogareñas y agrícolas.

Relación de actividades propias de la MUJER:
Cocinar, “echar tortillas” para la familia, cuidar del aseo de la casa, y transportar agua desde la “pileta” de la Ayudantía Municipal a su hogar en cántaros de barro de tres orejas con capacidad para 8 a 10 litros. El cántaro era sostenido en la espalda con un mecate que pasaba por las tres orejas del jarro y que presionaba el pecho. Además de su continuos embarazos y partos (algunos malogrados), amamantaba y cuidaba a sus hijos (hasta trece en número) y atendía los animales domésticos (gallinas, guajolotes, perros...) y las plantas del jardín. Cuando era temporada de siembra y cosecha, llevaba alimento al campo para su esposo y los peones.

Y por si fuera poca la carga de trabajo (excepto en temporada de siembra y “pixca”) hacía tortillas para venderlas en Cuernavaca: antes de las tres de la mañana, la familia despertaba y estaba lista para iniciar el diario ajetreo. Los hombres de la casa llevaban el nixtamal al molino, y a las cinco, estaba listo el comal sobre el horno para cocer las tortillas. A las once horas, la mujer caminaba seis kilómetros para llegar a la ciudad a hacer “sus entregos” u ofrecerlas en el “Mercado del Reloj”. Como a eso de las cuatro de la tarde, muy cansada la mujer regresaba a Ocotepec (algunas veces) en el camión que iba a Chamilpa, y entonces daba de comer a la familia, atendía los animales domésticos... y “nixtamalizaba” el maíz para el próximo día.
Al acostarse, cumplía con sus obligaciones maritales.

Pese a lo arduo de su trabajo, la mujer ocotepeña, se distinguía por su femenina e impecable presencia: chincuete (falda muy amplia enredada en el cuerpo) y blusa repujada o huipil con fajas, así como delantal. Brillante pelo, arreglado en un par de gruesas trenzas entretejidas con listones de alegres colores. Arracadas, collares y anillos de metal le adornaban las orejas, el cuello y las manos.

Con garbo la mujer caminaba descalza con la cabeza descubierta o tapada con un rebozo de hilo de algodón color gris. Cuando acudía al campo, usaba sombrero de palma de ala ancha y copa cónica. Si llovía, para proteger su carga de tortillas, abría un paraguas. En días de fiesta, usaba guaraches.

La “supermujer” de Ocotepec, siempre, dejaba a su paso el fresco olor a rosas, jazmín o limón, por el uso del aceite rosado de ajonjolí, pintado con clorofila que aplicaba a su negra cabellera.

¿Y qué se cuenta de los “SEÑORONES” de aquel tiempo?

El Señor, en el “cerro de los ocotes”, tenía la tiránica e ilimitada autoridad sobre su esposa e hijos. Cuando él hablaba, ella, con sumisa actitud, inclinaba la cabeza. Al verlo llegar, los críos le besaban la mano en señal de respeto y veneración.

En la temporada de trabajo, los varones adultos de Ocotepec usaban sombrero de palma con ala ancha doble o sencilla, blanqueado con goma y óxido de zinc para soportar el sol y la lluvia. En las fiestas, y ocasiones especiales, portaban sombrero de fieltro o de palma charra con adornos de cuero. Esas piezas de vestir eran adquiridas en la tienda del señor Mitre, ubicada en el centro de la ciudad de Cuernavaca.

Si el hombre era una persona mayor, su ropa consistía en camisa y calzón de manta. Ambas piezas se ajustaban a la cintura con un “ceñidor” de algodón de color rojo o morado. Calzaba guaraches de vaqueta “tres correas”, suelas de hule de llantas de desecho de los automóviles. Cuando debía andar “de parada”, traía guaraches con suelas de cuero.

“Por ai” de los años cuarenta, los jóvenes empezaron a renegar del ropaje masculino tradicional y (aunque seguían con los guaraches) adoptaron la “costumbre citadina” de sustituir el sombrero por la gorra “besibolera” y los pantalones de manta por los de mezclilla ,así como adquirir camisas de algodón con diseños vistosos. Los niños, continuaron con el uso de sombreros de ala corta, de la ropa de manta y el caminar descalzos.

El “señorón” de la familia, fungía como patrón de una empresa familiar agropecuaria, en la cual, tanto la esposa como los hijos e hijas le auxiliaban en las faenas del campo: pastoreo, escardas, cosecha, “pixca”, desgrane del maíz...
Durante tres meses del año, el jefe familiar estaba plenamente dedicado a la agricultura. Después, ocupaba su tiempo en el corte de leña y en la elaboración de carbón, productos que transportaba en bestias de carga para ser ofrecidos en el mercado o bien entregados sobre pedidos previos.

Tenía otras actividades: construir y dar mantenimiento a la casa habitación, así como el tecorral de piedra que rodeaba el solar; acarrear agua en dos botes (alcoholeros) de lámina atados con un mecate a los extremos de un palo llamado “sostenedor” que era cargado por él sobre sus hombros. También proveía de leña al hogar.

En sus días de descanso, se emborrachaba.

FUENTE: “Ocotepec, un cerro de mexicanidad”. PACMYC-CONACULTA. Jesús Pérez Uruñuela

ARTE POPULAR EN CUERNAVACA

Regional del Sur. 2005
Por Jesús Pérez Uruñuela


Contrario a la aseveración muy generalizada de que -en el caso específico- del Municipio de Cuernavaca no existe producción de arte popular (“artesanías”) se ha podido comprobar que si se cuenta con personas ocupadas en esa actividad, creadores de piezas de calidad, algunas de ellas presentes en exposiciones nacionales e internacionales y con demanda en los principales centros urbanos del país, e inclusive en el extranjero. Desafortunadamente pocos son los casos que pueden ser incluidos en esta situación de privilegio, porque la mayoría opera en condiciones adversas.
Se pudo comprobar que en el Municipio de Cuernavaca, los artistas populares trabajan en forma independiente (podría decirse dispersos) sin la protección de una organización y un sistema financiero que fortalezca su condición de empresa o de taller familiar. Por lo general, cada artista se atiene a su individual iniciativa y riesgos.

Del 6 al 14 de noviembre de 2004, después de realizar detallada pesquisa de los artistas municipales involucrados en las diversas manifestaciones del arte popular, en el área de exposiciones temporales del Museo Regional Cuauhnáhuac (Palacio de Cortés) coordiné la instalación de “La Muestra de Artesanías Cuernavaquenses”, como parte del Primer Festival Internacional Cultural Cuernavaca 2004, organizado y financiado por el H. Ayuntamiento de la Ciudad. En ella, se colocaron en exhibición 40 piezas elaboradas por los siguientes maestros:

Ignacio López Juárez.- Cerería. Velas escamadas de Ocotepec.
Sicar Trujillo Garduño.- Cartonería y papel maché
Álvaro Sosa Andrade.- Cartonería y papel maché.
Javier Bobadilla Villar.- Cartonería y papel maché.
Cerámica “Santa María”.- Cerámica policromática cocida a altas temperaturas.
Rosario Herrera Talamantes.- Barro cubierto de mosaico de vidrio.
José Hernández Reyna.- Arte Barroco. Imaginiería Retablística Religiosa.
Jorge Alfaro Orozco.- Tallado de miniaturas en madera.
Baldomero Pérez de la Rosa.- Tallado en piedra.
Cooperativa “Yoliztli”.- Piezas religiosas del antiguo EMAUS.

El viernes 18 de febrero del año en curso, nuevamente coordiné la exhibición de Arte Popular con obras de los mismos maestros -pero entonces- en el “Centro de Encuentros Culturales de Cuernavaca”, ubicado en la avenida Río Balsas Número 9, colonia Vista Hermosa, lugar también sede de la Dirección de cultura y Actividades Artísticas del Ayuntamiento, local con espacio abierto para la realización de diversas actividades culturales.

Se está consciente que la difusión por medio de una o dos exposiciones no es la solución a la problemática que obstaculiza el desarrollo de las artesanías; porque además se requieren plantear estrategias de producción y comercialización, para que la oferta sea acorde a la demanda en calidad, cantidad y precios.

Se considera al turismo como uno de los mercados naturales de las artesanías. Sin embargo, las optimistas ventas que a través del turismo se esperaban en los últimos cuatro años, no fueron halagüeñas, en virtud de que -en el período indicado- se observó que del total del gasto realizado por los turistas nacionales y extranjeros en nuestro país, únicamente se destinó a la adquisición de artesanías, entre el 4 y 5%. Proporción que bien podría aplicarse al caso de Morelos en general.

Ante la imposibilidad de –por el momento- ahondar en los antecedentes del pesimista panorama señalado, es factible señalar algunas de las sus causas hipotéticas: 1) Oferta artesanal con características distintas a los gustos de los demandantes; 2) Desconocimiento en el mercado de las piezas producidas por los artistas de Cuernavaca; 3) Precios-costos; 4) Marginal o nula difusión en los principales centros urbanos del país y en ciudades del extranjero; 5) Piratería, contrabando e importaciones de artesanía oriental; 6) Deficientes o nulos apoyos financieros e institucionales. Existen instancias públicas y privadas especializadas en la asesoría técnica y en el financiamiento (FONART, BANAMEX…) sin embargo, en muchos casos, cuando proporcionan su ayuda, ésta, resultan en la práctica parcial o insuficiente.; 7) Efecto de crisis económicas nacionales y externas…

Como consecuencia de lo anterior, se mencionan cuatro casos:

a) Tradicionalmente, San Antón y Sacatierra de Cuernavaca eran reconocidos como lugares productores de una prestigiada alfarería (ollas, macetas…); hoy, eso es historia, porque ese tipo de piezas de barro que allá se venden, en su mayoría no se producen localmente, sino son abastecidas de Tlayacapan y Cuautla.
b) La guarachería, que en el pasado caracterizó a La Carolina, ha desaparecido y ha dejado de ser una fuente de trabajo en aquel barrio.
c) La cerámica tradicional de la “Tres de Mayo”, está siendo sustituida por productos chinos que llenan los estantes de los centros comerciales, con consecuentes acciones demoledoras en las posibilidades de subsistencia de los talleres especializados de esa región del Estado de Morelos.
d) La prestigiada empresa “Cerámica Santa María”, se retiró del mercado.

Por la importancia social y cultural de la producción de piezas de arte popular, el desarrollo de esta actividad, debe basarse en la coordinación de programas y trabajos específicos entre las instancias turísticas y culturales de los gobiernos municipal, estatal y federal, a fin de que se logren metas más ambiciosas.

Por otro lado, en estos esfuerzos, no debe desdeñarse la participación de las universidades que cuenten con carreras especializadas en diseño artístico, las que podrán aportar un nuevo enfoque, una nueva visión de piezas con mayor aceptación y demanda en los mercados.

A manera de un brevísimo glosario de conclusiones, se considera necesario que se defina y ponga en práctica, una política de desarrollo de la producción del arte popular, por medio de la cual se logre condiciones favorables de comercialización, se promuevan formas de organización de los productores y se les de el acceso a sistemas blandos de financiamiento: medidas que, aparte de preservar el patrimonio cultural que cada una de las piezas elaboradas lleva implícito, redundarán en beneficio social y económico personal y familiar de los artistas del ramo.

ARTE POPULAR MEXICANO

Amalgama de forma, color y música
El Regional del Sur. 2005
Por Jesús Pérez Uruñuela



Por mucho tiempo el Arte Popular Mexicano estuvo relegado por criterios que lo consideraban primitivo y de origen grosero, dado su génesis indígena. En los años 30 del siglo XX, el muralismo mexicano provocó en el país el resurgimiento de una conciencia nacionalista, así como la necesidad de profundizar en nuestras raíces históricas en busca de una identidad que se pensaba perdida en los efímeros destellos de un aburguesado siglo XIX, obstinado en perpetuar un caduco y anacrónico sistema de gobierno y en eternizar la existencia de una sociedad afrancesada y ciega a los enormes cambios socio políticos de un mundo enfrascado en convulsiones sociales y enfrentamientos bélicos: condiciones propiciatorias del surgimiento de dos sistemas dialécticamente antitéticos: socialismo y capitalismo.
Si bien es cierto que en el presente el Arte Popular Mexicano ha alcanzado niveles de excelsitud y reconocimientos, no puede negarse que también pesan sobre él criterios discriminatorios. Supongo que esta actitud (en parte) se deba a las contrastantes condiciones de su oferta: por un lado, venta callejera, sin paternidad conocida (anonimato en su autoría) sujeta a un inclemente regateo del precio; y venta en tiendas ubicadas en lujosos hoteles, cuyos llamativos aparadores, exhiben piezas atadas a apergaminadas etiquetas en las cuales la firma de un “connotado” artista avala los estratosféricos precios impresos.
Además, de la ausencia de apoyos de las instancias públicas y privadas relacionadas al arte popular y de diversas factores desfavorables en su producción y comercialización, es determinante en los bajos niveles de demanda, el desconocimiento (sobre todo nacional) del profundo contenido plástico y social de estas manifestaciones artísticas, elaboradas por manos que modelan frágiles o duros materiales, transformando sueños, tradiciones y misterios de nuestro pueblo en formas, olores, sabores, colores y música, las que al ser creadas, son obras integrantes de un patrimonio cultural nacional e internacional.
Daniel Rubín de la Borbolla menciona al respecto: “El verdadero arte popular no tiene fronteras artísticas ni emotivas que lo puedan calificar de menor y mayor. Su verdadero contenido y uso, y el contacto íntimo entre productor y comprador, permite explorar todas las posibilidades, todas las emociones y todas las formas de expresión de que es capaz el hombre, para quien ninguna aventura plástica escapa a su agención y merecimiento”. (Los objetos de la vida diaria. Arte Popular Mexicano. Tomo I. Fondo Editorial de la Plástica Mexicana. 1974. p.3)
El modelado del barro, el tallado de la piedra, de la madera, del hueso, concha, la cestería, el tejido de fibras vegetales… surgieron después de que el hombre se volvió sedentario y agricultor. Del mismo autor antes referido, hoy, en el Arte Popular Mexicano,

la cartonería es:

Danzantes que no brincan y música de viento, sin viento.
“Fresca carcajada (pero silenciosa) de verano” de la sandía.
Disimulo de rostros tristes.
Niño y barrote con cabeza de penco en equina carrera.
Rumberas, pulqueras y catrinas del “más allá”.
Risa acartonada en la expiración.

La cerámica es:

Manos color del barro, barro color de mi raza.
Manos acariciando la tierra.
Tierra y madera unidas por el fuego.
Tierra olorosa a humedad y mezcal.
Tierra, fuego y agua.
Cavidades vacías frente a estómagos vacíos.
Cavidad de barro sedienta de lluvia.
Sapo que no brinca, ciervo que no corre, pez que no nada.
perro que no ladra, pájaro que no vuela, sirena que no canta.
Tortuga con voz de silbato.
Recuerdo de un viaje.
Pocillo con sabor a chocolate y a la abuela.
Estanque donde los patos fingen nadar.
Pez en lo profundo de la sopa.
Pensil sobre tierra quemada.
Alcancía, recaudo de quimeras.

La talla en madera es:

Olor a cedro y a pino en enaguas y rebozos.
Arcón cubierto de colores y recuerdos.

La talla en la piedra es:

Rocas con formas ocultas.
Formas que emergen al golpe del cincel.
Lagartija llamada “lagarto”.

Los tejidos son:

Listones multicolores trenzados con negra cabellera.
Espumosos hipiles, deshilvane de dudas y misterios.
Borla de algodón cardado, hilo jalado y tejido.
Urdimbre multicolor, unión entre vientre y árbol.
Rebozo: abrigo, cuna y mortaja.

La cestería es:

Chalchihuitles de jaras y palmas.
Palmas y hosannas en el Domingo de Ramos.
Palmas y anafres hermanados por el viento.

Y el Arte Popular Mexicano, también es:

Ruidoso torito juguetón de jara, papel y fuego.
Trozo de carrizo que se lamenta al paso del Nazareno.
Bagazo de caña, cuerpo del Señor.
Escamas de cera que se consumen ante un altar.
Sahumerio y cempaxóchitl que alternan aromas.
Muerte con sabor a amaranto y a miel.

viernes, 7 de noviembre de 2008

La Balsa de la Medusa (I)

Primer relato incidental del tráfico de drogas
El regional del Sur. 2005
Por Jesús Pérez Uruñuela



IVAN, EL LOCO DEL PUEBLO.

La “globalizante modernidad” en nada ha cambiado a un personaje representativo de lo más añejo del pasado, quien durante la época prehispánica fue respetado entre los nahuas, y que a partir de entonces, si no conservó esa distinción popular, sí se le consideró como un elemento indispensable del folclore local. Los niños lo “chanceaban”, las mujeres le temían y se persignaban al pasar junto a él. Algunos de los hombres indiferentes lo esquivaban, otros le daban una moneda y hasta había quienes envidiaban su despreocupada existencia. Era conocido como el loco del pueblo.
Aún cuando la palabra Ciudad fue el apelativo más usado (se decía eres hombre de ciudad; el gobierno de la ciudad, vamos a… o venimos de la ciudad, el ciudadano, etcétera) la nominación de ese personaje no cambió a el loco de la ciudad y siguió como el loco del pueblo: irresponsable desarrapado: malviviente de pelo y barba encrespado por la mugre; vago de terrible mirada, callado en ocasiones, o bien con discursos en voz queda, casi murmullo y otras veces con estridentes increpaciones apocalípticas al mundo.
Iván era el loco del pueblo.
Nadie conocía su edad, pues los más viejos del poblado le recordaban desde que ellos eran niños. Se desconocía cuándo apareció por primera vez. Algunos sostenían el rumor de que cuando llegó, era un hombre sabio y rico, pero el consumo de drogas le hizo perder la razón y su fortuna. Loco de atar, vagó por varios sitios hasta que se estableció en definitiva en una buhardilla de cartón y láminas cerca del basurero municipal.
En sus momentos de lucidez, Ivan, el loco del pueblo, ante las risas y burlas de un auditorio (generalmente infantil) exaltado y nervioso, narraba una leyenda, que él aseguraba fue verídica y además pronosticaba males y desgracias para los que permanecieran sordos a ella:
Decía:
En el sexto día de la creación, Dios ordenó que en la Tierra se produjeran las bestias, las sierpes y las alimañas terrestres. A cada una de las especies facultó para que se arrastrasen o volaran; otras, podrían caminar o trasladarse a brincos. Entre estas últimas estaban las arañas, a las cuales, además, se les permitió construir en el aire telas con hilos de seda donde atrapar insectos para alimentarse.
Luego, el desquiciado Ivan agregaba a su versión: los alacranes (también arácnidos) estaban muy molestos porque sólo podían andar con las patas pegadas al suelo. No podían volar o brincar para ir con facilidad a los lugares donde abundase su diario sustento. Además, su población había crecido y el alimento de la zona resultaba insuficiente para ellos, por lo que tenían que realizar largas y agotadoras caminatas para devorar un nutritivo escarabajo o una exquisita libélula; o bien esperar durante largos períodos agazapados bajo una roca a una asoleada y distraída cucaracha que pasase por ahí.
Un día –continuó el relato- se presentó ante los escorpiones la horrible diosa griega La Medusa y les dijo: -Yo puedo enseñarlos a viajar por el espacio como si volasen. . .
–¿A cambio de qué? –preguntaron interesados los alacranes.
La deidad expuso las condiciones por las cuales les enseñaría “a volar”: -Vean mi cabeza; de ella salen venenosas serpientes con las cuales domino a los seres humanos que están cerca de mí. Pero ellas están pegadas. Necesito de otros animales que puedan moverse por sí solos, para que me ayuden con su estupefaciente ponzoña a controlar a quienes no estén al alcance de mi vista.
Los alacranes al unísono contestaron:
¡Aceptamos!
La Medusa con sus alas de oro se elevó; llevaba consigo en sus manos de bronce a sus nuevos ayudantes. Cuando estuvo en las alturas, les indicó: -Observen a aquellas pequeñas arañas, que sujetas a una larga hebra de seda cruzan el espacio impulsadas por el viento. Vean que mientras unas continúan su deslizamiento aéreo, otras son detenidas por los ramajes de los arbustos. Pero inmediatamente, esos insectos, se vuelven de cara al viento, levantan la punta del abdomen y arrojan una diminuta gota de seda líquida, la cual es estirada por la brisa en forma de hebra sutil. Luego, las arañitas se sueltan y nuevamente el viento las lleva colgadas del filamento llamado “hilo de la Virgen”.
-Si otra vez quedarán atrapadas entre las yerbas o en las ramas de los árboles –continuó la Medusa- repiten la operación anterior una y otra vez hasta que se pierden en la lejanía.
-Ustedes, alacranes –concluyó la deidad helénica (Medusa)- pueden también aprovechar el movimiento del aire para ir con rapidez a recorrer grandes distancias en busca de generosos cotos de caza. Pero, debido a que sus cuerpos son más pesados que los de las “arañas voladoras”, requerirán más que de una brisa para cruzar el espacio, para lo cual, con mis potentes alas haré que el aire se mueva con tal intensidad que ustedes también podrán volar.
Una noche La Medusa (porque sólo en la oscuridad actuaba esa endemoniada diosa –aclaró Ivan- aleteó con vigor y un furioso chiflón meció las copas de los árboles. Los insectos de larga cola seccionada en cañutos, felices treparon hasta allá y se dejaron llevar por el potente ventarrón, mientras veían hacia abajo para escoger una zona con abundantes piezas de caza en donde descender con los aguijones prestos a clavarlos.
Finalmente, con desaforados gritos Ivan advertía:
-¡Gran desgracia para el ser humano que en ese instante esté en campo abierto sin la protección del techo de su casa. . .! ¡Y peor desastre será para quien se haga sordo a mis palabras, porque esos peligrosos “animalejos” representan LAS DROGAS, las que entrarán a sus casas y se apoderarán de sus almas para hacerlas prisioneras en las tinieblas de La Balsas de La Medusa.
Frente a las discotecas, en donde se aglutinaban cientos de jovencitos, Ivan solía gritar, en tanto señala hacia el cielo, que entonces se cubría de nubes arrastradas con violencia por el viento que a su vez comenzó a mover las copas de los árboles:
¡LA MEDU SA! ¡Ahí está! ¡Bate sus alas y flota sobre ustedes. . .!
Los jóvenes levantaban la vista hacia el firmamento. Al percatarse que nada extraordinario había en él más que la Luna, visible en un pequeño hueco, rodeada de inquietos nubarrones, se burlaban del desquiciado Iván.
-¡Están ciegos! ¡Ahí está La Medusa. . .! ¡No la ven porque no quieren verla. . .! –Insistía y por su frustrante intento, lloraba con desesperación aquel que era considerado “loco de atar”. Pero, acaso. . .¿no era el más cuerdo y sabio?
Efectivamente, invisible para la muchachada, una sombría figura había aparecido en el cielo y flotaba sobre los tejados del caserío. Después de un instante, la siniestra sombra agitó sus enormes doradas alas para alcanzar la Luna. Bramó estruendosamente al dirigirse a ella:
¡Brillante espejo de mi reino nocturno. . . bien sabes quién soy yo, pues conoces lo ilimitado de mis poderes. Anuncia a esos indefensos seres humanos que están convencidos de lo irresoluto de sus conflictos personales, y que buscan una luz inspiradora de vitalidad para sus desalentadas existencias, que en el blanco polvo de “La Balsa de la Merlusa” encontrarán la extática felicidad que añoran!
Al cubrir las nubes el satélite, la luz que caía sobre los tejados de la ciudad se apagó; sin embargo, desde las colinas aledañas a la ciudad de Cuernavaca, se observaban las ventanas de los caseríos iluminadas por intensas luces interiores como faros expectantes del regreso de los jóvenes que esa noche salieron a divertirse.
Y el viento sopló con mayor intensidad.
Por el cielo y en diferentes rumbos, el chiflón llevaba colgadas de largas hebras a pequeñas arañas. Atrás de ellas, también eran desplazados múltiples escorpiones impregnados de polvo blanco que veían con insistencia hacia abajo. Pasaron sobre la ciudad de “La Eterna Primavera” y no descendieron porque ahí ya había bichos de su misma especie. Buscaban otro lugar que también tuviese abundantes piezas de caza en donde bajar con los aguijones prestos a clavarlos.

La Balsa de la Medusa (II)

Segundo relato incidental sobre el tráfico de drogas
El Regional del Sur. 2005
Por Jesús Pérez Uruñuela



EN EL SALÓN DESPACHO DEL “CAPO”

Adentro de la lujosa residencia, había un espacioso salón, con el piso tapizado de color oro viejo. En el extremo opuesto un estante de libros encuadernados en piel cubría la pared, al frente de la cual, estaba un escritorio formado con una placa de grueso cristal, apoyada sobre dos grandes columnas de granito y tras él, un sillón tapizado con terciopelo escarlata. Uno de los muros era sustituido por un gran ventanal, tras el que se observaba un iluminado jardín interior repleto de vegetación y flores tropicales, sobre las cuales caía una permanente suave llovizna. En otro lugar de aquel salón, un área rodeada con sillones, tenía como mueble central un caballete de madera que sostenía un lienzo pintado al óleo de 65 por 83 centímetros, representando la terrible y angustiosa situación de sobrevivientes de un naufragio, quienes a bordo de estrecha balsa, alzaban y accionaban las manos para llamar la atención de un barco que -a lo lejos- cruzaba el embravecido mar, mientras otros sobrevivientes permanecían inertes o a punto de desfallecer. La escena se antojaba más dramática por el nuboso firmamento que amenazaba tormenta, cuando la noche estaba por llegar, al ocultarse el Sol que dejaba tras de sí un claro de cielo matizado de rojo. . .
José Asunción “Chon” “el antioqueño”, observaba extasiado el lienzo; mientras tanto, dos recién llegados al salón, permanecían de pie en espera que el señor de la casa voltease hacia ellos y los reciebiese. Eran ellos, Raúl y Lucas, hermanos gemelos, dueños de una empresa transportadora y comercializadora de insumos agrícolas, quienes en días anteriores habían llevado a cabo el fleteo por ferrocarril rumbo al norte del país, de una importante cantidad “supuestamente” de maíz propiedad de Chón.
Era “Chon” de cincuenta y tantos años de edad; de regular estatura; moreno de pelo rizado entrecano. Colombiano nacido en Yamural, pequeña población situada al norte de la ciudad de Medellín, capital del departamento de Antioquía, de donde le provenía el mote de: “el antioquieño”. De origen humilde, trabajó en las plantaciones tabaqueras, joven aún emigró a Estados Unidos y de inmediato se enroló en el ejército. Por su “origen latino y perfil psicológico” fue asignado en Vietnam a un cuerpo de paracaidistas denominado “Scorpions”, especializado en ataques “de exterminio”. Se decía que de noche se lanzaban de los aviones en paracaídas y en silencio caían con sangrientas intenciones sobre las aldeas rebeldes consideradas partidarias del Vietcong. Fue herido y después hospitalizado en Saigón. Al ser dado de alta durante más de un año en varias ciudades del Oriente, consolidó sus relaciones con las personas que traficaban drogas a través de Europa a Norteamérica. A su regreso a Colombia, acordó con “el Cartel de Medellin” ser un ramal para el transporte de narcóticos a Estados Unidos. También se comentaba de él, que dada su afición al consumo de drogas, en varias ocasiones estuvo hospitalizado con críticas manifestaciones paranoicas. Aunque fue sometido a estrictos tratamientos y terapias de rehabilitación, no recuperó su normalidad emocional.
Cuando José Asunción volteó a donde Lucas y Raúl que permanecían de pie, parecía ausente (como si su alma lo hubiese abandonado para seguir en la pintura de la balsa con los sobrevivientes de aquel naufragio). Sus hinchados ojos café oscuro asemejaban tener las pinceladas ocres con que en el cuadro el pintor Géricault había coloreado el mar y el cielo. Y tal vez continuaban en los tímpanos de “Chón”, los desesperados gritos y desgarradores lamentos de los náufragos, confundidos entre el estruendoso oleaje marino. De repente, como si regresase a la realidad, cambió su semblante: al fijarse en los visitantes, su mirada fue de sorpresa y luego de una alegría que invadió su rostro, antes enajenado y sombrío.
-Bienvenidos a su casa – saludó con vehemencia, al tiempo que estrechaba con fuerza las manos de los gemelos Lucas y Raúl.
-Mil disculpas por haber retrasado nuestra cita, pero se me presentó una emergencia y me permití mandarles a “Juancho” mi más eficiente colaborador –y señaló a un “moreno del pelo ‘enchinado’ y arracada de oro” que les había servido de guía desde que ingresaron a la residencia, y que entonces, permanecía inmóvil tras ellos, como y fiel y entrenado perro guardián presto a las órdenes del amo.
-Por favor, tomen asiento –les dijo y ocuparon los muebles que estaban alrededor de la estrujadora pintura del naufragio. Después de varios minutos de silencio, José Asunción “Chon” se levantó y al caminar hablaba entre dientes ante la mirada expectante de los gemelos.
“El antioqueño” se detuvo frente a la pintura e inició un soliloquio lleno de elocuencia y sabiduría que sorprendió a la reducida asistencia:
-El cuadro que tenemos frente a nosotros –explicó- es con el cual se inicia -durante la segunda década del siglo XIX- el Romanticismo en la pintura mundial. Su nombre es: “La Balsa de la Medusa”, y es obra original (como otras sobre el mismo tema que se exhiben en el museo de Louvre) de Juan-Luis Andrés Teodoro Géricault, considerado como el precursor del Realismo Pictórico. Se ha mencionado que en él “hay tres o cuatro pintores”: Miguel Ángel, Rafael y Carvaggio. Yo he de agregar que ese genial maestro en su género, aparte fue un crítico y descriptor de los convulsionados tiempos que vivió Europa en los albores e inicio del 1800. Pero, lo más sorprendente es que esta pequeña -y a la vez grandiosa- pintura, también refleja con sentido visionario… ¡el conmocionado, agitado y perturbado mundo actual….!
En el clímax de su emotiva locución, “Chón” calló. Permaneció por breves momentos con temblores en su cuerpo que poco a poco disminuían. Además, conservaba los ojos cerrados como si buscase en su mente las ideas que habría de pronunciar a continuación. Los cuates con asombro se veían de soslayo.
De súbito, con nuevos bríos continuó la vehemente exposición:
-¿Qué vemos en esta pintura. . .? Un ambiente hostil, en donde los sobrevivientes de un naufragio, en insegura y frágil balsa, sienten la fuerza del viento que presagia una tempestad, momentos antes que la oscuridad de la noche los cubra. Algunos de ellos son hombres abatidos, acobardados, derrotados y postrados junto a los cadáveres de los que no pudieron soportar el hambre, la sed y la desesperación. Otros, ilusamente manotean y lanzan voces de auxilio a un velero que en la lejanía pasa de largo hacia el poniente: Son seres que esperan el milagroso rescate de su fatal destino. . .
-La escena pintada –continuó el colombiano- es una magistral descripción de. . . ¡lo que sucede en el mundo que ahora habitamos! La duda que surge es: ¿con cuál de los seres que aparecen en el cuadro nos identificamos? De ninguna forma debemos pensar que estamos en esa barca, porque ese es el lugar para los pesimistas, para los resignados, para los conformistas, para los ilusos e inocentes que esperan que llegue la milagrosa nave a salvarlos de su inexorable fin, porque saben que ellos -por sí mismos- son incapaces de hacerlo.
Nuevamente calló, pero entonces había adoptado una imagen prepotente, autoritaria y con esa actitud bramó:
¡La tormenta y las tinieblas de la noche, representan el caos en que vive la actual sociedad! ¡La balsa, es el espacio que ocupa la confundida humanidad. . .! Y el bergantín que ágil cruza el océano con sus velas henchidas por el viento, sin importar que llegue el ocaso o que la tormenta enloquezca el mar. . . es el “sancta sanctorum” de los “escogidos”: el lugar de nosotros, los que tenemos la “excelsa misión” y la responsabilidad de llevar el alivio a esos míseros humanos que no pueden ¡ni podrán! asimilar y superar el shock provocado por haber visto esfumados, convertidos en nada, los valores y cimientos de su decadente y devaluada sociedad. . .
José Asunción “Chón” se sentó junto a los mellizos y entonces con tono suave, murmuró cerca de sus más sorprendidos rostros, lo que anticipaba ser una íntima confesión:
-En los seis furgones que han salido hacia el norte de la República, se han transportado muchas toneladas de maíz que habrán de ser transformadas en tortillas para llenar el estómago del pueblo que tiene hambre. En cambio, “los paquetes” que van adentro de los sacos con el maíz, llevaban “vida y fortaleza” destinada a la gente de elevada espiritualidad que no les basta satisfacer de manera exclusiva la prosaica y elemental necesidad animal de alimentarse. Esas personas exigen más que eso: suspiran por un mundo sin miseria e injusticia; sin guerra y odios. No obstante, sabedoras que en el entorno real de su existencia, esos conflictos sociales son inevitables e irresolutos, para disfrutar de las tan ansiadas paz y felicidad, no tienen otra opción que recurrir a sus quimeras, a su imaginación y a sus trasnochados sueños. Y ¿cómo pueden acceder esos miserables a la paradisíaca plenitud anhelada. . .? Yo lo diré: ¡sólo con el uso de substancias alucinógenas, como el clorhidrato de cocaína. . .!
Luego, poseído de una incontrolable emoción, “Chón” aclaró:-Y ¿quién habrá de proporcionarles ese “mágico medio”. . .? -¡Nosotros, sólo nosotros. . .! en la misma forma que “ustedes” -señaló a los gemelos- lo hicieron al transportar varias toneladas del “divino polvo blanco” al Estado de Tamaulipas, para luego pasarlo a Estados Unidos.
-Señor Arciniegas –intervino Lucas con manifiesto balbuceo- nosotros no tuvimos conocimiento previo del traslado de esa sustancia alucinógena. Nos sorprendió que -sin autorización nuestra- se haya llevado a cabo tal operación. . .
-Efectivamente – aclaró “Chón”- no estaban enterados, pero ahora. . . ya lo están. Además, a partir de hoy, como socios que son míos, tienen derecho a disfrutar de lo que ello representa. . .
Lucas se mostraba sorprendido por el peso de las palabras escuchadas. Raúl su hermano no expresaba asombro alguno, debido a que entendía plenamente el significado de lo expresado por “Chón”.
-Ahora -dijo “Chon”- cada uno de ustedes recibe un maletín repleto de dólares americanos por el envío sin problemas del “polvo blanco” a la frontera norte. Una vez que lo pongamos “del otro lado”, tendrán en forma individual otra cantidad igual adicional…

La Balsa de la Medusa (III)



Tercer relato incidental sobre el tráfico de drogas
El Regional del Sur. 2005
Por Jesús Pérez Uruñuela




JUVENTUD ENAGENADA

Un numeroso grupo de jóvenes muchachos y muchachas casi adolescentes se aglutinaban en la banqueta, frente a un edificio, el cual, en la parte superior de su muro frontal, parpadeaba un luminoso anuncio que decía “Discoteque La Balsa de la Medusa”. El acceso al lugar estaba controlado por un individuo llamado “el gato” quien con displicencia y a su juicio autorizaba quiénes entraran, en tanto que otro colega suyo –sin recato- entregaba “grapaS” (pequeño sobre de papel con droga adentro) a un “grandulón” con cara de niño, quien con el mismo descaro y frialdad laS pagaba frente a dos policías que desde adentro de una patrulla observaban el delictuoso y cínico espectáculo. Uno de esos guardianes “protectores de la sociedad”, engullía con voracidad un “hot dog”; el otro, concluía su reporte a “la base” con el obligado: “sin novedad”.
Chón Arciniegas y su entrañable amigo italiano Claudio Rossi llegaron a la Discoteque. “Juancho, jefe de seguridad de Chon y un grupo de “guaruras” que los acompañaban, de malos modos abrieron paso entre la adolescente multitud que pacientemente aguardaba su turno para entrar. Sin detenerse los recién llegados, subieron por una escalera hasta la oficina del administrador de aquel “centro de diversión y esparcimiento juvenil”, en donde a través del cristal de una ventana se observaba con claridad y detalle el área de mesas y pista de baile, entonces repletas de “jovencitos”. Algunos de esos imberbes asistentes, permanecían sentados, con pétrea actitud, sin expresión en sus miradas; a un lado, otros, vaciaban en sus vasos la botella de licor y llenaban de colillas de cigarros los ceniceros. En tanto, en la pista de duela, al ritmo de inquietante y aguda “música” de elevados decibeles, y entre el centelleo de agresivas e intermitentes luces, la muchachada brincaba, gritaba y alzaba las manos, como si, en medio de los estruendosos rayos de una tormenta -cual náufragos sobre una balsa- enviasen desesperadas señales de auxilio. . . ¿A quién?
“Chón”, inexpresivo, desde arriba, a través de la ventana contemplaba el grotesco espectáculo, mientras a un lado de él, Claudio con un trozo de “popote” inhalaba una ración de cocaína. Luego, reanimado por el efecto de la droga, se acercó al colombiano y le hizo desvariados comentarios en su castellanizado italiano:
-E-vero que “aspirare el bianco polvere” revivifica. Es “iguale que volare” al cielo con las alas de oro de la Medusa. Per contrario, las “deboli y pusillanimi giovini personas,” que están allá abajo, quedan “petrificadas” con “solo tenere fronte” a ellos la droga. “Subito, depo di un tempo” de haberla consumido, cuando “termina il placido efetto, essos imaginan che la diosa greca” “Medusa” los “soffoca” con sus “manos di bronce” y hasta sienten “morire”, como si “una serpente di su capo” les hubiese inyectado veneno. . .
-Efectivamente Claudio -Comentó “el antioqueño”- allá abajo, el interior de la discoteque es uno de los ámbitos donde señorea la “Medusa”, la que, de acuerdo a la mitología griega, fue una cruel y horrorosa deidad con dientes como colmillos de jabalí, manos de bronce y alas de oro, de cuya cabeza -en lugar de cabellera- salían venenosas serpientes. Quien osaba mirarla, quedaba petrificado. Hoy, esa diosa se presenta bella, sensual, complaciente y generosa al proporcionar a los humanos de espíritu abatido su “divina energía vital” liberadora de yugos y enajenaciones mentales. Luego, también les concede la más sublime y placentera de las expiraciones.
Cada noche –continuó- vienen a “estos centros de febril esparcimiento” del país, miles de infelices rapaces y millones de ellos acuden a muchas otros en el mundo, a brincar desaforadamente y a levantar las manos para llamar a La Medusa de nuestro tiempo”, a fin de que vuelva placenteras –aunque sea por breves instantes- sus frustradas existencias con la “cocaína”, la “marihuana”, el “éxtasis o droga del amor” y otros productos sintéticos como las “anfetaminas”: enervantes que envueltos con los pétalos de exóticas flores brotan de la cabeza de esa deidad. . .
“Chón Arciniegas” volteó el rostro hacia el gordo Claudio y agregó a su comentario:
-No olvides: nosotros somos “los escogidos” de quién dependerá el futuro del mundo. La Medusa es nuestra diosa madre, ella nos proporciona el viento para que volemos a fin de que cumplamos con su “excelso encargo” de llevar el alivio a esos míseros seres que no pueden ni podrán asimilar y superar el shock provocado por haber visto derrumbarse su decadente mundo y sentirse náufragos sobrevivientes. . .!

jueves, 30 de octubre de 2008

¿Por qué no “Día Nacional de la Mujer” el 22 de diciembre?



Por Jesús Pérez Uruñuela

Acteal, Chiapas, a 22 de diciembre de 1997.



Mujer indígena, te llaman “ants” para distinguirte de la “señora ladina”: mestiza que habla el “castilla” (castellano).
Cuando presurosa caminas, tu menudo cuerpo flota sobre el suelo y tu azabache melena se mece mientras llevas a cuestas en tu espalda al pequeño niño karem. Sin agrandar ni perder la distancia, vas detrás de tu gallardo y orgulloso winkilaltik de blanca camisa, de corto calzón y sombrero con multicolores listones: tu hombre de San pedro Chenalhó.
Pequeña mujercita, al detenerte y sentir la fría mirada de tu esposo, ¿por qué escondes con el gris mantón la luminosa negrura de tus ojos y el resplandor de tu rostro color barro, piel morena de tu raza tzotzil, si eres tan bella?
¡Ay Mercedes…! Meche de Acteal, de los inclemente Altos chiapanecos. ¿A quién le importaban tus rubores, tus achaques y dolores del alma?
Aquel diciembre de 1997, fuiste a San Cristóbal a padecer una angustiosa prolongada espera en el hospital público; a soportar el mal trato de las enfermeras y a que pasados dos días te dijera el doctorcito que tenías un “colapso uterino”. Te preguntaste con fingida inocencia -¿y eso qué es?, pero bien sabías que se habían “vaciado tus entrañas”. Sin embargo, no pudieron operarte porque no estaba quien te debería aplicar la anestesia, porque no disponían de sangre para la transfusión, ni de jeringas, ni de alcohol. . . y tuviste que regresar a Acteal . “taponiada de allá abajo”
Mujer indígena, de antigua y muy lejana dignidad; heredera por derecho de la realeza de los pueblos prehispánicos, pero desposeída de tal excelencia principesca por “el blanco”, por el mestizo e inclusive por los de tu misma raza.
Pocas como tú Mercedes habían subsistido a la muerte materna provocada por los embates de la silenciosa y desapercibida -por muchos- política de exterminio de las dependencias gubernamentales de salud, pues ellas recomendaban el uso indiscriminado de “oxitóxicos” para la estimulación de la esterilidad uterina: eficiente medio para la aniquilación y discapacidad generativa de la mujer.
“¡Debe matarse la semilla!” rezaba la consigna de los enemigos del pueblo indígena, o hacer improductiva la simiente. Por eso, había abundancia de anticonceptivos, pero escasez de antibióticos, analgésicos y otros medicamentos de gran importancia curativa
Cuando el 22 de diciembre, (tú, Meche) regresaste de San Cristóbal a Acteal , tu hija Micaela de once años cuidaba a sus tres pequeños hermanitos. A ella le preguntaste dónde estaba su papá a sabiendas que él se ocultaba en lo alto de la montaña para evitar que los “guardias blancas” y “paramilitares” lo llevaran a la fuerza para “matar zapatistas”.
Ese día, cuando la gente oraba en la ermita de la alta montaña, se escucharon los primeros balazos; tú Mercedes, a pesar de la debilidad provocada por hemorragias uterinas, acarreaste tus tres chilpayates y con angustiada voz ordenaste: -¡Anda Micaela, “guyámonos” al monte. . . ¡
Ustedes cinco corrieron hasta ocultarse entre la maleza, en tanto, indígenas vestidos de negro y uniformados, enajenados disparaban armas de alto calibre a cuantas personas se atravesaban a su paso.
El llanto de tus niños pusieron en alerta a los invasores, quienes sin dilación dispararon hacia ustedes. Las balas se impactaron en tu espalda Mercedes y en la de tus tres hijos a quienes abrazabas. Al sentirte herida de muerte intencionalmente te arrojaste sobre Micaela para cubrirla y que durante breves instantes desapareciera a la vista de los deshumanos cazadores. Y así fue, que luego ella pudo alejarse hasta la orilla de una cañada y quedar a salvo, desde donde observó cómo los atacantes violaban y cometían otros indescriptibles actos vandálicos con los cadáveres de las mujeres.
Antes que oscureciera, llegaron a Acteal “las fuerzas de la seguridad pública”. Micaela fue llevada con otros sobrevivientes a un salón y posteriormente entregada a una casa vecina para su cuidado y manutención.
Se cuenta que la casi niña Micaela, así como otras de su edad y mujeres maduras sobrevivientes, habían perdido la razón, porque sólo emitían monosílabos y lloraban cuando escuchaban el ruido de los helicópteros que con frecuencia sobrevolaban el cielo de los Altos chiapanecos.
¡Muerte a las mujeres de Acteal!
¿Para qué eliminar a Mercedes, a María, a Marcela, a Verónica, a Pablina, a Roselina y a muchas, muchas más? ¿Sería debido a que llevaban en su interior el claustro materno que las convertía en hembras, madres, troquel y molde de un nuevo indígena rebelde, inconforme, aspirante a un futuro de justicia e igualdad para su etnia, al que tienen derecho, pero que el resto de mexicanos acremente les niegan por añejos prejuicios raciales de cinco siglos?
La sociedad mestiza mexicana ha vuelto la espalda y sigue viendo con indiferencia los dramáticos acontecimientos de Acteal y a otros similares. Por lo regular, para el ciudadano común (y el no común) el indígena no es “su semejante”, porque lo considera un ser inferior sin alguna cualidad que lo enaltezca y si lleno de defectos. A la llegada de los españoles fue considerado carente de alma; luego esclavo y peón, y cuando triunfaron los movimientos revolucionarios “de reivindicación social”, siguió en la misma cruel marginación de antes.
¿Por qué ese desprecio al indígena y a lo que él representa?
Por otro lado, si se desea encontrar una explicación a la política gubernamental indigenista tradicional, podría suponerse que corresponde a un “programa de exterminio”, el que, de cumplir sus expectativas hará que desparezca la población indígena del Sureste mexicano. Y si eso fuese un “exitoso plan piloto” ¿acaso se pondría en marcha en la lacandona, en la tarahumara y en otras zonas de población indígena del país, en donde el subsuelo guarda tesoros energéticos ambicionados por los poderosos grupos financieros nacionales e internacionales?
Pero esas maquiavélicas intenciones estarán condenadas al fracaso, porque el mundo indígena habrá de perfilarse (pese a los intereses en contra) hacia un promisorio devenir, dado que la mujer india posee ch’ulel: el alma indestructible con que los dioses de la antigüedad la dotaron, espíritu que en cada nacimiento transmite a un karem (niño), para que con ello surja una nueva generación indígena, que al integrarse al país, removerá las conciencias anquilosadas y retrógradas y en consecuencia sobrevenga el verdadero cambio de las estructuras sociales y políticas que requiere el México del futuro que ya es presente.

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Años después de aquel 22 de dicembre de 1997, regresé a Chiapas; en aquella ocasión, pasó frente a mi una ordenada hilera de indígenas ants (mujeres) Al observar a cada una de ellas, todas me parecieron iguales a Mercedes.
Estoy consciente que la Mercedes de este relato ya no existe; no obstante, se que es eterna, porque otras muchas han ocupado su lugar en los Altos de Chiapas. Además, puedo asegurar que la Meche de Acteal, de San Pedro Chenalhó, ahora camina con garbo y con la dignidad recuperada en las etéreas latitudes del winajel, el celestial mundo tzotzil.
Finalmente, me pregunto, ¿por qué no establecer el día 22 de diciembre como el “Día de la Mujer Mexicana”? O acaso, ¿aquellas mujeres indígenas masacradas no fueron mártires mexicanas?

domingo, 26 de octubre de 2008

FIESTA DE LOS SANTOS DIFUNTOS EN OCOTEPEC

Sincretismo indo-cristiano en el norte de Cuernavaca
Por Jesús Pérez Uruñuela

Ofrenda nueva de curpo presente

SABÍA USTED, que cada año, durante la noche del primero de noviembre, del cementerio local del poblado de Ocotepec –al norte de Cuernavaca- las ánimas de los cuerpos que reposan allá, abandonan sus tumbas, caminan por las empedradas calles (obviamente) sin ser vistas por la gente que a esas horas transita con largas velas sin encender y ramos de flores para llevarlos a la casa del “muertito”, en cumplimiento de lo que se llama la ceremonia de “la cerería”. Los andariegos espíritus, siguiendo un sendero de pétalos de flores de Cempaxúchitl, llegan al frente de las casas que habitaron en vida, entonces adornadas con flores, velas y papel picado. Ingresan a ellas, sorprendiéndose con un ALTAR iluminado con veladoras, y en la pared imágenes de santos y/o de vírgenes, así como la fotografía de ellos. También, se percatan de que está puesta otra larga mesa con mantel blanco, y sobre él, la forma de un ser humano acostado, hecha con plátanos machos y panes, cubierto con una sábana; sobrepuesta a ella, ropa y zapatos nuevos, de acuerdo al sexo del difunto; además, guantes simulando las manos. Como cabeza, una calavera de azúcar con sombrero o rebozo. Así, queda simulado el cuerpo vestido del difunto. A esto, se le llama OFRENDA NUEVA O DE CUERPO PRESENTE.
Abajo, en las cuatro esquinas de la mesa con el “cuerpo presente” (emulando los cuatro punto cardinales), hay bebidas (cervezas, vinos, refrescos…) ceras encendidas, incienso de copal y un petate, que representan los cuatro elementos vitales; agua fuego, aire y tierra. No falta como adorno del recinto fúnebre las flores cempaxúchitl, el mole con pollo, frutas, y todo lo que fue en vida del agrado del difunto.
El día dos, la parentela y amistades acuden al cementerio con los adornos de la ofrenda domiciliaria y allá participan en una misa, algunas veces oficiada por el señor Obispo, a donde llevan la Virgen de la Asunción. También llevan comida.
A las cuatro de la tarde, los responsables de los barrios y fiscales del templo, (según antigua tradición), deben recoger la fruta y panes de las OFRENDAS DE CUERPO PRESENTE de cada casa con el propósito de ser distribuidas en la Parroquia de “San Salvador” entre la población del poblado. El mole y pollo, de la ofrendas -para entonces,-debieron haber sido obsequiados al “rezandero o rezandera” de los 9 días del Rosario anteriores al día primero de noviembre.
La mesa del ALTAR y el petate que representa la tumba, o sea la TIERRA, deben continuar en la casa por ocho días más, porque en ese lapso, contrario a lo que acontece en otros lugares (ej. Pátzcuaro) en donde el día dos regresan a sus tumbas, en Ocotepec, el fallecido permanece por ocho días más fuera de su sepulcro…
ASÍ ES, del día dos hasta el nueve de noviembre, el grupo de espíritus, (aseguran los ancianos del poblado) deambulan alegremente por el pueblo y por las faldas del cerro; van vestidos a la usanza antigua: los hombres con camisa y pantalón de manta, refajo de color, huaraches y sombrero de paja, colgado del hombro un morral, lleno de la esencia de las ofrendas que le dejaron junto al altar. Las ánimas femeninas: vestidas con “chincuete” (falda tableada, larga enrollada a la cintura que baja hasta los talones), refajo multicolor en la cintura, huipil y descalzas, también con morral.
PERO, ES PROBABLE QUE NO SEPA, que al frente del grupo espiritual, va un anciano arropado con zarape y sombrero de ala ancha, carga un pesado libro de pastas apergaminadas, en el cual hace anotaciones… ¿Qué escribe…? Nada menos que ¡los nombres de quienes habrán de morir durante el próximo año…! Se asegura que el vetusto personaje (conocido como “el secretario”), tiene esta información, dado que en las noches visita el mundo de los sueños de los habitantes del poblado y ahí se entera de problemas, enfermedades, preocupaciones, y otros males que inciden sobre la salud. El día nueve de noviembre con el grupo de espíritus, regresa al “Más Allá”… ¿A rendir cuentas? ¿A quién? ¿A Mictlantecuhtli en el inframundo ?
EFECTIVAMENTE, el día nueve de noviembre, a las siete de la tarde, en tanto se escucha el doble toque de las campanas del templo mayor del “Divino Salvador”, despidiendo a los difuntos, se levanta el ALTAR y se recoge la MESA y petate. En ese momento, los espíritus cruzan el arcado portón del panteón, en el cual se lee: “Aquí terminan las penas y “comiensan” los recuerdos”, y regresan a sus fosas rumbo al descanso eterno.
¡Ah, olvidaba…! Desde el día anterior de la partida del “difuntito”, al “mundo de los muertos”, se acostumbraba que sus familiares mayores le prepararan para el camino, un itacate ligero (lonch light), consistente en pan de maíz martajado, calabacitas, chayote y otras verduras cocidas de fácil digestión; esto, para que no fuera a “padecer problemas digestivos” en la larga jornada que le esperaba. Desgraciadamente para las ánimas que siguen viniendo cada año a Ocotepec, en muy pocos casos continúa esta ancestral costumbre.
A continuación un breve anticipo de los antecedentes prehispánicos de lo anterior:
Según la tradición (y el códice Vaticano), el indígena que fallecía de muerte natural, al ser tragado por el dios Tlaltecuhtli (o sea la TIERRA), debía pasar por nueve niveles de inframundo para llegar al Mictlan, lugar del descanso eterno. El primer nivel era un gran río que habría de cruzar ayudado por un perro color marrón (que conocemos como café, aunque esto no es color sino bebida). Luego, se enfrentaba a un cansado peregrinaje lleno de incidencias, que duraba (según varias crónicas) entre 4 a 6 años. (*) FUENTE: Jesús Pérez Uruñuela, “Ocotepec, un cerro de mexicanidad” PACMYC-CONACULTA-MORELOS. 2003, capítulo “Los Días de Muertos”, p.p. 89 al 194.

LA MUERTE EN MESOAMÉRICA

Por Jesús Pérez Uruñuela
Según Fray Diego de Durán, los indígenas de mesoamérica realizaban -entre otros- diversos cultos a los muertos; dos sobresalientes relacionados con la agricultura: el primero denominado “Fiesta de los muertecitos” (Miccailhuitontli) por el mes de agosto. El segundo festejo se llamaba “La gran fiesta de los muertos” (Hueymihcailhuitl).
Para el antiguo nahua, la vida y la muerte eran parte de un mismo proceso: el ser humano estaba en este mundo para adorar los dioses y agradecerles que lo hubieran creado. Posteriormente habría de ir al lugar que sería su residencia definitiva, con lo cual se evidenciaban las profundas inquietudes filosóficas existenciales del mexica, a pesar de que estuvo integrado a un sistema militar: el más poderoso de su época.
Al fallecer el nahoa, era velado sobre esteras durante cuatro noches y días. “Llegaban amigos y parientes y lo envolvían... en quince o veinte mantas ricas entretejidas... y metíanle una piedra en la boca o una esmeralda de valor que los indios llamaban chalchiuitl. Decían que aquella piedra le ponían por corazón...” (Fray Bartolomé de las Casas. Los Indios de México y de Nueva España.)
Este cronista también describió: “El cuerpo amortajado y cubierto el rostro, poníanle encima una máscara pintada... Todas sus mujeres y parientes y amigos... que lo llevaban al templo iban llorando y algunos otros cantando... delante del templo principal quemábanlo con tea o leña de pino y con cierto género de incienso que llamaban copalli...
“Antes que lo sacasen de su casa le ponían muncha comida... y munchas rosas y flores...Y para que guiase al difunto y acompañase o guardase por el camino, matábanle un perro; la muerte que le daban era flechándolo con una saeta por el pescuezo...
“Otro día cogían la ceniza del señor muerto, y si había quedado algún huesezuelo que no se había consumido, poníanlo en una caja junto con los cabellos (cortados antes) y buscaban la piedra que le habían puesto por corazón y también la guardaban dentro. Encima de la caja hacían una figura de palo que era imagen del señor difunto... “...cada año hacían memoria ante la caja y hacínale sacrificar codornices, aves y mariposas y conejos; ponían también ante la caja e imagen mucho incienso y ofrendas de comida e vino y rosas...”
El perro (tepetzcuintle) sacrificado, era de color marrón para que transportase sobre su lomo el alma al cruzar el río de las nueve aguas, llamado Chicnahuapan que corría por debajo de la tierra de Occidente al Oriente y que constituía el primer nivel que transitaría para llegar al descanso eterno.
Asimismo –el alma- debía pasar por otros siete lugares con alto grado de dificultad y peligrosidad, en los cuales se probaba una vez más la entereza del “espíritu peregrino del azteca”, para que al final llegase (después de cuatro o seis años) al noveno y último de los inframundos: el Mictlan: “el lugar de reposo de los descarnados... mundo del que nadie tiene noticias, en el cual los caminos no conducen a lugar alguno y reina el total olvido de todo lo pasado y se pierde la esperanza de salir de él... la morada de Mictlantecuhtli y Mictancíhuatl: señor y señora del reino de los muertos.
La costumbre de acompañar con un perro al cuerpo del fallecido, aunque es referida por los historiadores como frecuente del período azteca, se remonta a épocas mucho más lejanas, cuando los olmecas sureños llegaron al actual Estado de Morelos.
En el Municipio de Tlaltizapán, Morelos, en la llamada “Cueva del Gallo”, se encontraron los restos disecados de un niño, y junto a él, un perro en el mismo estado de momificación envuelto en un petate como complemento del entierro del infante. Según los expertos, ese hallazgo corresponde a la época del Preclásico Formativo (400 o 300 a. C.).Este descubrimiento, quizá sea uno de los antecedentes más antiguos en que se presenta “un perro en entierros humanos” dentro del pensamiento religioso mesoamericano.
LOS NAHOAS Y LA MUERTE.
Estos pueblos pensaban que el ser humano tendría un destino diferente en “la otra vida”, según fuese la causa de su fallecimiento y no por su virtuoso o pecaminoso comportamiento iban a las moradas de los dioses a acompañarlos en la eternidad.
Cuando el guerrero azteca moría en el campo de batalla, o bien inmolado en la piedra de los sacrificios, su espíritu ascendía al Tonatiuhchan, residencia del Sol en la parte Oriental del cielo. Ahí, ofrendaba al dios solar Tonatiuh la vitalidad de su sangre e iba con él en su viaje diario por el firmamento hasta el cenit.
En ese momento astronómico, las almas de quienes en vida fueron muertos con violencia y que acompañaban al Sol, se transformaban en mariposas y colibríes, los cuales, en rítmico y cadencioso vuelo descendían a los jardines terrestres y celestiales a revolotear entre las flores para polinizarlas y con ello contribuir a que la policromía y belleza se perpetuara en el divino Tamoanchán y en la superficie de la tierra.
A partir del cenit, el Sol era acompañado por las almas de las mujeres muertas durante el parto (cihuateteo). Ellas eran diosas de blanca piel, quienes en su vuelo resplandecían por la blancura de sus atavíos.
Aquellos niños que fallecían sin haber probado otro alimento que el proveniente del pecho materno, iban a Xochiatlapan o Tamoanchán (Lugar de Nuestro Origen), para posarse en las ramas que en forma de cunas tenía el árbol nodriza chichihualcuahuitl, el cual –también- amamantaba a esos pequeños, porque de sus ramas goteaba savia en forma de fresca leche.
Los habitantes de Anáhuac que sucumbían por ahogamiento, electrocutados en una tormenta eléctrica o por hidropesía, sus almas iban al Tlalocan (edén del dios de la lluvia Tláloc) en donde se aseguraba, tendrían una placentera y despreocupada eternidad de diversiones y juegos.

FUENTES BIBLIOGRÁFICAS:
Fray Bernardino de Sahagún.- Historia general de las cosas de la Nueva España.
Sandra Cruz Flores. Blanca Noval Vilar.- Religiosidad y depósitos mortuorios: un caso de estudio para el período preclásico en Morelos. “El Correo del Restaurador”. INTERNET
Miguel León Portilla.- La Filosofía Náhuatl. UNAM.
George C. Vaillant. La Civilización Azteca. FCE.
Walter Krickeberg Las Antiguas Culturas Mexicanas.. FCE.
Jacques Soustelle. La vida cotidiana de los aztecas en vísperas de la conquista.

Colón en la historia y la leyenda

Por Jesús Pérez Uruñuela


Los primeros exploradores que tomaron la delantera a los demás pueblos del Atlántico, fueron los portugueses y gallegos, saliendo las expediciones de los puertos de Portugal y Galicia. Así, pues, en 1420 se descubrieron las Islas Terceiras o de Madeira, en 1429 el Cabo Bojador, en 1441 el Cabo Blanco, en 1441 el Senegal, en 1444 las Islas Azores, en 1460 las Islas de Cabo Verde y en 1486 el Cabo de Buena Esperanza por Vasco de Gama, que lo remontó penetrando en el mar de las Indias; quedando de esta manera, abierta la nueva ruta alrededor del continente africano.
Años después, aparece un joven marino, residente en Lisboa, intrépido, de gran experiencia y conocimientos cosmográficos y náuticos, alentado por el éxito que en sus exploraciones acababan de obtener los navegantes portugueses. Este atrevido marino es conocido con el nombre de Cristóbal Colón, pero también pudo haberse llamado Crisóforo Colombo Fontanorossa, hijo de Doménico y Susana.
¿Acaso el nombre de Cristóbal fue adjudicado a Colombo por su acepción: Cristo baal, identificación de aquel gigante que –cuenta la leyenda- cargó sobre sus hombros al Niño Jesús para que cruzara un río, y en el caso de Colón, fue él quien simbólicamente “carga a Jesucristo” a través del Océano Atlántico para llevar su fe a las tierras del Nuevo Mundo?
Entre el 25 de agosto y el 31 de octubre de1451, nace nuestro personaje. Además de la oscuridad en que se halla envuelta la verdadera patria de Colón ¿Italia (Génova, Saonia, Cogoleto y Calvi), o bien en los pueblos hermanos que formaban “la Lucitania” Portugal (Tiras os Montes) y el antiguo Reino de Galicia (Pontevedra)?, existen sombras que cubren su infancia, su educación, su juventud, sus ascendientes, su progenie y su vida, hasta el momento de su aparición en Castilla.


¿CÓMO ERA DESCRITO COLÓN?





El padre Las Casas, así describe a su gran amigo: «Colón era de cara larga y no llena ni enjuta, la nariz aguileña, los ojos grises y vivos, pecoso y algo colorado de pómulos salientes de venerable aspecto, siendo sobrio y moderado en el comer, beber, vestir y calzar.»
Emilio Castelar, en su obra “El Descubrimiento de América”, dice: «Colón era avaro, interesado, porfiado y pleiteante como un litigante, impenitente, por sus privilegios, dignidades, mayorazgos, lucros, participaciones, cargas de justicia, juros, rentas, mercedes, como cualquier vulgar».
En las pinturas referidas y en la descripción que hacen las autoridades históricas, que acabamos de citar, del tipo físico y temperamento de Colón, se delinean los rasgos de su personalidad: se ve la ley atávica o de herencia de la familia del grande hombre, observándose su origen semítico.


EL TIEMPO DONDE LA HISTORIA SE ENTREMEZCLA CON LA LEYENDA:


1470-1476.- Colón recorre el Mediterráneo, al servicio de comerciantes genoveses, e inclusive algunos afirman que fue marinero en naves corsarias.
1476.- Tras un naufragio –se dice- arribó “a nado” a un Portugal impregnado entonces de la aventura atlántica -impulsada por el rey Enrique “el Navegante”- para encontrar una ruta marítima hacia India, sustituta de la larga y peligrosa tradicional ruta terrestre y la hasta entonces realizada alrededor del continente africano. Ahí, encuentra el entorno propicio para reafirmar sus inquietudes navegantes, sustentadas en su lectura de diversas obras sobre Geografía y Astronomía. Además, y durante los siguientes años navega habitualmente entre las islas atlánticas de Madeira, Azores y Canarias, ya descubiertas en 1420 y 1444.
1483-1484.- Gestiona apoyo del Rey Juan II de Portugal con su proyecto de navegar de Oriente a través del océano Atlántico, sin lograrlo.
1485.- Abandona Portugal, con meta de llegar a la Corona de Castilla. En el monasterio franciscano de La Rábida (en Palos de la Frontera España), un centro especializado en cultura y navegación, donde algunos de sus frailes eran expertos marinos, Colón encontró una inestimable ayuda, entusiasmando en su proyecto al prior Juan Pérez; (antiguo confesor de Isabel la Católica) y a fray Antonio de Marchena, cosmógrafo y Superior del monasterio; ellos lo relacionaron con el Duque de Medinacelli, quien facilitó los contactos directos con la Corte española y la soberana.
1486.- En la primera audiencia que los Soberanos Católicos concedieron a Colón expuso el proyecto gestado durante su etapa portuguesa.
1492.- Las negociaciones entre Colón y los Reyes Católicos fueron prolijas, pese a lo ocupado que estaban los monarcas en conquistar el reino nazarita de Granada; una vez conseguido esto, en abril, las «Capitulaciones de Santa Fe» materializan el acuerdo que hace posible la partida de tres carabelas, desde el puerto de Palos de la Frontera (Huelva) el 3 de agosto de 1492, hacia mar adentro. El 12 de octubre de ese mismo año se pisaba tierra en un lugar hasta entonces desconocido (Las Antillas), parte del nuevo continente que habría de llamarse no “Colombia”, sino América.

1493-1502.- Realiza sus 2º, 3º, y 4º viajes, llegando a tocar en éste último las costas de Costa Rica, Nicaragua y Panamá, buscando aquí el paso al Océano Pacífico, llamado por Ptolomeo Sinus Magnus.
1500.- Colón regresó a Cadiz encadenado, junto a sus hermanos Diego y Bartolomé, por orden del nuevo gobernador de las Indias, Francisco de Bobadilla, debido a las exageradas (pero ciertas) acusaciones que pesaban sobre él, de desórdenes, masacres y sublevaciones existentes en La Española, durante su ausencia de más de dos años. Tiempo después fueron puestos en libertad.
1504.- Enfermo, Colón retorna definitivamente a Castilla y reclama, infructuosamente, la reposición de sus privilegios perdidos (almirantazgo, virreinato, concesiones y riquezas).
1506.- Fallece el 20 de mayo, en Valladolid. Se afirma que en 1779, sus restos fueron trasladados de la Catedral de Santo Domingo, para ser sepultados en la Catedral de la Habana, Cuba. En 1898, son llevados a Sevilla. Sin embargo, actualmente persisten controversias, no solamente del lugar donde realmente descansan sus restos. Tuvo dos hijos: Diego y Hernando.

domingo, 5 de octubre de 2008

Cuatro barrios y capillas de Ocotepec


Escrito por Jesús Pérez Uruñuela
Sábado, 04 de Octubre de 2008 00:00 La Jornada Morelos
De los mismos tlahuicas que cruzaron el Ajusco y se establecieron en lo que hoy es el estado de Morelos, un grupo de ellos se estableció al norte del la huey altépetl, ciudad militar del reino de Cuauhnáhuac. Eran ellos, de baja estatura y complexión robusta. Al norte de este asentamiento tlahuica, llegaron personas de mayor talle, pertenecientes a las tribus nahuatlacas, tepanecas y acohluas, constituyéndose así la primera configuración del antiguo pueblo de Ocotepec. La construcción en Ocotepec de la parroquia franciscana de la Transfiguración el Señor, (posteriormente del Divino Salvador), motivó la concentración de casas habitación a su alrededor, dando origen a tres de los barrios que actualmente conocemos. Las nuevas estructuras sociales y religiosas europeas tendientes a cambiar radicalmente las costumbres y creencias de los pobladores originales, al final, quedaron en un estado de sincretismo.Barrio de Tlanehui. Capilla de la Candelaria. Integrado por familias de origen tlahuica, las que, como se mencionó en el artículo publicado por La Jornada Morelos, el 27 de septiembre, eran “adoradores de Tlanehui o Tlanihuic (Luz del nuevo amanecer), o sea el planeta Venus, Lucero de la mañana”. Se especula que los frailes franciscanos, con el propósito de anular tan pagana creencia, argumentaron a los nativos que la luz que adoraban no tenía esencia divina, sino que el verdadero Dios (Jesucristo) realmente se manifestaba en otra luz: la que emanaba de una vela o candela, que siempre permanecía encendida en la mano de su madre (La Virgen María). Y así surgió el culto a la Virgen de la Candelaria, y la capilla del mismo nombre. Algunas personas mayores comentan que hubo la intención de cambiar en la capilla la adoración de la Virgen de la Candelaria por el culto al Señor del Santo Entierro. Sin embargo, por corresponder éste a un Cristo acostado con los ojos cerrados (como si durmiese), los feligreses no le manifestaron “suficiente fe”, argumentando: -“¿Quien puede rezar y pedirle a un santo que siempre duerme? ¿Cuándo atenderá nuestros ruegos?” También se intentó llamar a la capilla del Señor Crucificado del Quinto Viernes, pero no proliferó su devoción y sí se afianzó la veneración a la Virgen de la Candelaria.Autoridades religiosas de la capilla: un representante y sus mayordomías principales: Caja de Llaves, Imagen del Santo Entierro, Virgen de Guadalupe, Santa Cruz, Asunción del Señor, Imagen de San francisco de Asís, Imagen del Quinto Viernes y Preciosa Sangre de Cristo. Barrio de Tlacopan. Capilla de los Ramos. Los pobladores tepanecas del antiguo Barrio de Tlacopan, manejaban el bejuco (abundante en las partes altas del noreste del cerro) en la elaboración de cestos, canastas y chiquihuites. Aprovechando esa característica ocupacional, los religiosos españoles, inculcaron a los indígenas lugareños la idea que las “varas y ramas” que utilizaban en sus trabajos artesanales, tenían una significación religiosa: estaban relacionadas con la entrada triunfal del Hijo de Dios a la Ciudad de Jerusalén, en donde sus habitantes lo aclamaron con los “ramos” de las palmas, que también son utilizadas en la cestería.En un principio se pretendió llamar a ese Barrio: “De Jerusalén”; no obstante, se impuso el nombre de Tlacopan, con una pequeña capilla, identificada como del Señor de los Ramos, montado sobre un borriquillo. Barrio de Culhuacan. Capilla de Dolores. Los originales pobladores acohluas del Barrio de Culhuacán eran “curanderos” que atendían y sanaban enfermos con herbolaria, así como con otros métodos heredados de los “médicos nahoas” del Valle de México.También se asegura que los frailes franciscanos difundieron (entre los aborígenes) que en el ejercicio de la medicina, “el sufrimiento” era el ingrediente por excelencia. Además, que el “dolor” es parte inseparable de la esencia humana y divina, porque Jesús, el Hijo de Dios, hecho hombre, lo padeció intensamente en la cruz, y su madre María, dolorosamente contempló su cruel crucifixión.Así, en ese barrio se estableció como adoración principal la Virgen de los Dolores, nombre que adquirió la capilla local. Sin embargo, posteriormente, el Cristo, Señor de Chalma, se impuso como la imagen patrona del barrio. Otras son: San Pedrito, Cristo de la Asunción, Santiago Apóstol y la Virgen de Guadalupe.Barrio de Xalxokotepeazola. Capilla de la Santa Cruz. Hasta finales del Siglo XIX, el cuadrante Suroeste llamado Barrio Xalxokotepeazola (lugar de guayabos) estaba deshabitado, poblándose luego con habitantes de los otros tres barriosEl señor Pedro Rosales en la obra Ocotepec. Su historia y sus costumbres, menciona: “en el poniente de la calle de Santo Domingo (hoy calle de Aldama) como a 15 o 20 varas (de 12 a 17 metros ) se decidió abrir un barrio nuevo hacia 1868... (y las autoridades) decidieron que habría que abrir nuevas calles por el crecimiento del pueblo, porque varios vecinos se encontraban sin tierras en que vivir”.Agrega: “Se van haciendo faenas abriendo las nuevas calles del Barrio de la Santa Cruz, como se llama el nuevo barrio, y en mayo de 1894 se celebra por primera vez una misa... Y también refiere: “El barrio nuevo fue poblado por gente de Culhuacán y Tlanehuic cuando era época del gobernador Preciado.”“Por allá del año setenta -comentó Pánfilo Díaz Balderas- se asignó oficialmente al barrio un predio del paraje Xalxokotepeazola que desde mucho tiempo atrás estaba baldío y que pertenecía a Maximino Rosales. Ahí, se construyó la capilla de la Santa Cruz con la satisfacción del Señor Obispo. También se le pidió diera la facultad de que se pasara a nuestra capilla el Cristo ‘Señor del Pueblo’ que entonces se adoraba en el Templo Parroquial del poblado. Después de mucho insistir en México, el Señor Obispo nos comunicó que ese Cristo pasaría al “altarcito” de la capilla de la Santa Cruz.”En el altar de la referida capilla, acompañan al Cristo “Señor del Pueblo”, nuestra Señora de las Mercedes, la Virgen de Guadalupe y el Santo Niño.Después de las festividades que se efectúan en los primeros días de agosto al Cristo Divino Salvador, de Ocotepec, sigue en importancia la celebración del 2 de mayo, Día de la santa Cruz. Por ese motivo, los representantes de los otros tres barrios acuden a la Capilla ubicada en H. Preciado y Zaragoza, a festejar al Señor del Pueblo y participar en una misa en su honor. Tomado de Pérez Uruñuela, Jesús. Ocotepec, un cerro de mexicanidad. Pacmyc-Conaculta, Morelos 2003. (p. 51 a 59)

martes, 30 de septiembre de 2008

¿Tenían escudos de armas los pueblos de Quauhnahuac?

Escrito por Jesús Pérez Uruñuela
Miércoles, 12 de Marzo de 2008 06:00. La Jornada de Morelos
A mediados del siglo XVI, a 17 poblados de Quauhnahuac, se les concedieron Armerías de los pueblos, o sea escudos de armas, por su participación en la construcción de la Catedral de Cuernavaca. Francisco Gómez Orozco asegura lo anterior en su Monografía del Convento e Iglesia Franciscana de Cuernavaca, Morelos (1943), y también llama a esos escudos “símbolos de armas parlantes”, que se localizaban en losas más o menos grandes incrustadas en la cerca de San Francisco (barda atrial del monumento catedralicio Metropolitano). Gómez Orozco fundamenta lo anterior en el Catálogo resultante de la investigación que llevó a cabo a principios del siglo XIX el capitán Guillermo Dupaix (*) de los monumentos y vestigios de las culturas prehispánicas y coloniales de México, por encargo del Rey de España Carlos IV. Indiscutiblemente, de haberse resguardado las placas, después de los trabajos de remodelación efectuados durante el siglo XX, hoy dispondríamos de valiosos recursos para el mayor y mejor conocimiento de los pueblos tradicionales, que únicamente identificamos por medio de las toponimias asignados a ellos en el códice “La matrícula de tributos”. En fin, las placas de piedra fueron quitadas de la barda, manejadas con carácter de escombro, o bien utilizadas como materiales de construcción en otras obras, y por qué no considerar la posibilidad, ahora integradas a alguna colección particular. La realidad es que de acuerdo a la investigación realizada por Sergio Estrada Cajigal Barrera y el que suscribe este artículo –salvo tres placas– nadie sabe con certeza qué fue de las otras 14.Piedras localizadasEn la fachada del Jardín Borda, se observan incrustadas dos piedras grabadas con un águila y un coyote, semejantes a lo descrito en el Catálogo de Dupaix. En el primer caso, “una Ave vuelta a la derecha en una postura recta y natural, con un pico armado, y del pie izquierdo, tiene agarrado un ramillete de flores, No hay duda que no sea un águila, pero sin cuerpo, y así sólo nos presenta la parte delantera, con la cola unida á ella de una manera única, pues parece escorzada”. Todo coincide, excepto la falta del ramillete de flores, que bien pudo haber sido destrozado en el proceso de demolición. La segunda piedra del Jardín Borda, es un cuadrúpedo de cuerpo entero sin base alguna; Dupaix la describe así: “La Cabeza de un Cóyotl o perro silvestre, vuelta a la derecha, la cual parece puesta sobre una base formada por varias curvas”. La tercera piedra, guardada en la bodega del INAH Morelos, coincide con lo descrito en el Catálogo, en el sentido que “es muy complicada é inexplicable; por el conjunto de líneas, aunque delineada con simetría, con tres números á la derecha”. Sin embargo hoy no tiene en su “parte superior un letrero de caracteres nuestros o góticos, pero de mala conservación lo que impide su leyenda”.Como mero señalamiento referencial, Juan Dubernard relaciona los nombres de los pueblos que en aquel entonces y en tiempos posteriores acudían regularmente a cumplir con sus obligaciones de atención a la Catedral, según nota consignada en el Códice de Cuernavaca del siglo XVI, que bien algunos de ellos pudieran relacionarse con las 17 placas de piedra: “Tetlaman, Cohuentépec, Biacatlan, Tonexco, San Francisco, Cohuatlan, Mazatepec, San Miguel Cohuatlan, Quauhchichinolan, Huaxintlan, Ahuehuetzingo, Acatlipac, Alpoyecan, Xoxocotla, Tetelpan, Panchimalco, Itlatenchi, Huizilac, Quauhxomulco, Ocotepec, Teienmilpa (sic) Santa María, Tetelan y Tlaltenango”.* En el referido Catálogo de Dupaix, se incluyen los monolitos “Piedra del Chimalli”, “Lagarto de San Antón” y “Piedra del Águila” de Cuernavaca.

domingo, 28 de septiembre de 2008

OPCIÓN CULTURAL DESAPROVECHADA.

CULTURA + Por Jesús Pérez Uruñuela
En lo que fuera el edificio del Ayuntamiento de Cuernavaca y en la sala Manuel M. Ponce del Jardín Borda -ambos ubicados en la avenida Morelos del centro de la ciudad- se resguardan en exhibición 28 pinturas, parte rescatada de las 43 que el artista español valenciano Salvador Tarazona, realizó de 1938 a 1942,...
En lo que fuera el edificio del Ayuntamiento de Cuernavaca y en la sala Manuel M. Ponce del Jardín Borda -ambos ubicados en la avenida Morelos del centro de la ciudad- se resguardan en exhibición 28 pinturas, parte rescatada de las 43 que el artista español valenciano Salvador Tarazona, realizó de 1938 a 1942, para la decoración del Palacio de Cortés, sede entonces del gobierno estatal, encabezado por el coronel Elpidio Perdomo. Las referidas obras pictóricas (en óleo) contienen temas de la presencia olmeca, xochimilca y tlahuica en el actual Estado de Morelos, de la conquista por Hernán Cortés y durante los años de 1864 a 1867, duración del efímero imperio mexicano de Maximiliano de Habsburgo.
Todas y cada una de las obras de Tarazona son de alto contenido narrativo; sin embargo, los óleos que describen actividades cotidianas y artísticas de los tlahuicas de la antigua Cuauhnáhuac, constituyen una muestra de la ardua y meticulosa investigación que el pintor español debió llevar a cabo para plasmar en cada tela, tanto detalle y abundante información explicativa. Ejemplos: el minucioso y delicado trabajo artesanal en la elaboración de piezas de orfebrería, el proceso de manufactura de los mosaicos plumarios, la localización de piedras preciosas; y entre otros, cuadros referidos al algodón, a los tributos al imperio azteca y a la cerámica.
También, debemos reconocer la habilidad del pintor para, en ocasiones, representar situaciones con personajes de diferentes momentos históricos en un mismo óleo, como es el caso del intitulado “Barrenamiento de las naves” en el que Cortés, acompañado de sus principales y ejército, abandonan La Villa Rica de Veracruz, dejando atrás la flota naviera en llamas. Bernal Díaz del Castillo relata este acontecimiento dividido en tres momentos: Cortés sale precipitadamente hacia Cempoala, luego lo alcanzan sus más fieles capitanes, y después, por acuerdo y sugerencia de ellos, se realiza la quema y hundimiento de las naves.
En la sala Manuel M. Ponce del Jardín Borda, están cuatro cuadros representativos del mismo autor; en uno, Maximiliano acompañado de joven cortejo femenil, en un paraje boscoso de Huizilac, auxilia a Carlota a descender de la carroza; en otro, el noble matrimonio camina alrededor del lago del Jardín Borda. “La india bonita” es el título de la conocida pintura en donde Tarazona idealiza el inicio del (¿supuesto o real?) idilio del emperador con la enigmática joven. En “Ahora o nunca”, Juárez, la princesa Slam Slam, Lerdo de Tejada y Comonfort son los personajes de una escena, preámbulo al fusilamiento del emperador austriaco.
Es indudable que la obra realizada por Salvador Tarazona en Cuernavaca constituye un didáctico recorrido pictórico por nuestra historia, la que desde hace 36 años en que esos óleos salieron en 1971 del Palacio de Cortés hacia el antiguo edificio del Ayuntamiento, solamente han estado en “resguardo y exhibición”, sin ser verdaderamente aprovechados como una opción para la difusión histórica, cultural y estatal de Cuernavaca, que ya demanda la ciudadanía local y el turismo nacional e internacional que acude al Centro Histórico capitalino. Otra de las aportaciones de Tarazona a nuestro patrimonio histórico cultural, son las 100 sillas (estilizados equipales) de madera localizadas en el ex Palacio Municipal, que cuentan con motivos iconográficos prehispánicos grabados, inspirados en códices como el Tolleriano Ramensis, el Borgia y otros. También en este caso, en 36 años se ha carecido de interés por llevar a cabo una investigación respecto a la iconografía referida y exhibir y difundir dichas imágenes que en mucho abonarían en reafirmar la identificación morelense. ¿Qué puede hacerse para que la obra de Tarazona se transforme en un proyecto realizable en corto plazo, a bajo costo y con altos rendimientos turísticos, sociales y políticos?

El Museo de Cuernavaca. Crónica de cuestionamientos



Escrito por Jesús Pérez Uruñuela
Sábado, 23 de Agosto de 2008 00:00 La Jornada de Morelos
Toda ciudad que se considere con verdadera vocación turística debe estar “plagada” de museos en los que se expongan las diversas manifestaciones artísticas, folclóricas, étnicas, y demás aspectos en que se manifiesta la cultura. Pero, además, indiscutiblemente, debe contar con un museo que contenga su memoria histórica, en el cual desde sus primeros espacios, el visitante vaya “empapándose” de la esencia del tiempo, origen y evolución citadina. Sin recurrir a lo que sobre el particular poseen las grandes urbes, pongo de ejemplo al Museo de Memoria Histórica de la ciudad de Tlaxcala.Creo que nuestra Cuernavaca podría ir para finales del presente año, rumbo a lo que pudiera convertirla en poseedora de un museo de memoria histórica. En el mes de noviembre próximo, el ayuntamiento capitalino tiene programado la inauguración del Museo de Cuernavaca, con un inmueble renovado tanto en su interior como en su exterior. Se estima que las obras del remodelado de la ex sede de nuestro palacio municipal, ubicado en la avenida Morelos, colonia Centro, darán inicio a partir del 1º de septiembre, y antes de esa fecha los espacios de los pisos y muros deberán estar vacíos, lo cual significa que los 23 cuadros de las pinturas de Salvador Tarazona serán retiradas en los días finales de agosto.Cada uno de esos óleos son el resultado de una acuciosa investigación del artista en fuentes documentales especializadas, que le permitieron lograr una interpretación pictórica de diversos momentos históricos de la antigua Cuauhnáhuac: ¿acaso no es esto un registro de memoria? La obra artística de Tarazona fue realizada de 1938 a 1942, siendo gobernador el coronel Elpidio Perdomo, quien la financió con recursos estatales para decoración del Palacio de Cortés. La primera serie de pinturas, con temas prehispánicos, se ubicó en la Cámara de diputados; la segunda en el salón de juntas del Gobierno y la tercera, consistió en cuatro cuadros sobre el efímero imperio de Maximiliano, que ahora están en la sala Manuel M. Ponce del Jardín Borda. Las pinturas referidas, tienen en su mayoría una altura que no supera los 2.20 metros, varias de ellas, cuentan con longitudes entre cuatro y siete metros.En el tiempo (25 años) en que las mencionadas pinturas han permanecido en exhibición, nos recuerdan lo que en el pasado sucedió en el espacio que hoy habitamos: por su exposición a la luz solar y/o a la humead-salitre que se trasminaba en los muros, la consistencia de los lienzos fue afectándose notoriamente, llegando en uno de ellos a observar graves rasgaduras. Inclusive, por la mismas causas, en otras pinturas la superficie del óleo se ha ido cuarteando, debido a los indebidos materiales aplicados por un “maestro pintor rotulista”, que fue contratado en el pasado para realizar trabajos de restauración en ellas.Debemos recordar y evitar que llegue a suceder algo semejante a lo acaecido a finales de la década de los sesentas del siglo pasado, cuando por motivo de la remodelación del Palacio de Cortés, para dar cabida al Museo Regional Cuauhnáhuac, debieron retirarse los 43 óleos de Tarazona que había en su interior, pero solamente 28 lograron llegar al ayuntamiento de Cuernavaca, el resto supuestamente se destruyó consecuencia de los trabajos de albañilería.

Además, las pinturas que lograron arribar al palacio municipal fueron amontonadas en una bodega durante 14 años, hasta que en 1986, don Sergio Estrada Cajigal Barrera gestionó enmarcarlas y fijarlas a los muros donde se han observado durante el presente año. Ahora, por la remodelación del edificio, las pinturas una vez más deberán ser movilizadas. ¿Por quién y en qué transporte? ¿Con marcos o enrolladas? ¿En dónde quedarán depositadas? ¿Los óleos que lo requieren serán embalsamados? Para corregir el pasado, si eso fuera posible y que la historia no vuelva a repetirse, respetuosamente se recomienda, como mínimo:1. Que el ayuntamiento –con el fin de conservar y preservar la obra de Salvador Tarazona– se anticipe previendo la forma responsable, técnica y profesional del manejo y traslado de las pinturas, así como definiendo el lugar de almacenamiento con condiciones ambientales propicias. 2. Una vez concluidas las obras de remodelación, que las pinturas regresen al Museo de Cuernavaca, a los espacios que ocuparon, y se les coloque a cada una su ficha de identificación y contenido temático para que verdaderamente cumplan con el objetivo de su existencia: servir como un viaje pictórico por la historia de nuestro Estado y Ciudad.3. Que dentro del Museo de Cuernavaca, se exhiban las sillas y mesa que el señor Tarazona diseñó, porque ellas, por sus múltiples motivos iconográficos prehispánicos grabados, corresponden a otra valiosa aportación de maestro español valenciano a nuestro patrimonio morelense.Comentario final. Si bien hemos considerado que el “asunto Tarazona” es del ámbito del ayuntamiento de Cuernavaca, recordemos que por el hecho de que los fondos con los que se pagaron las pinturas, sillas y otros trabajos de grabado, hayan salido del presupuesto estatal, podemos afirmar que también corresponde al gobierno del estado involucrarse en lo anteriormente expuesto, por su carácter de propietario o copropietario de los bienes patrimoniales en cuestión.

Etnia, parroquia y cruces franciscanas de Ocotepec, Morelos



Escrito por Jesús Pérez Uruñuela.
Sábado, 27 de Septiembre de 2008 00:00 La Jornada Morelos.

Orígenes étnicos durante los años 1250 a 1300 d.C.
Procedentes del Valle de México llegaron al actual estado de Morelos los tlahuicas, quienes tiempo atrás, según el Códice Ramírez Alvarado Tezozomoc, habían salido del mítico Chicomostoc (Lugar de las siete cuevas), al igual que otras seis tribus nahuatlacas (de idioma náhuatl): acohluas (colhuas), tepanecas, xochimilcas, tlaxcaltecas, chalcas y aztecas.Una vez que cruzaron la sierra del Ajusco, los tlahuicas formaron los reinos de Cuauhnáhuac y de Oaxtepec. Los poderes políticos de Cuauhnáhuac residían en una ciudad militar (hoy centro histórico de Cuernavaca), rodeada por 22 pueblos tributarios. Ocotepec, uno de ellos.Los primeros habitantes de Ocotepec (cerro de ocotes), también fueron de origen tlahuica. Se establecieron al norte de la hoy ciudad de Cuernavaca, en las faldas del corredor del Chichinahutzin, en un paraje boscoso de ocotes. De ahí el origen de su toponimia. Eran adoradores de Tlanehui o Tlanihuic (Luz del nuevo amanecer), o sea el planeta Venus, Lucero de la mañana (Tlahuizcalpantecuhtli) al salir por el oriente, representación dual de las deidades Ehecatl-Quetzalcóatl (Viento y Serpiente Emplumada). Posteriormente, en parajes al norte de donde estaban los tlahuicas-tlanehui se asentaron dos grupos de familias nahuatlacas, pertenecientes a las tribus Acolhuas o Colhuas y Tepanecas. De esta manera se inició la configuración de la comunidad primera de lo que habría de ser el poblado de Ocotepec.Desde antes de 1521 (conquista de Cuauhnáhuac por los españoles), Ocotepec constituía un punto estratégico para la escala de procesiones humanas procedentes de los reinos de la Triple Alianza y del centro religioso de Cholula: pochtecas (comerciantes) rumbo al sur y guerreros que se dirigían a Malinalaco para someterse a prolongados y dolorosos autosacrificios, a fin de alcanzar la honorífica distinción militar de caballeros águilas y caballeros jaguares. Como en el pasado, hoy, cada año, pasan por Ocotepec ríos humanos rumbo a Malinalco y Chalma.
Evangelización franciscana. En 1524 llegan a la Nueva España los frailes franciscanos “hermanos menores”, encabezados por Fray Martín de Valencia; proceden al establecimiento de La Custodia del Provincia del Santo Evangelio, consistente en la construcción de cuatro conventos en México, Tlaxcala, Texcoco y Huejotzingo, el quinto sería en Cuernavaca. Un año después, los franciscanos arriban a la Cuauhnáhuac conquistada, y hacen lugar de residencia donde hoy está la capilla de San Francisquito, al sur de la ciudad. Sin embargo, es hasta 1529 cuando se inician en terrenos donados por doña Juana de Zúñiga, esposa de Hernán Cortés, las obras de la iglesia de San Francisco, hoy de la Asunción de la Virgen y Catedral, así como del claustro del convento (obispado), y de la capilla abierta de San José, frente a la cual se aglomeraban multitudinarios grupos de indígenas para su catequización. También en los 22 pueblos (inclusive Ocotepec) anteriormente tributarios a Cuauhnáhuac, la cristianización se inició a cielo abierto frente a improvisadas capillas de cuatro morillos que sostenían techos pajizos. Parroquia de “San Salvador o Divino Salvador”Es posible que la fecha de 1536, tenuemente legible en la parte superior de la fachada del actual templo del Divino Salvador de Ocotepec, corresponda solamente al inicio de los trabajos de erección de sus muros definitivos. La conclusión del templo parroquial del pueblo del “cerro de los ocotes”, que se menciona para el año de 1592 (de ser correcta), debe interpretarse únicamente en lo referente a la nave cañón corrido, sin la torre campanario, la que debió ser construida entre finales del siglo XVII y principios del XVIII, aseveración basada en el hecho de que las torres de otras capillas de la actual Cuernavaca, (Los Reyes Magos de Tetela del Monte y San Juan Evangelista de Chapultepec) tienen grabados en su frente los años 1677 y 1739 respectivamente; también la torre de la actual Catedral, tiene inscrito en uno de sus muros el año 1713.Respecto a la ornamentación que hoy ostenta el frontispicio de San Salvador, por sus manifiestas similitudes con la fachada de la capilla de La Tercera Orden (ubicada en la esquina norponiente del atrio catedralicio) debió haber sido realizada durante la primera mitad del siglo XVIII.La sacristía y el Sagrario adosados al muro sur de la nave parroquial de San Salvador, debieron ser contemporáneos de la decoración de su fachada y construcción de la torre campanario. Interesantes resultan estos dos espacios. La sacristía (primera en tiempo) tuvo puerta al exterior por su muro poniente, hoy en la penumbra del interior del recinto sagrario. Ese muro cuenta con los mismos elementos decorativos que la parte inferior de la fachada del templo: puerta arco de medio punto y a sus costados dos columnas salomónicas, en cuyos intercolumpios existen nichos con las imágenes de San Pedro y San Pablo. Supongo que posteriormente se alzaron los muros (del hoy Sagrario) que habrían de servir como un portal con tres arcos para proteger la fachada de la sacristía o bien como portal de peregrinos. Luego dos de los arcos fueron tapiados, quedando solo el del medio como puerta de acceso, que permanece cerrada. Hermosos los altos relieves en la parte superior del muro ex arcado, con motivos que evocan las cinco llagas de Cristo, Jesucristo en el momento de la transfiguración, y otros motivos foliares y símbolos franciscanos. ¿Convento de la Transfiguración del Señor?Se piensa que la parroquia de Ocotepec, entre finales del siglo XVII y principios del XVIII, era un proyecto para la construcción de un convento franciscano destinado a la advocación de la Transfiguración del Señor. Y existen antecedentes para ello. En un texto del documento Provincia del Santo Evangelio (1697), Fray Agustín de Betancourt nombra al poblado: “Transfiguración Ocotepec”. Además en la parte intermedia de la fachada de la parroquia, aún puede leerse la palabra “transfigura”. Para 1746, Joseph Antonio de Villaseñor y Sánchez, en su obra Teatro americano de reynos y provincias, región Morelos, llama al poblado “San Salvador Ocotepec”, infiriéndose que para entonces el proyecto de convento había sido abandonado, dejando como vestigio una arcada de piedra adosada a la torre campanario, muy probablemente arranque del claustro conventual.

Cruces franciscanas. Siglo XVIII. Una vez construida la nave parroquial, y ya asentadas a su alrededor casas habitaciones, los franciscanos colocaron cinco cruces en la periferia delimitando el área de una comunidad que ya profesaba la fe católica. Cinco cruces que representan las cinco llagas de Cristo, según opinión de los ancianos del poblado.
Bibliografía:1) Ocotepec, un cerro de mexicanidad. Pacmyc-Conaculta, Morelos, 2002. 2) De Cuauhnáhuac a Cuernavaca, biografía de una ciudad, ayuntamiento de Cuernavaca, 2008. Ambas obras del autor del presente artículo