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sábado, 8 de noviembre de 2008

Cipactónal y Oxomoco, los primeros morelenses

Regional del Sur. 2005
Por Jesús Pérez Uruñuela

Según Fray Gerónimo de Mendieta, en su “Historia Elesiástica Indiana”, en una cueva del antiguo Cuauhnáhuac (Cuernavaca) habitaba un par de ancianos llamados: él, Cipactónal y ella Oxomoco, dioses creados por Quetzalcóatl y Huitzilopochtli (hijos primigenios del supremo dios Tonacatecuhtli)
A Cipactónal se le dio la vida para que evitase la holganza y se dedicarse a la labranza y cultivo de la tierra, en tanto que Oxomoco se ocuparía en el hilar y tejer, así como en realizar actividades curativas, hechiceras y adivinatorias, para lo cual utilizaría los nueve granos de maíz que les proporcionaron al nacer sus deidades creadores.
Se cuenta que el surgimiento de los dos singulares personajes sucedió después de la tercera Era del mundo antiguo, el día Cuatro-Lluvia del año Uno-Pedernal cuando llovió fuego por un día entero. En esa ocasión, por sus imperfecciones, los hombres fueron destruidos y quienes sobrevivieron se convirtieron en guajolotes...
Durante la larga vida de aquellas vetustas deidades que llegaron a avecindarse a la antigua Cuauhnáhuac, procrearon los macehuales: hombres del pueblo que habitaron en el mundo antiguo.
Con el consejo de Quetzalcóatl, Cipactónal y Oxomoco establecieron en el mundo la cuenta del tiempo e inventaron el tonalámatl: libro-calendario de naturaleza lunar de los nacimientos basado en la adivinación y las festividades religiosas. Al primer día del calendario lo llamaron Cipactli: “cierta cosa llamada, que la pintan a manera de sierpe (o lagarto)...”, según Fray Gerónimo de Mendieta. Luego, asignaron los nombres a los otros 19 días restantes: ehécatl (viento), calli (casa), cuetzpallin (lagartija), cóatl (serpiente), miquiztli (muerte), mazatl (venado), tochtli (conejo), atl (agua), izcuintli (perro), ozomatli (mono), malinalli (yerba torcida), acatl (caña), ocelotl (jaguar), cuahtli (águila), cozcacuahuitl (zopilote), olín (movimiento), tecpatl (pedernal), quiáhuitl (lluvia) y xóchitl (flor)
En el año de 1989, en la Plaza de las Tres Culturas de Tlaltelolco, se descubrió una pintura mural en el costado de un basamento piramidal que habría de conocerse como el Templo Calendárico. Los elementos de tal obra pictórica sobre estuco, son muy similares a los que presenta el Códice Borbónico, en su página 21, en la cual se observan en el interior de una figura rectangular que representa una caverna a Cipactónal y Oxomoco. En la entrada de ella se aprecian dos bastones dorados con la empuñadura tallada en forma de la cabeza de un cervatillo (semejantes a los que se elaboran y comercian en las grutas de Cacahuamilpa).
Con el pelo encrespado, ambos personajes se sitúan frente a frente con una de sus manos alzada, en manifestación de su condición divina. Sus rostros muestran arrugas y bocas con irregulares dentaduras, signos de vejez. En tanto que Oxomoco (ella) permanece hincada sobre un equipal (icpalli), en actitud adivinatoria, arroja al aire nueve semillas de maíz. Viste larga túnica y sobre su espalda lleva una jícara.
Cipactónal, sentado sobre otro equipal, alza un sahumador encendido y lo dirige hacia la entrada de la cueva. En su mano izquierda mantiene un punzón para el autosacrificio, mientras de la muñeca cuelga una bolsa sacerdotal copalxiquipilli. También sobre su espalda se observa una jícara (seguramente con tabaco)
Cabe mencionar que el grabado de la página 21 del Códice Borbónico está enmarcada por una franja con 27 círculos y una fracción de ellos, con lo cual se hace referencia a un completo ciclo lunar (27 días 7 hs. 43 min. 11 seg.)
En la parte superior izquierda del rectángulo con el cual se simboliza el interior de la caverna, está la monstruosa cabeza de un cipactli (lagarto). Y abajo del cuadro, sale un torrente de agua con conchas y los círculos antes referidos, para en forma simbólica significar la fluidez del tiempo.
Para los pueblos del mundo antiguo mesoamericano existieron dos calendarios que regían el año (xíhuitl). El primero, llamado tonalpohualli, era de naturaleza “sagrada”; duraba 260 días, porque se combinaban 20 días con 13 numerales (29x13=260). El segundo calendario estaba basado en el ciclo solar de 365 días. Se integraba de 18 “meses” de 20 días y cinco días adicionales.
Sobra agregar antecedentes y comentarios para dejar manifiesta la trascendencia legendaria que tiene la antigua Cuauhnáhuac, (actual Cuernavaca), porque en una caverna ubicada dentro de sus límites, un par de dioses ancianos, llamados Cipactónal y Oxomoco, los primeros morelenses, además de haber dado origen a la humanidad al finalizar la tercera Era del mundo antiguo, crearon las veintenas de días que permitirían a los pueblos prehispánicos mesoamericanos controlar y cuantificar el tiempo.

viernes, 7 de noviembre de 2008

LOS SEÑORES DE LOS AIRES Y DEL AGUA


Costumbres ancestrales del norte de Cuernavaca
Por Jesús Pérez Uruñuela














En los últimos días de mayo o principios de junio, por las barrancas de la Sierra del Ajusco, bajaban a los poblados de Santa María, Chamilpa, Ocotepe y Ahuatepec vientos, que (según se creía) eran la forma en que se manifestaban los llamados “señores de los aires”: míticos personajes de caprichoso comportamiento, relacionados con Ehécatl, dios del viento, los cuales resultaban beneficiosos o perjudiciales, según las atenciones que les brindasen los labriegos.
Durante la temporada de siembra, debía tenerse dispuestos para esos “eólicos seres -en carácter de ofrendas- los mismos alimentos y bebidas que habrían de consumir los agricultores. Además, nadie se atrevía a comenzar a comer sin antes desearles “buen provecho” o a beber sin el previo “salud” que obligan las buenas costumbres. De no ser así, “tan especiales visitantes” podrían sentirse ofendidos y dedicarse a hacer travesuras y maldades.
Si los campesinos veían que los ramajes de los árboles se movían por efecto del viento, comentaban “teyeifantin”: “aquí van ellos”... Ante la presencia de violentos ventarrones, exclamaban con temor “na mila ixigame”: ¡Ya se lo llevaron...!, o bien “yaxiga goatl (coatl)”: ¡Es un viento culebra!
A “los aires” se les manifestaba un respeto impregnado de temor, porque –en ocasiones para impedir herir su susceptibilidad- se evitaba pronunciar su nombre o llamarlos con prudente ambigüedad como “ellos”
En el mes de agosto eran frecuentes las tormentas eléctricas y las torrenciales lluvias; entonces, el labrador del norte del Municipio de Cuernavaca debía “convivir” con otras deidades: los ahuaque “señores del agua” llamados localmente “avaque”.
De acuerdo a las crónicas de los primeros clérigos que llegaron a Nueva España durante la conquista, se identifican los ahuaques con los tlaloques: auxiliares del dios Tláloc, encargados de transportar por el cielo enormes vasijas de barro con agua, las que al romperlas producían el estruendoso tronar y el rayo; luego, el valioso líquido se precipitaba sobre la tierra. A esos espíritus, también se les pedía cuidaran de la sementera, protegiéndola del ataque de animales roedores (ardillas, ratas, tejones...)
Antiguamente, los pueblos náhoas, en lo que hoy es el mes de diciembre, celebraban la fiesta ceremonial denominada Atemoztli (caída de las aguas), la cual tenía las siguientes características:
“Cuando (el cielo) comenzaba a tronar, los sátrapas (sacerdotes) de los tlaloques con gran diligencia ofrecían copal y otros perfumes a sus dioses... decían que entonces venían para dar agua... absteníanse los hombres de las mujeres y las mujeres de los hombres... (también) cortaban tiras de papel (amate) y atábanlas a unos varales desde abajo hasta arriba, e hincábanlos en los patios de sus casas...” (Sahagún Cap.XVI)
Asimismo, entonces ofrecían a los dioses calabazas y frijoles conocidos como ayocotli (ayocotes) que al final de las celebraciones eran comidos por los participantes a las mismas.
A principios del siglo XX, en el norte de la actual Cuernavaca, la costumbre anterior tuvo modificaciones: para halagar a los “pluviales ahuaques”, los campesinos encargaban a un curandero que colocara en medio del campo de cultivo una cruz alta adornada con flores. Junto a ella –antes de que el Sol alcanzase el cenit- se ponía una ofrenda consistente en juguetes, mole verde o rojo con pollo guisado sin sal, con panes, frutas rojas, utensilios de barro. No faltaba en la oblación, el licor, así como los cigarros o puros, dispuestos sobre un pliego de papel de china rojo extendido.
Si bien la cruz colocada en las milpas serranas tenía un simbolismo cristiano, también es posible que poseyese antiguas reminiscencias tlahuicas, porque, para esos pueblos prehispánicos, la cruz representaba -entre otros conceptos- el cruce de dos líneas formadas por el movimiento de dos elementos fundamentales para la agricultura: el diario trayecto del Oriente al Poniente del Sol y el curso que siguen los vientos del Norte al Sur.
En la víspera del veintiocho de septiembre (día de la fiesta de San Miguel) se recolectaba el pericón floreado, y con él se elaboraban pequeñas cruces, las cuales eran colocadas –para cubrir los cuatro rumbos del mundo- en las esquinas de la milpa y del panteón, así como en las puertas de las casas, con el propósito de impedir se introdujera “El espíritu malo o diablo” y al día siguiente, San Miguel Arcángel pudiera bendecir las primeras mazorcas tiernas de los maizales. A partir de entonces, la gente disfrutaba de “tamaladas y elotizas” realizadas con mazorcas de maíz tierno.
Cabe agregar que en la época precolombina, el surgimiento de los primeros elotes en las milpas, también era festejado por los “macehuales” de entonces. Ellos tomaban las mazorcas tiernas y las llevaban a unos altares ubicados en lo alto de los cerros. Allá, encendían una candela e incienso en honor de Xiuhtecuhtli, (dios del fuego) no sin antes ofrecerle el sacrificio de una gallina, tamales y una jícara de pulque. Después de ser rociados con mehtli (pulque) los elotes eran asados junto con la gallina. Al comer lo ofrendado a los dioses, los antiguos mexicanos festinaban los primeros frutos de la siembra.
Los pueblos de la antigüedad estaban conscientes que los vientos y la lluvia, así como la luz solar, eran parte de un proceso meteorológico cíclico de reintegración y renovación en el cual, el Sol (Tonatiuh) con sus ardientes rayos, hace que diminutas gotas del mar y de los lagos suban al cielo para que Ehécatl, dios del viento, con su soplo las empuje hasta que de nuevo se reintegren a las nubes que están sobre los cerros (donde reside Tlaloc) y allá, el agua esté presta para convertirse en lluvia que luego volverá a caer sobre la tierra, lagos y mares.
Además de en el norte de Cuernavaca, en otras regiones del Estado de Morelos realizaban ceremonias especiales al viento y a la lluvia. Una de ellas es el municipio de Jiutepec, en donde “los chaneques y las nubes”, en el mes de agosto (cuenta la tradición) vigilaban celosamente que los habitantes de la localidad (dirigidos por siete mayordomos) les ofrecieran sabrosos manjares, alegre música, vistosos bailes y sonoros “cuetones”, para que decidieran retirarse y también estuvieran dispuestos a reaparecer con productivas lluvias en el siguiente período agrícola.
El paso del tiempo y “la modernidad” han diluido entre las nuevas generaciones la importancia de las viejas tradiciones. La juventud de hoy (herederos de un rico pasado histórico) prefieren celebrar las festividades religiosas y agrícolas con bailes francachelas amenizados con estridente música de altísimos decibeles difundidas por espectaculares bocinas.
Pese a que actualmente domina la alta tecnología, la cibernética y la tan referida “globalización”, los habitantes de Cuernavaca y de otros lugares, se asombran con las impredecibles variaciones en el clima y en los calendarios pluviales, así como con la presencia de violentos vientos y tormentosas lluvias que arrasan bienes y acaban –inclusive- con vidas humanas. Los expertos en la materia achacan tales fenómenos a los llamados efecto del “Niño” y de la “Niña”... Pero... acaso ¿No será que los “Señores del Aire y de las Aguas” así muestran su inconformidad y enojo porque ya no se les colocan en los altos del “cerro” las cruces y las ofrendas de comida y de bebida que antiguamente se les proporcionaba con tanto respeto y consideración?
Fuentes:
Relatos de Fidencio Juárez Rosales, Pedro Rosales Aguilar y Domingo Díaz Balderas.
Historia General de las cosas de la Nueva España.- Fray Bernardino de Sahagún.
Histroria de las Indias de Nueva España e islas de tierra firme. Fray Diego Durán.
Tamoanchán y Tlalocan.- Alfredo López Agustín.
Las fiestas del Agua. Publicación de la Dirección de Educación Recreación y patrimonio Cultural del H. Ayuntamiento de Jiutepec, Morelos.
En los últimos días de mayo o principios de junio, por las barrancas de la Sierra del Ajusco, bajaban a los poblados de Santa María, Chamilpa, Ocotepe y Ahuatepec vientos, que (según se creía) eran la forma en que se manifestaban los llamados “señores de los aires”: míticos personajes de caprichoso comportamiento, relacionados con Ehécatl, dios del viento, los cuales resultaban beneficiosos o perjudiciales, según las atenciones que les brindasen los labriegos.
Durante la temporada de siembra, debía tenerse dispuestos para esos “eólicos seres -en carácter de ofrendas- los mismos alimentos y bebidas que habrían de consumir los agricultores. Además, nadie se atrevía a comenzar a comer sin antes desearles “buen provecho” o a beber sin el previo “salud” que obligan las buenas costumbres. De no ser así, “tan especiales visitantes” podrían sentirse ofendidos y dedicarse a hacer travesuras y maldades.
Si los campesinos veían que los ramajes de los árboles se movían por efecto del viento, comentaban “teyeifantin”: “aquí van ellos”... Ante la presencia de violentos ventarrones, exclamaban con temor “na mila ixigame”: ¡Ya se lo llevaron...!, o bien “yaxiga goatl (coatl)”: ¡Es un viento culebra!
A “los aires” se les manifestaba un respeto impregnado de temor, porque –en ocasiones para impedir herir su susceptibilidad- se evitaba pronunciar su nombre o llamarlos con prudente ambigüedad como “ellos”
En el mes de agosto eran frecuentes las tormentas eléctricas y las torrenciales lluvias; entonces, el labrador del norte del Municipio de Cuernavaca debía “convivir” con otras deidades: los ahuaque “señores del agua” llamados localmente “avaque”.
De acuerdo a las crónicas de los primeros clérigos que llegaron a Nueva España durante la conquista, se identifican los ahuaques con los tlaloques: auxiliares del dios Tláloc, encargados de transportar por el cielo enormes vasijas de barro con agua, las que al romperlas producían el estruendoso tronar y el rayo; luego, el valioso líquido se precipitaba sobre la tierra. A esos espíritus, también se les pedía cuidaran de la sementera, protegiéndola del ataque de animales roedores (ardillas, ratas, tejones...)
Antiguamente, los pueblos náhoas, en lo que hoy es el mes de diciembre, celebraban la fiesta ceremonial denominada Atemoztli (caída de las aguas), la cual tenía las siguientes características:
“Cuando (el cielo) comenzaba a tronar, los sátrapas (sacerdotes) de los tlaloques con gran diligencia ofrecían copal y otros perfumes a sus dioses... decían que entonces venían para dar agua... absteníanse los hombres de las mujeres y las mujeres de los hombres... (también) cortaban tiras de papel (amate) y atábanlas a unos varales desde abajo hasta arriba, e hincábanlos en los patios de sus casas...” (Sahagún Cap.XVI)
Asimismo, entonces ofrecían a los dioses calabazas y frijoles conocidos como ayocotli (ayocotes) que al final de las celebraciones eran comidos por los participantes a las mismas.
A principios del siglo XX, en el norte de la actual Cuernavaca, la costumbre anterior tuvo modificaciones: para halagar a los “pluviales ahuaques”, los campesinos encargaban a un curandero que colocara en medio del campo de cultivo una cruz alta adornada con flores. Junto a ella –antes de que el Sol alcanzase el cenit- se ponía una ofrenda consistente en juguetes, mole verde o rojo con pollo guisado sin sal, con panes, frutas rojas, utensilios de barro. No faltaba en la oblación, el licor, así como los cigarros o puros, dispuestos sobre un pliego de papel de china rojo extendido.
Si bien la cruz colocada en las milpas serranas tenía un simbolismo cristiano, también es posible que poseyese antiguas reminiscencias tlahuicas, porque, para esos pueblos prehispánicos, la cruz representaba -entre otros conceptos- el cruce de dos líneas formadas por el movimiento de dos elementos fundamentales para la agricultura: el diario trayecto del Oriente al Poniente del Sol y el curso que siguen los vientos del Norte al Sur.
En la víspera del veintiocho de septiembre (día de la fiesta de San Miguel) se recolectaba el pericón floreado, y con él se elaboraban pequeñas cruces, las cuales eran colocadas –para cubrir los cuatro rumbos del mundo- en las esquinas de la milpa y del panteón, así como en las puertas de las casas, con el propósito de impedir se introdujera “El espíritu malo o diablo” y al día siguiente, San Miguel Arcángel pudiera bendecir las primeras mazorcas tiernas de los maizales. A partir de entonces, la gente disfrutaba de “tamaladas y elotizas” realizadas con mazorcas de maíz tierno.
Cabe agregar que en la época precolombina, el surgimiento de los primeros elotes en las milpas, también era festejado por los “macehuales” de entonces. Ellos tomaban las mazorcas tiernas y las llevaban a unos altares ubicados en lo alto de los cerros. Allá, encendían una candela e incienso en honor de Xiuhtecuhtli, (dios del fuego) no sin antes ofrecerle el sacrificio de una gallina, tamales y una jícara de pulque. Después de ser rociados con mehtli (pulque) los elotes eran asados junto con la gallina. Al comer lo ofrendado a los dioses, los antiguos mexicanos festinaban los primeros frutos de la siembra.
Los pueblos de la antigüedad estaban conscientes que los vientos y la lluvia, así como la luz solar, eran parte de un proceso meteorológico cíclico de reintegración y renovación en el cual, el Sol (Tonatiuh) con sus ardientes rayos, hace que diminutas gotas del mar y de los lagos suban al cielo para que Ehécatl, dios del viento, con su soplo las empuje hasta que de nuevo se reintegren a las nubes que están sobre los cerros (donde reside Tlaloc) y allá, el agua esté presta para convertirse en lluvia que luego volverá a caer sobre la tierra, lagos y mares.
Además de en el norte de Cuernavaca, en otras regiones del Estado de Morelos realizaban ceremonias especiales al viento y a la lluvia. Una de ellas es el municipio de Jiutepec, en donde “los chaneques y las nubes”, en el mes de agosto (cuenta la tradición) vigilaban celosamente que los habitantes de la localidad (dirigidos por siete mayordomos) les ofrecieran sabrosos manjares, alegre música, vistosos bailes y sonoros “cuetones”, para que decidieran retirarse y también estuvieran dispuestos a reaparecer con productivas lluvias en el siguiente período agrícola.
El paso del tiempo y “la modernidad” han diluido entre las nuevas generaciones la importancia de las viejas tradiciones. La juventud de hoy (herederos de un rico pasado histórico) prefieren celebrar las festividades religiosas y agrícolas con bailes francachelas amenizados con estridente música de altísimos decibeles difundidas por espectaculares bocinas.
Pese a que actualmente domina la alta tecnología, la cibernética y la tan referida “globalización”, los habitantes de Cuernavaca y de otros lugares, se asombran con las impredecibles variaciones en el clima y en los calendarios pluviales, así como con la presencia de violentos vientos y tormentosas lluvias que arrasan bienes y acaban –inclusive- con vidas humanas. Los expertos en la materia achacan tales fenómenos a los llamados efecto del “Niño” y de la “Niña”... Pero... acaso ¿No será que los “Señores del Aire y de las Aguas” así muestran su inconformidad y enojo porque ya no se les colocan en los altos del “cerro” las cruces y las ofrendas de comida y de bebida que antiguamente se les proporcionaba con tanto respeto y consideración?
Fuentes:
Relatos de Fidencio Juárez Rosales, Pedro Rosales Aguilar y Domingo Díaz Balderas.
Historia General de las cosas de la Nueva España.- Fray Bernardino de Sahagún.
Histroria de las Indias de Nueva España e islas de tierra firme. Fray Diego Durán.
Tamoanchán y Tlalocan.- Alfredo López Agustín.
Las fiestas del Agua. Publicación de la Dirección de Educación Recreación y patrimonio Cultural del H. Ayuntamiento de Jiutepec, Morelos.

jueves, 30 de octubre de 2008

Tarahumara, “hombre de los pies ligeros”.


Por Jesús Pérez Uruñuela

Cuenta la leyenda que el supremo dios Onorúame, síntesis y contenido del radiante padre Sol Rayénari y de la blanca e inmaculada madre Luna Metzaka, hizo que los violentos caudales de agua y lodo ahondaran las cañadas de las grandes cadenas montañosas y formaran los profundos abismos con elevados acantilados de inmensas rocas que simulaban fantásticas formas antropomórficas y zoomorfas.
Así, aquellas dos fuerzas “macho y hembra” contenidas en una sola deidad, expandió la acción creadora sobre la Tierra para luego concebir al hombre, quien fue llamado rarámuri (tarahumara en su expresión hispanizada) “el de los pies ligeros”, quien quedó como dueño y señor de aquella zona serrana.
A los hombres, el gran dios los hizo con rostros alargados y enjutos, con negros ojos y nariz recta. Sus cuerpos esbeltos fueron esculpidos con dura musculatura para resistir la carrera en largas distancias. Llevaban un taparrabo fijado al talle y hacia atrás una larga tela triangular que cubría una camisa no ajustada a la cintura. Y a fin de que permanentemente los rarámuri estuvieran conscientes que también eran producto de la trascendental dualidad divina, los varones llevaban ceñida en la frente -como señal de ello- un triángulo largo de tela enrollada (kowera) cuyos dos colgantes extremos significaban, por un lado al padre Sol y por el otro a la diosa madre Luna: ambos, las dos fuerzas “macho y hembra” de la naturaleza fundidas en la concepción dual del altísimo Onorúame.
La deidad suprema cubrió las llanuras tarahumaras con majestuosos pinos, encinos y álamos y esos espesos bosques los pobló con osos negros, pumas, nutrias, venados cola blanca, lobos y demás seres. Asimismo, hizo que en el cielo volaran variadas aves y en los manantiales y ríos abundaran los reptiles y los peces. Además, la deidad creadora instruyó a los tarahumaras para que viesen al árbol como la sacra fuente de leña para el fuego y de madera para construir sus instrumentos musicales con qué alegrar sus festividades. También se le inculcó el respeto sobre las demás formas de vida que le proporcionaban alimento.
Con relación a sus semejantes, los musculosos y esbeltos habitantes de las cañadas, estaban convencidos que la veneración al ser humano tenía mayor valor que el amor a las cosas materiales. La sociabilidad y la solidaridad comunitaria constituía la base de su armonía y pacífica convivencia. También, todo era de todos; no existía la propiedad privada.
“El hombre de pies ligeros” tenía el edén para llevar una vida plena.
Un atardecer, cuando el Sol se ocultaba y surgía radiante la Luna, los tarahumaras estaban reunidos alrededor de una fogata. Una cierva se aproximó y al tiempo que ella realizaba rítmicos movimientos (como si danzase), con dulce y cortes voz les habló:
-Los saludo con el suavidad que lo haría el gorjeo de la paloma del campo para desearles bienestar y felicidad –dijo y añadió: -Los dioses Rayénari y Metzaka me han encargado que les comunique que a partir de hoy, cuando menos una vez al año, deberán danzar, cantar, evocarlos y honrarlos hasta el amanecer para que todos los rarámuris sean agraciados con salud y prosperidad los días venideros.
Luego agregó:
-Recuerden que ustedes como hijos de los dioses que son, provienen de la Tierra y del Universo y también del maíz: alimento sagrado que les permitirá la comunicación directa con sus padres creadores para que les perdonen sus culpas.
Y sin más, desapareció en las profundas cañadas.
De inmediato, unas mujeres indígenas vestidas con falda ampona sostenida con un refajo de lana (pukara) y blusa suelta y con la cabeza cubierta con una pañoleta, fueron a sus cabañas y de ahí sacaron el maíz molido que habían fermentado días antes (al que llamaron tesgüino) y lo repartieron en jícaras entre los y las presentes, quienes lo bebieron. En tanto, otras mujeres rarámuri de baja estatura, con ovalados rostros, cuyos sesgados ojos competían en negrura con sus lacias y pesadas cabelleras, también estaban reunidas alrededor de la hoguera. De repente -en forma espontánea- se hincaron con la frente pegada al suelo y entonaron a coro los cánticos que luego habrían de llamarse “el yumari”
Voces, sonidos de flautas, de sonajas y de tambores retumbaron en los elevados acantilados y en las amplias llanuras; y al ritmo musical, hombres y mujeres, varones y hembras con armoniosos pasos (al danzar) imitaban las contorciones de la venada que momentos antes les había llevado un mensaje de los dioses y dibujaban en el suelo con sus descalzos pies figuras del Sol, de la Luna y de las estrellas.
Ya avanzada la noche, la trascendental esencia del maíz, por medio del espirituoso tesgüino, se apoderó de la mente de los danzantes para que se imaginaran que el cielo se había estampado en el terreno o que flotaban en el espacio sideral entre los astros, no alrededor de la hoguera, sino del Sol y de la Luna.
Así, con frenetismo, los embriagados participantes alternaban los retorcimientos corporales y brincos con la bebida del sagrado líquido emanado del maíz.
Como una forma sui generis de orar y pedir perdón a los entes divinos, bebían y bailaban, y lo hacían con tal vehemencia que la alucinada imaginación indígena retrocedió hasta el tiempo en que la Tierra se convulsionaba en su etapa formativa: cuando las ardientes magnas emergían a la superficie y poco a poco daban la configuración orográfica definitiva, la que después se enfrió.
Luego por las mentes de los extasiados danzarines, pasaron imágenes de grupos humanos que, provenientes de las frías e inclementes zonas del norte, se trasladaban por la costa del inmenso océano en busca de lugares sureños con climas más propicios para establecerse. Al llegar aquel conglomerado humano a las áreas regadas por once ríos (Sinaloa), los tarahumaras acompañados de pequeños grupos de varohios, pimas y tepehuanes, guiados por el padre Sol, que entonces se asomaba tras el horizonte, dirigieron sus pasos hacia el oriente. Allá, construyeron casas de adobe dentro de cuevas y después se establecieron en las grandes planicies cercanas a la Barranca que recorre el río Urique.
Los albores del nuevo amanecer hicieron que los enajenados rarámuri, se percataran que las vivencias anteriores habían sido ficticias y que, reunidos en torno a una fogata, no habían dejado de danzar y libar el embriagante tesgüino. La febril danza y los ensordecedores cánticos concluyeron cuando el astro rey volvió a dorar con sus rayos las cimas de las montañas y tanto los hombres como las mujeres se desplomaron exhaustos y fueron cautivos de un profundo sueño en el cual vieron al dios Onorúame repá betéame (el padre y madre que vive arriba) quien les dijo:
-Esta noche me han honrado al danzar como el venado y al embriagar sus espíritus con la esencia del maíz, el que representa la sagrada tierra de donde proviene el moreno tinte de la piel y el alma noble de ustedes. Con su evocadora festividad, han fortalecido mi predominio en las alturas y mi superioridad sobre “reré betéame” (el que vive abajo) En recompensa, sus acciones culposas serán expiadas y tendrán salud y abundante alimento.
Luego que los rarámuri despertaron, por muchos amaneceres y por muchos plenilunios comieron hasta hartarse “tonari” (cocido de carne de animales silvestres con tubérculos y calabazas, aderezado con olorosas yerbas), pinole, atole, tamales y gorditas elaborados con maíz.
Al paso de los siglos, las cañadas cambiaban su verde color por el blanco brillante de la nieve invernal. Según fuera una u otra temporada estacional, los rarámuris (la gente, los hombres, los hijos de dios, los tarahumaras) abandonaban las frías cañadas para vivir en las cálidas mesetas y después, cuando el clima cambiara, regresar a las altas montañas.
Pero sucedió un día que, procedentes del sur, llegó un pequeño grupo de personas con raros atavíos de gruesa tela color marrón, quienes por ser de piel clara y tener el rostro cubierto de rubia barba, fueron llamados “chavochis” (hombres blancos con telarañas en el rostro). De la boca del que se ostentaba como líder de aquellos extraños personajes, salían mesuradas y piadosas palabras, a la vez incomprensibles. Él, al mostrar la cruz de madera que asía con una mano, con la otra señalaba hacia el cielo.
Algunos nativos murmuraban sorprendidos: -¿Acaso esos maderos cruzados significan los cuatro rumbos del mundo? Otros, comentaban: –¿Por qué se postran de hinojos ante esa cruz los “chavochis” recién llegados?.
Sin embargo, pese al establecimiento de templos y a la intensa e insistente realización de campañas evangelizadoras, los jesuitas y los misioneros de otras órdenes religiosas que llegaron a las barrancas y mesetas rarámuri no lograron implantar entre la población nativa el cristianismo de acuerdo a sus más puros principios doctrinarios, porque el aborigen quiso conservar los valores culturales y espirituales que sus abuelos les habían heredado y sólo estuvo de acuerdo en aceptar aquello que consideró adaptable a su misticismo y surgió así el sincretismo católico-pagano de la sierra tarahumara.
La no aceptación plena de las ideas religiosas arribadas, así como el manifiesto e indomable orgullo indígena y la llegada de otros “chavochis” que se dedicaron a robar y engañar; así como a la invasión y despojo de tierras y a la destructiva explotación del bosque, en la cual obligaban al nativo a trabajar con mínima remuneración y pésimas condiciones laborables, obligó al tarahumara a rehuir y refugiarse en las lejanas cuevas de la montaña, en donde pensaron encontrar seguridad y protección contra tantas actitudes contrapuestas a sus ancestrales éticas costumbres y a sus profundos valores morales.
En verdad que al ser humano se le tienen negados los paraísos terrenales. Cuando llegan a existir, el mismo hombre con saña y crueldad los aniquila.
¿Por qué seres de tal grandeza espiritual tuvieron que ser víctimas de la “acción civilizadora europea medieval”? Sucedió que aquellos “hombres blancos con telarañas en el rostro (y en el cerebro) destruyeron lo que obstaculizaba el logro de sus mezquinos y egoístas propósitos, que en esencia eran explotar exhaustivamente las vetas de minerales preciosos y los recursos forestales sin importarles la conservación del entorno ecológico. El indígena era solamente fuerza de trabajo, un elemento productivo más; pero, para su óptimo aprovechamiento, se requería minimizar su autoestima por medio de hambre, de enfermedades, de vicios y relegación social.
En la actualidad, la tecnología, la “globalización”, los derechos humanos y la corrupción, son temas cada día analizados con amplitud por la televisión, la radio y la prensa. También el maltrato y muerte de focas, de ballenas y de delfines (por su considerable difusión) ha generado tanta consternación mundial que se han establecido organismos y leyes internacionales para su protección. En cambio, el proceso paulatino e incesante de marginación, de explotación, de degradación y de exterminio del indígena rarámuri y de los de otras regiones de México, que hoy es vigente como en el pasado, solo es comentado con espectacularidad circunstancial cuando es noticia y no se le da el análisis serio que conduzca a las medidas integrales de desarrollo que –en el plazo necesario- superen de una vez por todas las condiciones adversas que padecen esos sectores mexicanos de población.

LAS PARTURIENTAS EN EL ANTIGUO OCOTEPEC, MORELOS

FUENTES: Fray Bernardino e Sahagún y Códice de la Cruz Badiano
Por Jesús Pérez Uruñuela

Hace sesenta años (1940), los servicios médicos asistenciales no existían en la población de Ocotepec, Morelos. Las mujeres embarazadas carecían de orientación y atención prenatal, circunstancia que hacía de los partos una situación riesgosa de muerte tanto para la parturienta como para el feto.
Se dice que en aquel tiempo había tres parteras de edad avanzaba con alguna práctica, pero con un total desconocimiento de la higiene, la asepsia y la antisepsia, así como en las medidas médicas para atender los alumbramientos, los que –en consecuencia- ocurrían con abundantes hemorragias e infecciones purepurales, las cuales ocasionaban frecuentes fallecimientos.
Por ejemplo, cortaban el cordón umbilical con tijeras sin desinfectar, y lo ligaban con hilos usados por las costureras.
De acuerdo a Carlos Basauri en el estudio: “La Población indígena de México”: “Durante tres días seguidos, inmediatamente después del nacimiento, se presenta la partera y quema la herida umbilical con fierro calentado al rojo.”
La partera sugería -para acelerar el parto- que la mujer ingiriese un caldo de patas y cola de tlacuache o de cola de venado y que además bebiese cocimientos de manzanilla o hierbabuena para mitigar los dolores. Eso se proporcionaba entre rezos y responsos y con la quema de incienso y de estampas de santos. El cordón umbilical, si era de niña, se enterraba en el patio o en interior de la casa, porque ella siempre estaría en un lugar como ese. En el caso de los varoncitos, el cordón umbilical era colocado en la parte alta de un árbol, porque el niño debía tener una visión más amplia del mundo en que habría de vivir.
A continuación una breve descripción de lo que sobre los nacimientos relata Fray Bernardino de Sahagún en la Historia de las cosas de Nueva España, en los capítulos del XXIV al XXXIII:
Una vez que la recién casada “se sentía preñada, lo hacía del conocimiento de sus padres, quienes de inmediato aparejaban comida y bebida y flores olorosas y cañas de humo… invitaban a los padres de la muchacha y a los principales del pueblo… Después de haber comido y bebido, poníanse en medio de todos un viejo de parte del casado sentado en cuclillas…” Y procedía a decir un prolongado parlamento en el cual refería la magnificencia de los dioses y la humildad del ser humano. “Los dioses –explicaba-- quieren poner dentro (de la embarazada) una piedra preciosas y una pluma rica, porque ya está preñada la mozuela; y parece que nuestro señor ha puesto dentro de ella una criatura…”
Entonces, otros dos oradores “hacían uso de la palabra” para saludar a los familiares de los jóvenes casados y otra persona hacía largas y repetitivas reflexiones sobre la vida, la muerte y el acontecer futuro.
Posteriormente, hablaban la preñada, el esposo, los padres, los abuelos, los suegros, y otros más.
En el séptimo mes del embarazo, volvían a reunirse los familiares de los cónyuges, quienes entre bocados y tragos acordaban qué partera habría de atender el alumbramiento.
Cercano el día del parto, a “la experta” seleccionada se le pedían sus servicios. Antes de decidir, ella invocaba a Yoaticuhtli (diosa de las medicinas y de los médicos) quien sabía qué había en el vientre de la muchacha: hembra o varón. Además, con alardes de modestia y humildad, daba una serie de largas explicaciones: -“¿Por qué fui seleccionada para atender la llegada de un niño, si existen otras mujeres más jóvenes y expertas que yo, quien soy torpe y poco capaz…?”
La madre de la embarazada, respondía que se había elegido la mejor de todas la parteras del mundo y con ello se iniciaba la atención del parto.
Primeramente, la parturienta era introducida a un baño de temaxcalli. Ahí, la partera palpaba el abultado vientre para poner en posición correcta el “producto” y afuera del baño continuaba con ese tratamiento.
En el tiempo de espera, la partera daba una serie de consejos a la parturienta:
No comer tzictli (chicle, goma masticable de color negro) porque el bebé podría nacer con las encías endurecidas y no se le facilitaría mamar leche del pecho; que no mirase lo colorado; que no ayunase y que no comiese tierra o tizal (yeso). Asimismo, se aconsejaba abstinencia sexual, porque el semen del varón –aseguraban- se vuelve viscoso y pegajoso y el ser ya formado no puede salir y morirá adentro de la madre y ella también.
Otras recomendaciones eran: que la parturienta que no tuviese tristezas, que no trabajara mucho, pero que tampoco presumiera de poco diligente, ni que levantara cosas pesadas y finalmente, se sugería a los familiares que no le provocaran enojos y que le diesen lo que se le antojara, y sobre todo proporcionaran a la “mozuela preñadita” cariño y cuidados.
Llegado el día, la partera, en compañía de otras auxiliares alimentaba y bañaba a la joven. Luego, le daba de beber una infusión de la hierba cihuapactli molida “que tiene la virtud de empujar hacia fuera la criatura”.
De haber fuertes dolores, se le daba de beber” un brebaje con media cola del animal llamado “tlacuatzin” (tlacuache). Si la infusión no daba los resultados previstos, se suponía que la mujer habría de morir y se le exhortaba a que actuara como “mujer varonil”: fuerte y valiente.
Si después de un tiempo de baños y oraciones, la partera veía que el bebe no se movía, porque estaba muerto, con habilidad “metía la mano por el lugar de la gestación a la placenta, y con una navaja de piedra cortaba el cuerpo de la criatura y lo sacaba a pedazos”
Cuando el parto era exitoso, la partera daba los estridentes gritos de los guerreros en combate, lo cual significaba que la madre había vencido “varonilmente” y que después de “arduo combate” tenía “aprisionado” un niño, a quien decía emocionada: -“¡Sois muy bien llegado hijo mío muy amado…!”
Si era hembra gritaba: “¡Señora mía, muy amada seaís…!”
A ambos recién nacidos les refería las fatigas y responsabilidades de su vida futura. Finalmente cortaba con una navaja de pedernal el ombligo. El perteneciente a la mujercita, lo ponía a secar y lo enterraba en un rincón de la casa. En el caso del varoncito, le pronosticaba un glorioso futuro guerrero que dedicaría su vida en honor del Sol (fuente de vida) y su ombligo era enviado a que fuese sembrado en un campo de batalla.
Posteriormente, al bañar la criatura recién nacida, se invocaba a Chalchihuitlicue, diosa de las aguas y mares, “la del falderín turquesa” para que apartara de su cuerpecito la inmundicia y suciedad sexual recibida de sus padres, así como que limpiara su corazón de las malas costumbres. Eso, era un equivalente del Sacramento del Bautismo Cristiano.
Asimismo, la partera daba “el agua a gustar a la criatura y también le tocaba el pecho con ella y el cerebro de la cabeza a manera de cuando se pone el óleo y crisma a los niños…”
Un comentario adicional:
El uso de los brebajes del TLACUACHE para facilitar los partos en el Ocotepec del siglo pasado, fue herencia de la medicina prehispánica. Eso quedó demostrado con lo que Sahagún relata en su “Historia”.
Además, el médico empírico y profesor del Colegio de Santa Cruz de Tlaltelolco Martín de la Cruz, en 1552 (recién dominada la Gran Tenochtitlan), elaboró un manuscrito en náhuatl, el que luego de ser traducido al latín, se nominó: LIBELLUS DE MEDICIALIBUS IN DORUM HERBIS. Entre las múltiples recetas que contiene, una de ellas es un REMEDIO PARA LA PARTURIENTA. En el CAPÍTULO UNDÉCIMO, página 81, se lee:
“Cuando una mujer tiene dificultad para eliminar el feto, o simplemente, para facilitar el parto, beba un medicamento hecho de corteza de árbol `cuauhalahuac` y de la hierba `cihuapahtli` molidas en agua, con una piedra que se llama ‘eztetl` y la cola del animalillo que se llama `tlacuatzin`. En tanto ha de llevar la hierba `lanextia`. Quémese pelos y huesos de mono, un ala de águila, un poco de árbol `quetzalhuexotl`, cuero de venado, hiel de gallo, hiel de liebre y cebollas desecadas al sol. Se agrega a todo eso sal, un fruto llamado ´nochtli` y `octli...Coma carne de zorra y cuélguese del hombro una esmeralda muy verde al igual que una perla, también muy verde...
También puede beber un preparado en pulque, de caca molida de halcón y de pato y un poco de cola de `tlacuatzin`. El pulque ha de ser dulce...
Báñese la vulva con líquido preparado con tallos de `xaltomatl`, cola de `tlacuatzin` y hojas de `cihuapahtli`, molidas...
También muélase en agua la cola de `tlacuatzin` y la hierba `cihapahtli` y aplícalo con un clisterio en el vientre para lavarlo y purgarlo.

DEFINICIONES:
Cuauhalahuac.- Árbol resbaloso (cuauhtli-yauhtli). En Morelos árbol del género HELIOCARPUS, especialmente TEREBINTHINACEUS.
Cihuapahtli.- “Medicina de mujer” (cihuatl-pahtli), también llamado “zoopatli” que tiene los radios blancos..
Quetzalhuetxotl.- Sauce fino o muy verde (quetzalli-huexotl)
Nochtli.- Tuna, fruto del nopal
Octli.- Pulque.
Tlacuatzin.- Tlacuache (Tlacual), mamífero marsupial, referido en forma reverencial con el “tzin”
Xaltomatl.- Tomate de arena (xalli-tomatl)

MÁGICO DÍA EN LA ANTIGUA CUAUHNÁHUAC





Por Jesús Pérez Uruñuela


En el amanecer, al sonar de los caracoles, los sacerdotes avivaban el fuego de los pebeteros consagrados a las divinidades ubicados sobre los teocallis de la Huey Altepetl Cuauhnáhuac y de los poblados tributarios circunvecinos.
En tanto, en el interior de los cuartos redondos de adobe y jacales de varas, el hombre aproximaba leña al hogar y la mujer, apresurada, ventilaba con un abanico de palma las brazas ocultas entre las piedras y la ceniza del tlecuilli. Una vez triturado en el metatl el maíz nixtamalizado la noche anterior, ella palmoteaba pequeñas bolas de masa hasta hacerlas tlaxcalli (tortillas), las que dejaba caer con suavidad sobre el caliente comalli de barro…
Más tarde, la majestuosa luminosidad de “el águila que lanza saetas de fuego, el que hace sudar y oscurece los rostros de la gente” poco a poco llenó el firmamento y expandió su luz y calor sobre los barrios Tecpan, Panchimalco, Olac y Xala de Cuauhnáhuac. Alrededor de las pirámides, sacerdotes de tenebroso aspecto, con tilmas de colores negro y verde muy oscuros, daban órdenes a varias jóvenes mujeres y hombres para avanzar en los preparativos de las festividades a Xochiquetzal, diosa de la fertilidad. Los macehuales, ascendían a las pirámides cargando atados de leña y otros bultos. Iban curvados bajo el peso que soportaban sobre sus espaldas y que además sostenían con la correa de yute llamada “mecapal” que pasaban por su frente.
Las jovencitas encendían los sahumerios y los surtían de copal; además, embellecían el lugar con flores multicolores. Las adolescentes, cubrían su cuerpo con un cueitl: pieza de tela enrollada que caía de la cintura a la pantorrilla, sostenido por un ceñidor bordado; el busto, lo traían descubierto.
Desde la plataforma tlahuica del Tecpan, ataviado con pomposo policromático traje de papel amate, el gran tlatoani de Cuauhnáhuac, junto a los caciques de los otros tres barrios, presenciaba los preparativos religiosos.
Mientras tanto, en los poblados aledaños, continuaba la acostumbrada rutina diaria:
Desde temprana hora, en Tetela, Ahuacatitlan, Chamilpam, Ocotépetl y Ahuatépetl, en sus terrenos de cultivo, los habitantes perforaban el duro suelo con el palo-coa y en cada hoyo sembraban granos de maíz, fríjol y chìa, productos que al ser cosechados serían para autoconsumo y para almacenarlos en cuezcomates en las cantidades que debían entregar en carácter de tributos al Señor de Cuauhnáhuac y al Imperio Azteca.

Esas comunidades indígenas norteñas, por estar en el centro de los bosques de ocotes, madroños y encinos, producían leña para quemar, vigas labradas, planchas y pilares de madera y morillos, los cuales, tiempo después entregarían en calidad de tributos. Tulltenango, Amatiltlan, Analco y Chipitlan, también dedicados a la agricultura, por su proximidad con la ciudad de Cuauhnáhuac, así como por prestar al gran tlatoani servicios de vigilancia y control de los demás poblados, tenían asignadas obligaciones tributarias menos rígidas.
Ya avanzada la tarde, pobladores de Acapantzingo y Chapultépetl, con la preocupación de sus ineludibles compromisos tributarios, seguían desyerbando las milpas maiceras y desviando en los apantles el agua que provenía de los manantiales de la actual “Gualupita”, para regarlas.
En el momento en “el que alumbra” inició su viaje hacia el inframundo: “región de las tinieblas”, con danzas, cánticos y el rítmico sonar del atabal y del teponaxtle, concluyeron los festejos. Luego, sobrevino el silencio, y la noche de Cuauhnáhuac se transformó mágica. En el cielo, aparecieron las cuatrocientas estrellas del sur y los cuatrocientos luceros del norte así como el refulgente “Río Celestial” (Vía Láctea) y la constelación de la Osa Mayor con la forma de un ocelotl: representación felina del dios Tezcatlipoca nocturno. En el firmamento se mostró la Luna Mextli, con el conejo tochtli cargado en sus brazos. Displicente, ella dejaba caer sobre el valle y los cerros, mortecinos reflejos y así cubría todo con su plateado velo. Además, miles y miles de icpitl (luciérnagas) aparecieron para de esa forma aparentar que Cuauhnáhuac lucía ataviada con negro tilmatli tapizado de lentejuelas.

El enano Rey adivino de Uxmal.

Por Jesús Pérez Uruñuela

-¿Por qué hoy me vendes más caro el maíz? -preguntó con sorpresa y enojo el indio Miguel.-Todo ha subido... -respondió con indiferencia el viejo y gordo comerciante, quien permanecía encogido sobre el mostrador observando una revista.
-Pero es que la semana pasada también me cobraste de más y me dijiste que "ya no subiría" por el resto de la temporada...
El comerciante alzó sus abotagados ojos azul cenizo sobre los gruesos lentes que se sostenían sobre su arqueada nariz y con displicencia expuso:-Mira muchacho, eso te dije, pero hace dos días, al reabastecerme yo también tuve que pagar más por cada arroba de maíz (46 kilogramos)
-¡Eso es mentira, porque usted compra el maíz a "los temporaleros" y cada vez les paga menos por sus cosechas!
-¡Tu qué vas a saber de "mercadotecnia" y de lo que la "globalización" afecta los precios internacionales de los granos...! -replicó el mercader con manifiesta altivez e irritación.
Por lo incomprensible de tales tecnicismos, el indio Miguel nada supo que argumentar en contra y con el rostro desfigurado por la indignación y el desconcierto, pagó lo exigido y salió del tendajón con el bulto de maíz, el cual lo colocó en el lomo del burro y de inmediato se encaminó afuera del pueblo, rumbo a su casa.
Miguel era un joven de tez morena color de la tierra; bajo de estatura, pero de complexión robusta. A la usanza lugareña, vestía amplio camisón de manta por fuera del pantalón del mismo material: algodón. Llevaba guaraches y sombrero de paja. Después de caminar entre los magüeyales, se sentó bajo la sombra de un árbol a comer "pozol" y beber agua, mientras refunfuñaba por los múltiples abusos que tenían que soportar los de su "etnia" de parte de los blancos y mestizos:
-¿Hasta cuándo tendremos que aguantar el que nos vean la cara de pendejos? ¡Cuánto me "amuina" el que estemos tan jodidos por el hambre y la necesidad! ¡Estoy seguro que si siempre tuviéramos harto maíz, otra cosa sería... y así, mandaríamos al carajo a esa bola de buitres que nos devoran...!
Poco tiempo después, atiborrado de desagradables pensamientos, se quedó dormido.
Una suave brisa refrescó la calurosa mañana y el súbito descenso de la temperatura, despertó a Miguel, quien no sin sorpresa se irguió al ver frente a él a un extraño personaje que de pie lo observaba atentamente.
-No te asustes -dijo el recién llegado- soy Ch'ul Anjel, también conocido como Chaac o Tlaloc, el divino "Señor de la lluvia y el gran germinador del maíz". Vengo a apoyarte para que realices tus nobles deseos de ayudar a tu pueblo.
El extraordinario individuo, pese a su bajo talle, irradiaba una gran atracción por su inacostumbrada antigua indumentaria: un taparrabo estampado con vistosos colores y figuras geométricas cubría sus "partes nobles". La cabeza estaba coronada con un tocado con mazorcas con dorados y brillantes granos de maíz y exóticas multicromáticas flores. En una mano portaba una barra ceremonial adornada en sus extremos por dos fantásticas cabezas, la cual ponía de manifiesto su altísima dignidad religiosa.
Una vez recuperado de la sorpresa el indio Miguel comentó con ironía: -¿En qué puedes ayudarme? ¿Quién dice que eres dios? ¿Tú...? y empezó a reír con estridencia.
Ch'ul Anjel dijo: -¡Desaparezca del firmamento el padre solar Ch'ul totik y desciendan sobre la tierra los dardos incendiarios de Chauk! Y de inmediato una inmensa nube opacó los candentes rayos solares que inclemente caían sobre la desolada campiña y se precipitaron innumerables rayos y centellas.
Por el sorpresivo e inesperado acontecimiento, el indio Miguel, presa del pánico, se postró de rodillas frente a aquel ser que seguía con imperturbable actitud, al tiempo que le suplicaba: -¡Piedad, ten piedad de mi por ser descreído y torpe! ¡Y te suplico me ayudes para que la situación de mi pueblo cambie...!
A una leve señal de la ya reconocida deidad, el clima recuperó su estado anterior y se escuchó su voz como cristalina y melodiosa llovizna: -No está en mí el conocer el destino de los hombres ni el provocar que su devenir fluya por causes diferentes a los que las voluntades supremas han determinado. Para eso, sólo un ser en el mundo de lo fantástico tiene la facultad de adivinar el futuro del mundo y de los hombres. ¡Él es el Enano Rey de Uxmal, quien aclarará tus dudas!
-¿Uxmal? No se como llegar allá -expuso el indio Miguel. -Nada difícil es arribar a ese mágico lugar cuando la imaginación y la voluntad son suficientemente poderosas. Mira aquellos montículos que sobresalen en la planicie... si te diriges directo hacia allá, tras ellos, llegarás a Kabak. Ahí, deberás encontrar a la abuela del Rey de Uxmal. Ella te conducirá a su nieto, si le ofreces transportarla sobre tu espalda hacia donde te indique.
Y el indio Miguel partió rumbo al serrano lugar que le dio como referencia el dios Ch'ul Anjel (Chaac-Tlaloc), quien en ese momento, se elevó al cielo dejando tras de sí mantos de tenues y diminutas gotas, las que paulatinamente eran vaporizadas por el calor del medio día.
Atardecía cuando Miguel llegó a Kabak, ubicada en una boscosa zona montañosa. Tuvo a la vista edificios con enormes mascarones de piedra alusivos a Chaac, dios de la lluvia y un templo cuyas puertas tenían dinteles de madera de zapote artísticamente esculpida. Los inmuebles religiosos y ceremoniales lucían suntuosas y las chozas por su recién encalado, reflejaban con intensidad los rayos del Sol. Sin embargo, por la ausencia de habitantes, reinaba un sepulcral silencio.
Después de recorrer el deshabitado pueblo y en varias ocasiones reclamar con fuerte voz la asistencia de algún lugareño, de repente, junto a unos paneles de encaje de piedras con representaciones "serpentiformes" y motivos geométricos, apareció una anciana, quien con dificultad ocasionada por su desdentada boca, habló:
-¿Es a mí a quien buscas?
Al tiempo que se acercaba a ella el indio Miguel, le respondió: -Si eres la abuela del Rey Adivino de Uxmal, estaré feliz... y más lo seré si me conduces a él.
Era ella de baja estatura con rasgos negroides: vestía sucio hipil; permanecía descalza y apoyada en un bastón. Sus pequeños ojos, con escrutadora intención, miraban al recién llegado cuando le respondió con una pregunta: -¿Por qué la abuela del Rey de Uxmal habría de ayudar a un extraño como tú?
-¿Acaso ella rechazaría el ofrecimiento de un hombre fuerte de llevarla sobre la espalda a ver a su adorado nieto? -volvió el indio a contestar con otra interrogante y sin comentario la viejecita trepó al dorso del indígena y se asió a su cuello para que ambos se dirigieran a Uxmal por una sacbé (calzada empedrada de aproximadamente 4 y medio metros de ancho)
En el trayecto la vieja abuela narró a su cargador:
-Durante siglos tuve la custodia de un tunkul (címbalo) y de un soot (sonaja) los cuales poseían la propiedad de transformar en poderoso rey a quien los tocara y obtuviese alegres ritmos. Por la importancia de tal encargo y con el propósito de vigilarlos permanentemente, oculté esos instrumentos debajo del fogón. En una ocasión que salí de mi choza por agua, mi inquieto y curioso nieto, inspeccionó lo que yo guardaba con tanto celo y al descubrir lo que era, tomó los dos instrumentos musicales y ascendió a uno de los cerros en donde los tocó y sus resonancias llegaron a oídos del entonces rey de Uxmal. Esa persona, conocedora de la leyenda, preocupado y celoso, retó a mi nieto a competir en varias justas, quien en todas resultó vencedor, por lo que fue proclamado nuevo rey. Como primer ordenamiento real, mi nieto mandó construir el Palacio del Gobernador, para ahí impartir justicia y luego, erigió como su lugar de residencia, una enorme pirámide llamada del Adivino. Ambas construcciones las veremos cuando lleguemos a Uxmal.
Habían avanzado un buen tramo de aquella avenida cuando escucharon los sonidos de las percusiones de un címbalo y de una sonaja.
-Es mi nieto el Rey quien produce esos sones -comentó con orgullo la abuela.
-Si los escuchamos, significa que estamos por llegar -afirmó Miguel con la respiración sofocada por la fatiga de trasladar a la pequeña pero pesada anciana.
Un instante después, en el costado izquierdo del camino, el cansado indio y la vetusta señora que cargaba vieron el Palacio del Gobernador: singular construcción que lucía majestuosa y armónica. Una alargada plataforma servía de base a tres edificios separados por dos pasajes abovedados, los que en su fachada principal se observaban varias puertas. De las tres construcciones, la de en medio era la de mayor dimensión y como las otras tenía en la parte superior mascarones adornados con figuras zoomorfas y con otros elementos, así como con celosías, grecas y cubos de piedra. Desde la distancia en que la abuela y el indio iban, se apreciaba a lo largo del friso, el efecto óptico de una serpiente en ondulatorio movimiento.
Atrás del impresionante Palacio del Gobernador, sobre las colinas sobresalía una hilera de elevadas cresterías, rematadas en forma de peine, triangulares, con multitud de pequeñas casillas de forma rectangular, como si estuviesen dispuestas para fungir como "casa de las palomas".
-¡Allá está la Pirámide del Adivino de mi nieto! -dijo emocionada la anciana, en tanto señalaba una construcción revestida de toscas piedras, de aproximadamente 35 metros de altura, semejante a un cono invertido con esquinas redondeadas, asentada en una base elíptica. Dos escalinatas con una pendiente pronunciada daban acceso a la parte superior. Arriba, una persona que salía del templo, observaba a los recién llegados.
La anciana bajó de la espalda del indio y le indicó: -Sube a donde está el Rey de Uxmal. Yo, estaré aquí en espera de ustedes cuando desciendan.
Al trepar por los 54 escalones de la empinada escalinata, Miguel pudo ver a lo lejos el juego de pelota y la pirámide del cementerio, así como un agrupamiento de construcciones ricamente adornadas con frisos, figuras de aves, serpientes y representaciones del dios de la lluvia Chaac, las que circundaban un gran patio central en forma de cuadrilátero (de las Monjas), al cual se entraba por una escalinata y un pasillo abovedado.
-Bienvenido sea a mi casa, quien desde Kabak trajo a cuestas a mi respetable abuela -escuchó Miguel, mientras contemplaba desde lo alto de la pirámide el esplendoroso conjunto de obras arquitectónicas estilo Puuc de Uxmal.
Quien lo recibía, era un enano de cortos y regordetes brazos y piernas. Estaba embadurnado de negro y rojo, ataviado con una braga (ex) cuyos extremos que colgaban por el frente y por atrás se veían ricamente bordados con figuras geométricas y antropomorfas. Anudado a uno de los hombros de aquel grotesco hombre caía sobre su pecho y espalda una especie de tilma (pati) de piel de leopardo y calzaba sandalias de cuero seco de venado sin curtir, con taloneras que rebasaban el tobillo en donde se ataban con cuerdas de henequén. De gran vistosidad era el tocado que llevaba: una armazón de mimbre cubierta con piel de jaguar, con un penacho de plumas y varios tipos de piedras preciosas en él incrustadas, coronaban su prognato rostro y desproporcionada cabeza respecto al tamaño del cuerpo.
-Soy el Rey de Uxmal -dijo con arrogancia el diminuto ser.
-Por los prodigios que se dicen de tu virtud de penetrar el pasado y vislumbrar el futuro, he venido a verte... -Expuso el indio, pero el enano lo interrumpió; parecía que tenía prisa por atender y despachar a su visitante.
-Previamente fui enterado de tu visita por el dios Ch'ul Anjel... ¿Qué puedo hacer por ti?
-Tu sabes los profundos padecimientos de mi pueblo; estás enterado de los abusos que recibe de los mestizos y blancos, los cuales durante siglos lo han hecho padecer hambre e injusticia... -Sí, sí...! -volvió el enano a interrumpir la explicación del indio y con manifiesto apremio aclaró: -Se por qué has venido a mí y daré respuesta a tus preguntas, pero antes escúchame:
-Debes saber y hacerlo del conocimiento de los tuyos, que por la voluntad de Hunab-ku, el Supremo e invisible, en el pasado bajaron del cielo para los pueblos mayas, hermosos abanicos y enramadas de hojas y ramilletes perfumados; pero a partir de que la guerra y la destrucción fueron el deleite de los habitantes de Mayapán y de Chiché Itzá y sus aliados, desde las alturas sonó el tambor atabal de la desolación y pronto cayó la desgracia sobre los sordos y estúpidos que no estuvieron atentos al divino mensaje. A partir de entonces, cundió la tristeza y la congoja, debido a que los hijos de mujer e hijos de hombre fueron aniquilados y a que sobrevinieron los tiempos de los grandes amontonadores de calaveras, porque las orgullosas albarradas que protegían las ciudades fueron derribadas y la destrucción y muerte se introdujeron a ellas... Pero, ¡oh indolentes y necios seres humanos, ignoraron la gran advertencia! Luego, los sobrevivientes tuvieron que huir y la floresta recuperó los espacios que el hombre le había quitado. . .
El Rey calló por un momento, luego su voz se escuchó con gran estruendo:
-¡Años después, provenientes de oriente, llegaron a las playas de nuestros mares el terrible Ayin (cocodrilo), el maligno Xooc (tiburón) y otros aterradores demonios. Caminaron tierra adentro con las fauces abiertas para devorar a cuanto ser vivo se cruzase en su camino. Entonces, no sólo los habitantes de las montañas y de los bosques mayas lloraron, sino también los que poblaban el mundo entero, pues el Buho-tecolote y los perros siniestros asentaron sus linajes en nuestros templos y palacios y en nuestros pozos y grutas para impedir que los aborígenes bebieran la fresca y cristalina agua y así se generalizara la muerte de venados, de tigres y de águilas y cundieran las gusaneras y moscas.
-Eso fue en el pasado -interrumpió Miguel con voz temblorosa- ¿Y qué vendrá luego? ¿A partir de ahora, qué nos espera a los pueblos indígenas?
-El futuro, de ustedes dependerá -contestó con sequedad el Rey de Uxmal; luego, agregó solemne:
-Los descendientes de aquellos que llegaron de ultramar a posesionarse de la nobleza, de la integridad y de las riquezas de los habitantes de estas tierras, aún hoy conservan en sus corazones la misma insaciable ambición de sus antepasados y están al acecho para usurparles a ustedes lo poco o mucho que aún permanece en propiedad suya. Ese tiempo está por llegar y sucederá cuando la soberbia y el odio domine el corazón de la nación... pero ¡cuidado! porque a la sazón, las pugnas e intereses partidarios se acrecentarán y harán que todo arda en la tierra y en el cielo y de nada valdrá implorar... porque, decaídos estarán los campos de cultivo y se verá que los gobernantes y poderosos son nada para impedirlo.
-¿Y podremos evitarlo? -Volvió a preguntar Miguel.
-Sólo ustedes serán capaces, bien lo sabes -respondió el monarca enano. Sin embargo -agregó- tienes la opción de solicitarme un deseo; ¡pero únicamente uno...! el cual deberás considerar como la base para que los problemas de tu gente comiencen a encausarse a una solución definitiva... Pero debes tener la seguridad que tu petición sea la correcta y que habrá de proporcionar felicidad, porque si tu petición provocase nuevas desdichas, el destino que le han asignado a tus pueblos los dioses se realizará con mayor rapidez.
-¿Un deseo...? -dijo emocionado el indio Miguel y sin mucho meditarlo profirió:.
-¡Claro, ya se cuál: pido que las milpas de los pueblos indígenas, por siempre, den hartas mazorcas y demás frutos!
-¡Si eso es lo que deseas, así se hará! -concretó el Rey de Uxmal y acompañado de Miguel descendió de la pirámide hasta el primer escalón en donde estaba sentada la vieja abuela, quien al verlos llegar se levantó.
Nada más comentaron y el indio Miguel empezó a retirarse. Unos cuantos pasos había dado cuando atrás de él escuchó la voz de la abuela:
-¡Que los dioses te protejan y que tu deseo lleve ventura a los tuyos. . .!
Miguel volteó la cabeza hacia la Pirámide del Adivino y para sorpresa suya… ¡el Rey enano y su abuela habían desaparecido...!
Por la noche, Miguel caminó en la oscuridad, aparentemente sin rumbo preciso; pero antes del amanecer llegó al camino que lo conducía a su casa en cuyo trayecto fue enterado de la sorprendente nueva: ¡Hoy amanecieron las milpas de maíz con hartos elotes, jitomates, chiles...!
OOO
La nueva situación de abundancia alimenticia, generó la desbordante alegría entre la población indígena; no fue lo mismo para los comerciantes de víveres, quienes veían con asombro el prodigio sucedido en los anteriormente improductivos e infértiles campos de cultivo indígenas.
-No entiendo que fue lo que pasó aquí -comentó el gordo mercader del tendajón del pueblo al estar frente a una milpa, la que antes era un verdadero páramo, pero que entonces se veía rebosante de verduras y hortalizas. Quienes lo acompañaban agregaban con insistencia:
-Esto debe ser producto de algún acto diabólico; bien sabemos que a los indios les da por la hechicería y la magia negra. Deberíamos traer al Señor Cura para que haga un exorcismo...
Y así fue, durante varios días el Párroco local, anduvo dedicado al rocío de los maizales con agua bendita, pero nada sucedió, porque después que los indígenas recolectaban los elotes y demás productos, al día siguiente volvían a brotar en las plantas
Varios meses habían transcurrido y los habitantes indígenas no acudían a los establecimientos comerciales a adquirir víveres y los preocupados propietarios de los mismos decidieron reunirse con el representante de la Secretaría de Agricultura del gobierno, así como con el presidente de la Cámara de Comercio regional, para determinar qué hacer ante la crisis provocada por la "extraña alta productividad" de las milpas y la consecuente ausencia de compradores en sus negocios.
El gordo comerciante expuso a grandes rasgos la situación:
-¡Esto que padecemos nos llevará a la ruina! Imagínense ustedes, si lo que ha sucedido con los alimentos, también pasase con el vestido, con los refrescos, con los cigarros, con los vinos y otros artículos de primera necesidad, ¿de qué viviríamos nosotros, las fuerzas productivas del país? ¿Y el gobierno, de dónde obtendría los impuestos que les pagamos sin protestar y sin evasiones?
De parte de la Secretaría de Agricultura, un connotado economista (considerado un "todólogo") expuso una interpretación agrícola-económica y socio-política sobre el motivo de la reunión:
-He recorrido las milpas de la región -dijo- y me parece que estamos ante un evento ocasionado por causas exógenas, fuera de nuestro control. Aquí, los productos agrícolas tienen un proceso autogenerativo de por sí sorprendente, el cual, solamente ha contribuido a que el modus vivendus de nuestros pobladores indígenas sea placentero, aunque en nada ha propiciado el despegue o cambio en las condiciones de vida de esos grupos que la injusticia social ha mantenido en la más absurda marginación. En otras palabras, el que nuestros indígenas tengan asegurado el sustento diario, en nada les ha propiciado su desarrollo social como individuos o grupos comunitarios. Pero si en cambio, los ha sumido en un más profundo adormecimiento, inclusive apatía.
Los asistentes escuchaban atónitos al experto tecnócrata en cuestiones "todológicas", quien continuó su docto planteamiento: -Con seguridad ustedes no se han percatado de la cantidad de maíz, de jitomates y otras legumbres y verduras que permanecen tiradas en el suelo de las milpas en estado de descomposición y eso se debe a que a sus dueños solamente les interesa apropiarse de lo que requiere su alimentación diaria y de ninguna manera aprovechar con sentido comercial el gran potencial productivo, por lo que dejan que se pudra...
Y finalmente agregó: -Señores, ustedes han calificado de maldición lo que aquí ha pasado... pero ¡No! ¡Están equivocados, porque esto es una bendición para nosotros, la cual debemos aprovechar!
¡Entiendo! -dijo el presidente de la Cámara de Comercio -¡Cada día, después que ellos tomen lo que han de comerse, a cambio de minucias nosotros retiraremos el resto de los productos agrícolas (que es la mayor cantidad) para llevarlos a "precios convenientes" a las ciudades en donde sigue el hambre y la escasez como características típicas de sus habitantes. Y entonces: ¡Negocio en grande!
¡Claro! ¡Bravo! Excelente! -expresaron los asistentes, en tanto que el brillante economista "todólogo" fumaba un enorme habanero.
El indio Miguel, se percató de la maniobra de los comerciantes y con celeridad acudió a advertir de lo que sucedía a los indígenas de las milpas, de quienes tuvo como respuesta los siguientes comentarios:
-¿Qué caso tiene que trabajemos para cuidar nuestras tierras de cultivo, si ellas por sí solas dan sus frutos? ¿Para qué meternos en eso de "la comercialización" si, sin hacerlo tenemos suficiente para comer? Con lo que me pagan por cortar y llevarse el maíz que no me como, tengo suficiente para comprar tabaco y mezcal, ¿qué más puedo pedirle a la vida?
Miguel estaba consciente que la actitud de sus "paisanos", habría de llevarlos a hundirse en una peor situación que la que vivían en la antigüedad, por lo que, en un arranque de desesperación, en febril carrera, atravesó llanos, magüeyales y lomeríos, en unas ocasiones iluminados con la luz del día y en otras oscurecidos por las tinieblas de la noche, porque el Sol y la Luna se alternaban en el firmamento. Finalmente llegó a Kabak, entonces en notable estado de destrucción. Después de infructuosamente buscar a la abuela, recorrió el sacbé rumbo a Uxmal y al aproximarse a la Pirámide del Adivino, se percató que el entorno de magnificencia y esplendor de aquella ciudad se había esfumado, porque los monumentos y edificios estaban en ruinoso estado y muchos de ellos se veían cubiertos por la tierra, las yerbas, los arbustos y el tiempo.
Al llegar a aquel lugar, en múltiples ocasiones invocó la presencia del Rey enano adivino sin obtener resultado alguno. Abatido se sentó en el primer escalón de la pirámide y sintió que copiosas lágrimas corrían por sus mejillas:
-¡Perdón, perdóneme...! decía con doliente voz.
En forma inesperada apareció Ch'ul Anjel: Señor de la lluvia y de la germinación, quien con suave pero enérgica voz lo interpeló: -A quienes evocas, jamás volverás a ver -Y le explicó: -debes tener el convencimiento que en el deseo de ayudar a tu etnia, has provocado un enorme desequilibrio en el cielo y en la Tierra. Al pedir que existiera espontánea abundancia de productos agrícolas, negaste mi influencia en el proceso vital del planeta. También los dioses del Sol y del Viento están molestos contigo, porque han dejado de ser importantes para la agricultura. Por otro lado, fomentaste en los de tu raza la irresponsabilidad y la indolencia, contrarias a lo que ellos requieren.
Por último, la pluvial deidad manifestó: -Deberás entender que sólo con el aprovechamiento del suelo, del agua, de los cambios climáticos y del Sol, junto con el trabajo conjunto y organizado de la comunidad, realizado con un espíritu solidario inquebrantable, podrán obtener el constante sustento. Regresa nuevamente con los tuyos y refiéreles la negra historia que tuvieron que padecer sus antepasados (los nobles indígenas de este país) que los condujo a la indigna situación actual. Ve a ellos y también recuérdales que nacieron de la tierra, por lo que sus milpas son patrimonio sagrado, herencia divina. Que las protejan, que las cuiden y cultiven con amor, porque de ahí conseguirán nuevos granos de maíz con más brillo y valor que el oro, lo cual permitirá aspirar a forjar su propio destino y encontrar el camino de la superación como seres humanos y como pueblo. Eso, no habrá de ser fácil, porque muchas pero muchas personas tratarán de evitarlo.
Nada más dijo el dios de la lluvia.
Miguel observó que Ch'ul Anjel flotaba y que luego ascendió para dar varios giros sobre la pirámide y en su subida, sintió que él también era elevado con furiosa violencia. Al ver que era transportado a través de los elevados y álbeos cirros del cielo, el indio cerró con fuerza sus ojos y luego perdió el conocimiento.
Al despertar, se vio bajo la sombra del mismo árbol, en cuyo tronco seguía atado el burro que llevaba el bulto de maíz que había comprado en el tendajón del pueblo.
¿Acaso había soñado al dios Ch'ul Anjel, al Rey adivino de Uxmal y a su abuela y también fue una ilusión onírica la forma increíble en que las milpas del pueblo producían alimentos? Lo cierto era que él nada podía asegurar.
Al desatar el burro, se percató que una extraña luz salía de entre el tejido del yute del costal que había colocado en el lomo del animal. La curiosidad lo hizo abrirlo y con admiración contempló que los maíces de su interior emitían una brillante luz dorada. Eran como los áureos granos de las mazorcas que llevaba Ch'ul Anjel en la cabeza.
Entonces Miguel entendió plenamente el mensaje de aquella deidad amiga: el maíz brillaba como si fuera de oro, representando el valor que solamente da el trabajo a las cosas y con ese menaje para sus compañeros indígenas presuroso prosiguió el retorno a su casa.

La ceremonia azteca del fuego nuevo

¿Por qué el mexicano vive con la zozobra que el futuro lo amenaza con el fin del mundo?
Por Jesús Pérez Uruñuela

EN EL AÑO CE-ACATL, uno-caña, penúltimo de la vida del emperador Moctezuma Ilhuicamina, las siete estrellas de la constelación de las Pléyades (Tianquiztli), también llamadas cabrillas, llegaron al centro del firmamento. En el preciso instante en que aquel conjunto de luceros pasaron el meridiano, el Sumo Sacerdote azteca llamado Cozcatl, hizo girar con insistencia en forma de molinillo el palo barrenador sobre el tronco de madera (mamahuazti) hasta obtener fuego, con el cual encendió las ramas y la madera del gran bracero de piedra del altar que estaba en lo alto de la pirámide.
Luego, el mismo sacerdote Cozcatl pasó lumbre al copal de un incensario (tlemaitl) y lo levantó. Salieron gruesas volutas de humo, las que ofreció a los cuatro rumbos, al tiempo que con potente voz imploraba:
-“¡Oh poderosos dioses de los cuatro rumbos del mundo, permitid que a partir de este momento exista armonía en el Universo, para que en los cincuenta y dos años (xiuhli) venideros haya vida y prosperidad para nuestro pueblo. . .!
-“¡Quetzalcóatl, Ce-Acatl (Uno Caña), Señor del Oriente, del país del color rojo con que se tiñe el firmamento cuando cada amanecer llega la primera luz a la Tierra, consentid que así sea cada día para que nuestros campos tengan verdor y fertilidad. . .!
-“¡Mictlantecuhtli, gran dios Uno Pedernal (Ce-Tecpatl), Señor del Norte, fría región negra de los muertos, te veneramos por reinar el lugar a donde nuestras almas irán a librarse de la inmundicia material de su cuerpo y a descansar descarnados en la eternidad. . .!
-“¡Mixcóatl, “Serpiente de Nubes”, dios Ce-Calli (Uno Casa), el de la blanca residencia del rumbo poniente, os suplicamos haced placentera y reconfortante la estadía de nuestro Sol Tonatiuh, cuando al atardecer llegue a vuestros dominios a descansar, acompañado desde el cenit, de los espíritus de las valerosas mujeres que perecieron durante el alumbramiento. . .!
-“¡Macuilxóchitl, “Cinco Flor”, deidad de la música y dios del azul rumbo Ce-Tochtli (Uno-Conejo), contagiadnos de vuestra alegre esencia, para que el pueblo azteca tenga felicidad hasta que volvamos a encender el nuevo fuego sagrado y prosigamos con un glorioso y firme futuro y no con la imprecisión e incertidumbre con que el conejo Tochtli brinca sin que se sepa hacia dónde se dirige...”
Cozcatl bajó el incensario y lo colocó sobre el altar. Luego, se sentó en cuclillas.
Con ese ritual se aseguraba la existencia de la constelación de Las Pléyades y que continuara la vida en el reino de Anáhuac.
Tras el gran bracero encendido, había representaciones en piedra de las deidades más importantes del panteón azteca..
El Sumo Sacerdote, antiguo maestro del Calmécatl, era un hombre de firme templanza y profunda vocación religiosa. En la trascendental ceremonia, vestía taparrabo (maxtlatl) que se prolongaba sobre las caderas y hasta los muslos como una especie de delantal triangular, manto (tilmatli) de color verde muy oscuro, bordado con grecas y calzaba sandalias (cactli) con suelas de cuero de venado. Su morena piel la había cubierto con pintura negra, amarilla y roja, lo cual le concedía un aspecto terrible.
Los sacerdotes auxiliares, tenían el cuerpo pintado de diversos colores: la cara de algunos de ellos era mitad roja y mitad negra; otros, combinaban esos colores con el amarillo y el gris. Todos llevaban los lóbulos de las orejas perforados con trozos de hueso como ornato. Manifestaban huellas de punciones con espinas de maguey en las extremidades, muestra del auto-sacrificio realizado previamente.
Todos habían sido alumnos (momachtique) del Calmécatl, en donde, además de aprender los conocimientos y las tradiciones antiguas (machiliztli), sirvieron en el Templo, ayudaron en los trabajos del campo y participaron en la guerra como escuderos de los caballeros tigres y de los caballeros águilas.
En aquel Instituto se exigía castidad y abstinencia alcohólica a los internos.
Una vez que concluía la educación de los jóvenes novicios, los más sobresalientes eran asignados como ayudantes (cuacuilli), en las grandes ceremonias y en los sacrificios humanos. A partir de entonces, pasarían a pertenecer a la privilegiada elite integrada por funcionarios civiles, clérigos y militares y todo su tiempo deberían dedicarlo a las actividades religiosas: su vida personal no importaba, el servicio de los dioses era prioritario de día y de noche. La mínima violación a sus obligaciones clericales, los harían merecedor de los peores castigos.
Bajo la oscura bóveda celeste copada de miles de centelleantes estrellas, se desarrolló la ceremonia del fuego nuevo en lo alto de la pirámide, durante la cual, los nobles, caciques y plebeyos del pueblo se mantuvieron atentos y absortos
Toda la noche, los adoradores de Macuilxóchitl-Xochipili dios de la música, tocaron los tambores de madera huehuetl y teponaztli. Otros, al ritmo de cascabeles y sonajas elaboradas con calabazas secas rellenas de semillas (ajacaxtli), entonaron versos a Huehuecóyotl, "Reverendo Coyote" dios del canto.
En el valle repercutieron los cánticos, al ritmo de las repetitivas y monótonas melodías de los instrumentos de viento y de percusión.
Más tarde, el Sumo Sacerdote Cozcatl ordenó a uno de sus auxiliares, hiciera sonar varias veces el caracol marino para comunicar que el ritual del fuego nuevo había concluido y que se había honrado debidamente a los dioses. Después de lo cual, los sacerdotes asistentes pudieron romper el ayuno a que los obligaba el rígido ceremonial y procedieron a comer tamales de camarones de agua dulce (ocociles), así como ranas (axolotl), renacuajos (atepocatl), gusanos blancos (ocuiliztac) y pequeños mamíferos que ellos habían capturado en los diez días anteriores.
Y de inmediato, corredores especiales -también auxiliares del Sumo Sacerdote- bajaron de la gran pirámide con antorchas para encender los pebeteros de los templos mayores de Tenochtitlan y de Tlaltelolco, así como de los templos menores de los poblados y aldeas cercanas.
Al paso de las antorchas, la gente tomaba lumbre de las teas y precipitadamente entraban en sus casas para reavivar el hogar. Otros, salían de sus escondites con los rostros cubiertos con máscaras de pencas de maguey: eran temerosas mujeres embarazadas, ancianos y pequeños niños, custodiados por hombres armados con macanas (macuáhuitl) y escudos (chimalli) para defenderse, en el supuesto caso que los espíritus malignos cihuateteo-tzizimime los atacasen, si por cualquier circunstancia el sagrado brasero de la pirámide no se hubiese encendido.
Un año antes de la ceremonia que daría inicio a un nuevo ciclo de cincuenta y dos años, los habitantes del valle, almacenaron víveres para sobrevivir los días aciagos que pudieran venir si el Sol no saliese al concluir el referido período, porque no se hubiese renovado el fuego. Previo al gran rito nocturno, en todos los jacales y casas se apagó el fogón y en una terrible zozobra esperaron.
Con el fuego nuevo, la zona lacustre se llenó de luces y el grueso de los habitantes de la ciudad y de pueblos cercanos, con eufóricas exclamaciones y alegres cánticos, salieron de sus casas para reunirse en una explanada sin importar categoría o rasgos distintivos de cada persona. Posteriormente, alrededor de los músicos se formó un gran círculo integrado por los nobles. Atrás de ellos, en la misma forma, se colocó el resto de la población.
Durante la noche, los asistentes a la festiva reunión, cantaron y giraron en alocado vaivén durante largo tiempo:

¡Entonemos cantos embriagantes
con flores de anhelos,
con banderas de plumas de quetzal,
junto a los tambores,
al teponaztle y al atabal.!
Dancemos y que el baile sea
en lo efímero de nuestra existencia:
¡muerte al hastío!
¡Daos gusto,
pues la carne se marchita. . .!
¿Acaso iremos al lugar del eterno frío;
o adonde está
quien vive en la omnipotencia
y hace que todo exista...?

Al concluir la solemne ceremonia los sacerdotes auxiliares bajaron de la pirámide. El Sumo Sacerdote no descendió. Seguía hincado, absorto en la importancia que tuvo el haber realizado el rito que esa noche “supuestamente” había concluido... porque debía permanecer arriba de la pirámide hasta que el nuevo Sol saliese...
El valle estaba en silencio suavemente aromatizado por el olor de ocote (ocotl) y copal (copalli) quemados.
En el silencio nocturno, el chisporroteo del bracero del altar sobre la pirámide, lanzaba destellos de luz que iluminaban las copas de los cercanos árboles que se mecían con la suave brisa.
En esa penumbra, aparecieron las enigmáticas y demoníacas cihuateteo-tzizimime, las que en sus atropellado vuelos alrededor de lo alto de la pirámide esquivaban el fuego nuevo.
Esos demoníacos seres, por sus descarnadas bocas mostraban sus afilados dientes y lenguas cubiertas de sangre. Un blanco faldón adornado con motivos rojos cubría las osamentas de los cuerpos. De entre sus huesudas piernas salía la cabeza y los cróalos de una serpiente que amenazante movía la bífida lengüeta...
Aquellos terribles seres de la noche, que prestos estuvieron para cumplir su función de exterminio de los humanos, en el caso de que no se hubiera prendido la nueva flama, en lugar de manos y pies, tenían potentes garras de águila, con las cuales apresaban y desgarraban a sus víctimas, de las que llevaban como trofeo colgado al cuello, un collar de aún sangrantes corazones. Sus cabezas estaban adornadas con una diadema formada con los mismos elementos del collar, rematada con una serie de pequeñas banderas de papel metl.
Con agilidad, Cozcatl, el celoso sacerdote se puso de pie y tomó el incensario aún encendido. Al tiempo que lo alzó en dirección de aquellas horrorosas apariciones, les profirió agresivas palabras:
-¡Idos, idos al mundo de las tinieblas, donde pertenecéis...! ¡Yo os conjuro que abandonéis el mundo de los vivos!
Una de las tzizimimes con chillona voz amenazó:
-¡Nos iremos, pero sabed que dentro de cincuenta y dos años (¡1519...!), después de la futura noche del fuego nuevo, nada impedirá que participemos en los patéticos acontecimientos que habrá de padecer vuestro amado pueblo azteca...!
Y los monstruosos fantasmas desaparecieron del cielo de Anáhuac.

domingo, 28 de septiembre de 2008

El pozole.Platillo muy gustado en México

Cuento por Jesús Pérez Uruñuela
Debajo de la Gran Pirámide del Templo Mayor, había una numerosa cantidad de cadáveres con el pecho abierto, a los cuales varios sacerdotes llamados quaquaquilli, hábilmente les desprendían la piel. Otros, cubrían sus cuerpos con los aún sangrantes cueros de los despellejados y en loca carrera se dirigían al templo del dios Xipe "Nuestro Señor el desollado Tezcatlipoca rojo" que estaba en el extremo izquierdo de la Gran Plaza: el “Recinto de los Dioses de la Gran Tenochtitlan", la cual, era considerada el centro de los cuatro rumbos del Universo, sitio apropiado para la celebración de aquel macabro festejó de muerte.
Por el lado derecho de la ensangrentada escalinata de la monumental pirámide edificada para la adoración de Hitzilopochtli (dios de la guerra) subía, con sereno rostro e inexpresiva mirada (efecto de la ingestión de la planta psicotrópica mixitl tápatl ) la princesa tlahuica Citlaxóchitl, bella joven de negra y brillante cabellera que le cubría la espalda hasta abajo de la cadera, con el cuerpo desnudo y pintado de amarillo. En lo alto, la aguardaban dos sacerdotes cubiertos de tizne y sangre y el pelo encrespado por la mezcla de inmundicia y sudor. Uno de ellos portaba un cuchillo de obsidiana, el otro, sostenía una vasija de piedra tallada (cuauhxicalli).
La muchacha llegó a la cumbre y sin oponer resistencia, de inmediato fue colocada boca arriba sobre la circular piedra del sacrificadero. El sacerdote verdugo, con rapidez, destreza y crueldad, introdujo el puñal entre las costillas izquierdas, debajo del seno. Sólo se escuchó un fuerte gemido, nada después. Mientras de la herida brotaba abundante sangre, por ahí, el sacerdote victimario metió con furia la mano y extrajo aún latiendo el corazón. Lo mostró a las alturas y finalmente lo puso en la vasija de piedra tallada (cuauhxicalli) que cargaba uno de sus ayudantes. Este, llevó el corazón a donde estaba la "Piedra de Tizoc" y lo colocó en el hueco encendido del centro de ella.
Arriba, uno de los sacerdotes auxiliares, tomó con fuerza la cabellera de la recién sacrificada y de un jalón la tiró al piso. De la misma forma, sin consideración alguna, la arrastró cuesta abajo por las escaleras, en tanto que el enamorado Cuetlachtli despojado de sus atuendos militares, desnudo, escalaba para cumplir con su fatal destino,
Al llegar el sacerdote con el cuerpo de Citlaxóchitl al basamento inferior, lo arrojó a donde los viejos quaquaquilli esperaban con ansiedad para desollarlo y les ordenó:
-¡Quitadle la piel y guardadla para mí, que yo también habré de cubrirme con ella al ir a adorar al dios Xipe! ¡Al descuartizarla, separad con sumo cuidado un muslo para la cocina de nuestro tlatoani Moctezuma, quien hoy desea saborear el exquisito tlacataotli (*)! ¡Del resto del cuerpo, tomad lo que os plazca; las sobras, como los demás restos humanos, llevadlas al zoológico real para las fieras y aves de rapiña!
(*) Tlacataotli.- Guisado azteca elaborado con maíz cocido-reventado y carne de los sacrificados en honor del dios Huitzilopóchtli. Hoy, en el estado de Morelos y en el resto de México, se elabora con la antigua receta; sin embargo, para conservar el mismo sabor, la carne humana ha sido sustituida con la de puerco y a ese platillo se le conoce con el nombre de POZOLE.