viernes, 7 de noviembre de 2008

Palabras de Gibrán Jalil Gibrán


Selección de textos de Jesús Pérez Uruñuela


Una vez cada cien años, Jesús de Nazaret se encuentra con Jesús, el de los cristianos en un jardín entre las colinas de Líbano. Y conversan largamente y cada vez, Jesús de Nazaret se despide de Jesús el de los cristianos diciendo: “Amigo mío temo que nunca llegaremos a un entendimiento”.
O – O – O –
JESÚS CRUCIFICADO.
HOY, en un día como éste, cada año, despierta la humanidad de su profundo letargo para detenerse un instante ante la sombra de los siglos, y mirar con ojos anegados en lágrimas, a Jesús de Nazaret suspendido de la cruz… Y, apenas huye el sol arrastrando todos los rumores del día, vuelve esta misma humanidad a postergarse con devoción, ante los ídolos levantados en lo alto de cada colina y en la cumbre de todas las montañas.
Hoy, el recuerdo guía al alma de los cristianos esparcidos en los diversos rincones de la tierra, hacia las inmediaciones de Jerusalén, donde se detienen en largas filas, golpeándose el pecho, y con mirada fija en un espectro coronado de espinas, que abre los brazos al infinito, mirando con clarividencia, a través de los velos de la muerte, las profundidades de la vida… Mas apenas cubre el manto de la noche los escenarios de este día, los cristianos se tumban una vez más en montonera, a la sombra del olvido y en el lecho de crasa y desconsoladora ignorancia.
Hoy, en un día como éste, cada año, abandona el filósofo su gruta sombría, el pensador su fría celda y el poeta su mundo imaginario, y, respetuosos y callados, se detienen en una elevada montaña, donde escuchan atentamente a un joven que dice a sus asesinos: “Perdónalos, Padre mío, porque no saben lo que hacen”… Pero, apenas el silencio nocturnal absorbe el polvo dorado de la claridad, vuelven nuevamente el filósofo, el pensador y el poeta, a amortajar su espíritu en las páginas amarillentas y carcomidas de los libros.
Jesús no descendió del Círculo de la Luz suprema para demoler casas y construir con sus piedras, iglesias y conventos, ni para sugestionar a los hombres fuertes y convertirlos en frailes y monjes; sino para dar al mundo un espíritu nuevo y vigoroso, capaz de derrumbar tronos sostenidos por los cráneos, de demoler los palacios edificados sobre las tumbas, y de pulverizar los ídolos levantados sobre los cuerpos escuálidos de los pobres y de los débiles.
Jesús no vino a enseñar a los hombres a construir iglesias y templos imponentes junto a las humildes cabañas; sino a convertir, del hombre, el corazón en templo, el alma en altar y la mente en sacerdote.
- - O – O – O –
EL RELÁMPAGO.
UN DÍA DE TORMENTA, estaba un obispo cristiano en su catedral, y una mujer impía vino y se paró ante él, y dijo: “No soy cristiana. ¿Hay salvación para mí de las llamas del infierno?
Y el obispo miró a la mujer, y respondió: “No, solamente hay salvación para los bautizados en agua y en el espíritu.”
Y mientras hablaba, cayó una terrible centella del cielo y llenó de fuego toda la catedral.
Y los hombres de la ciudad acudieron y salvaron a la mujer, pero el obispo quedó consumido, pasto de las llamas.
- O – O – O –
EL FILÓSOFO Y EL ZAPATERO
UNA VEZ vino a la tienda de un zapatero un filósofo con los zapatos gastados. Y el filósofo dijo al zapatero: “Por favor remienda mis zapatos.”
Y el zapatero dijo: “Estoy remendando ahora los de otro hombre, y todavía tengo otros que parchar antes que los tuyos. Pero deja tus zapatos aquí y mientras tanto usa esto otro par, y mañana vuelve por el tuyo. Entonces el filósofo se indignó y dijo: “No usaré otros que no sean los míos.”
Y el zapatero respondió: “Entonces eres, de verdad, un filósofo, no puedes meter tus pies en los zapatos de otro hombre. En esta misma calle hay otro zapatero que entiende a los filósofos mejor que yo. Ve con él para que te los remiende.
TIERRA FERTIL.
UN ÁRBOL LE DIJO A UN HOMBRE: “Mis raíces están en lo profundo de la tierra y yo te daré mi fruto.”
Y el hombre dijo al árbol: “¡Cómo nos parecemos! Mis raíces están también profundas en la tierra. Ella te da poder para regalarme tu fruto ya mí me enseña a recibirla de ti con agradecimiento”

La Balsa de la Medusa (I)

Primer relato incidental del tráfico de drogas
El regional del Sur. 2005
Por Jesús Pérez Uruñuela



IVAN, EL LOCO DEL PUEBLO.

La “globalizante modernidad” en nada ha cambiado a un personaje representativo de lo más añejo del pasado, quien durante la época prehispánica fue respetado entre los nahuas, y que a partir de entonces, si no conservó esa distinción popular, sí se le consideró como un elemento indispensable del folclore local. Los niños lo “chanceaban”, las mujeres le temían y se persignaban al pasar junto a él. Algunos de los hombres indiferentes lo esquivaban, otros le daban una moneda y hasta había quienes envidiaban su despreocupada existencia. Era conocido como el loco del pueblo.
Aún cuando la palabra Ciudad fue el apelativo más usado (se decía eres hombre de ciudad; el gobierno de la ciudad, vamos a… o venimos de la ciudad, el ciudadano, etcétera) la nominación de ese personaje no cambió a el loco de la ciudad y siguió como el loco del pueblo: irresponsable desarrapado: malviviente de pelo y barba encrespado por la mugre; vago de terrible mirada, callado en ocasiones, o bien con discursos en voz queda, casi murmullo y otras veces con estridentes increpaciones apocalípticas al mundo.
Iván era el loco del pueblo.
Nadie conocía su edad, pues los más viejos del poblado le recordaban desde que ellos eran niños. Se desconocía cuándo apareció por primera vez. Algunos sostenían el rumor de que cuando llegó, era un hombre sabio y rico, pero el consumo de drogas le hizo perder la razón y su fortuna. Loco de atar, vagó por varios sitios hasta que se estableció en definitiva en una buhardilla de cartón y láminas cerca del basurero municipal.
En sus momentos de lucidez, Ivan, el loco del pueblo, ante las risas y burlas de un auditorio (generalmente infantil) exaltado y nervioso, narraba una leyenda, que él aseguraba fue verídica y además pronosticaba males y desgracias para los que permanecieran sordos a ella:
Decía:
En el sexto día de la creación, Dios ordenó que en la Tierra se produjeran las bestias, las sierpes y las alimañas terrestres. A cada una de las especies facultó para que se arrastrasen o volaran; otras, podrían caminar o trasladarse a brincos. Entre estas últimas estaban las arañas, a las cuales, además, se les permitió construir en el aire telas con hilos de seda donde atrapar insectos para alimentarse.
Luego, el desquiciado Ivan agregaba a su versión: los alacranes (también arácnidos) estaban muy molestos porque sólo podían andar con las patas pegadas al suelo. No podían volar o brincar para ir con facilidad a los lugares donde abundase su diario sustento. Además, su población había crecido y el alimento de la zona resultaba insuficiente para ellos, por lo que tenían que realizar largas y agotadoras caminatas para devorar un nutritivo escarabajo o una exquisita libélula; o bien esperar durante largos períodos agazapados bajo una roca a una asoleada y distraída cucaracha que pasase por ahí.
Un día –continuó el relato- se presentó ante los escorpiones la horrible diosa griega La Medusa y les dijo: -Yo puedo enseñarlos a viajar por el espacio como si volasen. . .
–¿A cambio de qué? –preguntaron interesados los alacranes.
La deidad expuso las condiciones por las cuales les enseñaría “a volar”: -Vean mi cabeza; de ella salen venenosas serpientes con las cuales domino a los seres humanos que están cerca de mí. Pero ellas están pegadas. Necesito de otros animales que puedan moverse por sí solos, para que me ayuden con su estupefaciente ponzoña a controlar a quienes no estén al alcance de mi vista.
Los alacranes al unísono contestaron:
¡Aceptamos!
La Medusa con sus alas de oro se elevó; llevaba consigo en sus manos de bronce a sus nuevos ayudantes. Cuando estuvo en las alturas, les indicó: -Observen a aquellas pequeñas arañas, que sujetas a una larga hebra de seda cruzan el espacio impulsadas por el viento. Vean que mientras unas continúan su deslizamiento aéreo, otras son detenidas por los ramajes de los arbustos. Pero inmediatamente, esos insectos, se vuelven de cara al viento, levantan la punta del abdomen y arrojan una diminuta gota de seda líquida, la cual es estirada por la brisa en forma de hebra sutil. Luego, las arañitas se sueltan y nuevamente el viento las lleva colgadas del filamento llamado “hilo de la Virgen”.
-Si otra vez quedarán atrapadas entre las yerbas o en las ramas de los árboles –continuó la Medusa- repiten la operación anterior una y otra vez hasta que se pierden en la lejanía.
-Ustedes, alacranes –concluyó la deidad helénica (Medusa)- pueden también aprovechar el movimiento del aire para ir con rapidez a recorrer grandes distancias en busca de generosos cotos de caza. Pero, debido a que sus cuerpos son más pesados que los de las “arañas voladoras”, requerirán más que de una brisa para cruzar el espacio, para lo cual, con mis potentes alas haré que el aire se mueva con tal intensidad que ustedes también podrán volar.
Una noche La Medusa (porque sólo en la oscuridad actuaba esa endemoniada diosa –aclaró Ivan- aleteó con vigor y un furioso chiflón meció las copas de los árboles. Los insectos de larga cola seccionada en cañutos, felices treparon hasta allá y se dejaron llevar por el potente ventarrón, mientras veían hacia abajo para escoger una zona con abundantes piezas de caza en donde descender con los aguijones prestos a clavarlos.
Finalmente, con desaforados gritos Ivan advertía:
-¡Gran desgracia para el ser humano que en ese instante esté en campo abierto sin la protección del techo de su casa. . .! ¡Y peor desastre será para quien se haga sordo a mis palabras, porque esos peligrosos “animalejos” representan LAS DROGAS, las que entrarán a sus casas y se apoderarán de sus almas para hacerlas prisioneras en las tinieblas de La Balsas de La Medusa.
Frente a las discotecas, en donde se aglutinaban cientos de jovencitos, Ivan solía gritar, en tanto señala hacia el cielo, que entonces se cubría de nubes arrastradas con violencia por el viento que a su vez comenzó a mover las copas de los árboles:
¡LA MEDU SA! ¡Ahí está! ¡Bate sus alas y flota sobre ustedes. . .!
Los jóvenes levantaban la vista hacia el firmamento. Al percatarse que nada extraordinario había en él más que la Luna, visible en un pequeño hueco, rodeada de inquietos nubarrones, se burlaban del desquiciado Iván.
-¡Están ciegos! ¡Ahí está La Medusa. . .! ¡No la ven porque no quieren verla. . .! –Insistía y por su frustrante intento, lloraba con desesperación aquel que era considerado “loco de atar”. Pero, acaso. . .¿no era el más cuerdo y sabio?
Efectivamente, invisible para la muchachada, una sombría figura había aparecido en el cielo y flotaba sobre los tejados del caserío. Después de un instante, la siniestra sombra agitó sus enormes doradas alas para alcanzar la Luna. Bramó estruendosamente al dirigirse a ella:
¡Brillante espejo de mi reino nocturno. . . bien sabes quién soy yo, pues conoces lo ilimitado de mis poderes. Anuncia a esos indefensos seres humanos que están convencidos de lo irresoluto de sus conflictos personales, y que buscan una luz inspiradora de vitalidad para sus desalentadas existencias, que en el blanco polvo de “La Balsa de la Merlusa” encontrarán la extática felicidad que añoran!
Al cubrir las nubes el satélite, la luz que caía sobre los tejados de la ciudad se apagó; sin embargo, desde las colinas aledañas a la ciudad de Cuernavaca, se observaban las ventanas de los caseríos iluminadas por intensas luces interiores como faros expectantes del regreso de los jóvenes que esa noche salieron a divertirse.
Y el viento sopló con mayor intensidad.
Por el cielo y en diferentes rumbos, el chiflón llevaba colgadas de largas hebras a pequeñas arañas. Atrás de ellas, también eran desplazados múltiples escorpiones impregnados de polvo blanco que veían con insistencia hacia abajo. Pasaron sobre la ciudad de “La Eterna Primavera” y no descendieron porque ahí ya había bichos de su misma especie. Buscaban otro lugar que también tuviese abundantes piezas de caza en donde bajar con los aguijones prestos a clavarlos.

La Balsa de la Medusa (II)

Segundo relato incidental sobre el tráfico de drogas
El Regional del Sur. 2005
Por Jesús Pérez Uruñuela



EN EL SALÓN DESPACHO DEL “CAPO”

Adentro de la lujosa residencia, había un espacioso salón, con el piso tapizado de color oro viejo. En el extremo opuesto un estante de libros encuadernados en piel cubría la pared, al frente de la cual, estaba un escritorio formado con una placa de grueso cristal, apoyada sobre dos grandes columnas de granito y tras él, un sillón tapizado con terciopelo escarlata. Uno de los muros era sustituido por un gran ventanal, tras el que se observaba un iluminado jardín interior repleto de vegetación y flores tropicales, sobre las cuales caía una permanente suave llovizna. En otro lugar de aquel salón, un área rodeada con sillones, tenía como mueble central un caballete de madera que sostenía un lienzo pintado al óleo de 65 por 83 centímetros, representando la terrible y angustiosa situación de sobrevivientes de un naufragio, quienes a bordo de estrecha balsa, alzaban y accionaban las manos para llamar la atención de un barco que -a lo lejos- cruzaba el embravecido mar, mientras otros sobrevivientes permanecían inertes o a punto de desfallecer. La escena se antojaba más dramática por el nuboso firmamento que amenazaba tormenta, cuando la noche estaba por llegar, al ocultarse el Sol que dejaba tras de sí un claro de cielo matizado de rojo. . .
José Asunción “Chon” “el antioqueño”, observaba extasiado el lienzo; mientras tanto, dos recién llegados al salón, permanecían de pie en espera que el señor de la casa voltease hacia ellos y los reciebiese. Eran ellos, Raúl y Lucas, hermanos gemelos, dueños de una empresa transportadora y comercializadora de insumos agrícolas, quienes en días anteriores habían llevado a cabo el fleteo por ferrocarril rumbo al norte del país, de una importante cantidad “supuestamente” de maíz propiedad de Chón.
Era “Chon” de cincuenta y tantos años de edad; de regular estatura; moreno de pelo rizado entrecano. Colombiano nacido en Yamural, pequeña población situada al norte de la ciudad de Medellín, capital del departamento de Antioquía, de donde le provenía el mote de: “el antioquieño”. De origen humilde, trabajó en las plantaciones tabaqueras, joven aún emigró a Estados Unidos y de inmediato se enroló en el ejército. Por su “origen latino y perfil psicológico” fue asignado en Vietnam a un cuerpo de paracaidistas denominado “Scorpions”, especializado en ataques “de exterminio”. Se decía que de noche se lanzaban de los aviones en paracaídas y en silencio caían con sangrientas intenciones sobre las aldeas rebeldes consideradas partidarias del Vietcong. Fue herido y después hospitalizado en Saigón. Al ser dado de alta durante más de un año en varias ciudades del Oriente, consolidó sus relaciones con las personas que traficaban drogas a través de Europa a Norteamérica. A su regreso a Colombia, acordó con “el Cartel de Medellin” ser un ramal para el transporte de narcóticos a Estados Unidos. También se comentaba de él, que dada su afición al consumo de drogas, en varias ocasiones estuvo hospitalizado con críticas manifestaciones paranoicas. Aunque fue sometido a estrictos tratamientos y terapias de rehabilitación, no recuperó su normalidad emocional.
Cuando José Asunción volteó a donde Lucas y Raúl que permanecían de pie, parecía ausente (como si su alma lo hubiese abandonado para seguir en la pintura de la balsa con los sobrevivientes de aquel naufragio). Sus hinchados ojos café oscuro asemejaban tener las pinceladas ocres con que en el cuadro el pintor Géricault había coloreado el mar y el cielo. Y tal vez continuaban en los tímpanos de “Chón”, los desesperados gritos y desgarradores lamentos de los náufragos, confundidos entre el estruendoso oleaje marino. De repente, como si regresase a la realidad, cambió su semblante: al fijarse en los visitantes, su mirada fue de sorpresa y luego de una alegría que invadió su rostro, antes enajenado y sombrío.
-Bienvenidos a su casa – saludó con vehemencia, al tiempo que estrechaba con fuerza las manos de los gemelos Lucas y Raúl.
-Mil disculpas por haber retrasado nuestra cita, pero se me presentó una emergencia y me permití mandarles a “Juancho” mi más eficiente colaborador –y señaló a un “moreno del pelo ‘enchinado’ y arracada de oro” que les había servido de guía desde que ingresaron a la residencia, y que entonces, permanecía inmóvil tras ellos, como y fiel y entrenado perro guardián presto a las órdenes del amo.
-Por favor, tomen asiento –les dijo y ocuparon los muebles que estaban alrededor de la estrujadora pintura del naufragio. Después de varios minutos de silencio, José Asunción “Chon” se levantó y al caminar hablaba entre dientes ante la mirada expectante de los gemelos.
“El antioqueño” se detuvo frente a la pintura e inició un soliloquio lleno de elocuencia y sabiduría que sorprendió a la reducida asistencia:
-El cuadro que tenemos frente a nosotros –explicó- es con el cual se inicia -durante la segunda década del siglo XIX- el Romanticismo en la pintura mundial. Su nombre es: “La Balsa de la Medusa”, y es obra original (como otras sobre el mismo tema que se exhiben en el museo de Louvre) de Juan-Luis Andrés Teodoro Géricault, considerado como el precursor del Realismo Pictórico. Se ha mencionado que en él “hay tres o cuatro pintores”: Miguel Ángel, Rafael y Carvaggio. Yo he de agregar que ese genial maestro en su género, aparte fue un crítico y descriptor de los convulsionados tiempos que vivió Europa en los albores e inicio del 1800. Pero, lo más sorprendente es que esta pequeña -y a la vez grandiosa- pintura, también refleja con sentido visionario… ¡el conmocionado, agitado y perturbado mundo actual….!
En el clímax de su emotiva locución, “Chón” calló. Permaneció por breves momentos con temblores en su cuerpo que poco a poco disminuían. Además, conservaba los ojos cerrados como si buscase en su mente las ideas que habría de pronunciar a continuación. Los cuates con asombro se veían de soslayo.
De súbito, con nuevos bríos continuó la vehemente exposición:
-¿Qué vemos en esta pintura. . .? Un ambiente hostil, en donde los sobrevivientes de un naufragio, en insegura y frágil balsa, sienten la fuerza del viento que presagia una tempestad, momentos antes que la oscuridad de la noche los cubra. Algunos de ellos son hombres abatidos, acobardados, derrotados y postrados junto a los cadáveres de los que no pudieron soportar el hambre, la sed y la desesperación. Otros, ilusamente manotean y lanzan voces de auxilio a un velero que en la lejanía pasa de largo hacia el poniente: Son seres que esperan el milagroso rescate de su fatal destino. . .
-La escena pintada –continuó el colombiano- es una magistral descripción de. . . ¡lo que sucede en el mundo que ahora habitamos! La duda que surge es: ¿con cuál de los seres que aparecen en el cuadro nos identificamos? De ninguna forma debemos pensar que estamos en esa barca, porque ese es el lugar para los pesimistas, para los resignados, para los conformistas, para los ilusos e inocentes que esperan que llegue la milagrosa nave a salvarlos de su inexorable fin, porque saben que ellos -por sí mismos- son incapaces de hacerlo.
Nuevamente calló, pero entonces había adoptado una imagen prepotente, autoritaria y con esa actitud bramó:
¡La tormenta y las tinieblas de la noche, representan el caos en que vive la actual sociedad! ¡La balsa, es el espacio que ocupa la confundida humanidad. . .! Y el bergantín que ágil cruza el océano con sus velas henchidas por el viento, sin importar que llegue el ocaso o que la tormenta enloquezca el mar. . . es el “sancta sanctorum” de los “escogidos”: el lugar de nosotros, los que tenemos la “excelsa misión” y la responsabilidad de llevar el alivio a esos míseros humanos que no pueden ¡ni podrán! asimilar y superar el shock provocado por haber visto esfumados, convertidos en nada, los valores y cimientos de su decadente y devaluada sociedad. . .
José Asunción “Chón” se sentó junto a los mellizos y entonces con tono suave, murmuró cerca de sus más sorprendidos rostros, lo que anticipaba ser una íntima confesión:
-En los seis furgones que han salido hacia el norte de la República, se han transportado muchas toneladas de maíz que habrán de ser transformadas en tortillas para llenar el estómago del pueblo que tiene hambre. En cambio, “los paquetes” que van adentro de los sacos con el maíz, llevaban “vida y fortaleza” destinada a la gente de elevada espiritualidad que no les basta satisfacer de manera exclusiva la prosaica y elemental necesidad animal de alimentarse. Esas personas exigen más que eso: suspiran por un mundo sin miseria e injusticia; sin guerra y odios. No obstante, sabedoras que en el entorno real de su existencia, esos conflictos sociales son inevitables e irresolutos, para disfrutar de las tan ansiadas paz y felicidad, no tienen otra opción que recurrir a sus quimeras, a su imaginación y a sus trasnochados sueños. Y ¿cómo pueden acceder esos miserables a la paradisíaca plenitud anhelada. . .? Yo lo diré: ¡sólo con el uso de substancias alucinógenas, como el clorhidrato de cocaína. . .!
Luego, poseído de una incontrolable emoción, “Chón” aclaró:-Y ¿quién habrá de proporcionarles ese “mágico medio”. . .? -¡Nosotros, sólo nosotros. . .! en la misma forma que “ustedes” -señaló a los gemelos- lo hicieron al transportar varias toneladas del “divino polvo blanco” al Estado de Tamaulipas, para luego pasarlo a Estados Unidos.
-Señor Arciniegas –intervino Lucas con manifiesto balbuceo- nosotros no tuvimos conocimiento previo del traslado de esa sustancia alucinógena. Nos sorprendió que -sin autorización nuestra- se haya llevado a cabo tal operación. . .
-Efectivamente – aclaró “Chón”- no estaban enterados, pero ahora. . . ya lo están. Además, a partir de hoy, como socios que son míos, tienen derecho a disfrutar de lo que ello representa. . .
Lucas se mostraba sorprendido por el peso de las palabras escuchadas. Raúl su hermano no expresaba asombro alguno, debido a que entendía plenamente el significado de lo expresado por “Chón”.
-Ahora -dijo “Chon”- cada uno de ustedes recibe un maletín repleto de dólares americanos por el envío sin problemas del “polvo blanco” a la frontera norte. Una vez que lo pongamos “del otro lado”, tendrán en forma individual otra cantidad igual adicional…

La Balsa de la Medusa (III)



Tercer relato incidental sobre el tráfico de drogas
El Regional del Sur. 2005
Por Jesús Pérez Uruñuela




JUVENTUD ENAGENADA

Un numeroso grupo de jóvenes muchachos y muchachas casi adolescentes se aglutinaban en la banqueta, frente a un edificio, el cual, en la parte superior de su muro frontal, parpadeaba un luminoso anuncio que decía “Discoteque La Balsa de la Medusa”. El acceso al lugar estaba controlado por un individuo llamado “el gato” quien con displicencia y a su juicio autorizaba quiénes entraran, en tanto que otro colega suyo –sin recato- entregaba “grapaS” (pequeño sobre de papel con droga adentro) a un “grandulón” con cara de niño, quien con el mismo descaro y frialdad laS pagaba frente a dos policías que desde adentro de una patrulla observaban el delictuoso y cínico espectáculo. Uno de esos guardianes “protectores de la sociedad”, engullía con voracidad un “hot dog”; el otro, concluía su reporte a “la base” con el obligado: “sin novedad”.
Chón Arciniegas y su entrañable amigo italiano Claudio Rossi llegaron a la Discoteque. “Juancho, jefe de seguridad de Chon y un grupo de “guaruras” que los acompañaban, de malos modos abrieron paso entre la adolescente multitud que pacientemente aguardaba su turno para entrar. Sin detenerse los recién llegados, subieron por una escalera hasta la oficina del administrador de aquel “centro de diversión y esparcimiento juvenil”, en donde a través del cristal de una ventana se observaba con claridad y detalle el área de mesas y pista de baile, entonces repletas de “jovencitos”. Algunos de esos imberbes asistentes, permanecían sentados, con pétrea actitud, sin expresión en sus miradas; a un lado, otros, vaciaban en sus vasos la botella de licor y llenaban de colillas de cigarros los ceniceros. En tanto, en la pista de duela, al ritmo de inquietante y aguda “música” de elevados decibeles, y entre el centelleo de agresivas e intermitentes luces, la muchachada brincaba, gritaba y alzaba las manos, como si, en medio de los estruendosos rayos de una tormenta -cual náufragos sobre una balsa- enviasen desesperadas señales de auxilio. . . ¿A quién?
“Chón”, inexpresivo, desde arriba, a través de la ventana contemplaba el grotesco espectáculo, mientras a un lado de él, Claudio con un trozo de “popote” inhalaba una ración de cocaína. Luego, reanimado por el efecto de la droga, se acercó al colombiano y le hizo desvariados comentarios en su castellanizado italiano:
-E-vero que “aspirare el bianco polvere” revivifica. Es “iguale que volare” al cielo con las alas de oro de la Medusa. Per contrario, las “deboli y pusillanimi giovini personas,” que están allá abajo, quedan “petrificadas” con “solo tenere fronte” a ellos la droga. “Subito, depo di un tempo” de haberla consumido, cuando “termina il placido efetto, essos imaginan che la diosa greca” “Medusa” los “soffoca” con sus “manos di bronce” y hasta sienten “morire”, como si “una serpente di su capo” les hubiese inyectado veneno. . .
-Efectivamente Claudio -Comentó “el antioqueño”- allá abajo, el interior de la discoteque es uno de los ámbitos donde señorea la “Medusa”, la que, de acuerdo a la mitología griega, fue una cruel y horrorosa deidad con dientes como colmillos de jabalí, manos de bronce y alas de oro, de cuya cabeza -en lugar de cabellera- salían venenosas serpientes. Quien osaba mirarla, quedaba petrificado. Hoy, esa diosa se presenta bella, sensual, complaciente y generosa al proporcionar a los humanos de espíritu abatido su “divina energía vital” liberadora de yugos y enajenaciones mentales. Luego, también les concede la más sublime y placentera de las expiraciones.
Cada noche –continuó- vienen a “estos centros de febril esparcimiento” del país, miles de infelices rapaces y millones de ellos acuden a muchas otros en el mundo, a brincar desaforadamente y a levantar las manos para llamar a La Medusa de nuestro tiempo”, a fin de que vuelva placenteras –aunque sea por breves instantes- sus frustradas existencias con la “cocaína”, la “marihuana”, el “éxtasis o droga del amor” y otros productos sintéticos como las “anfetaminas”: enervantes que envueltos con los pétalos de exóticas flores brotan de la cabeza de esa deidad. . .
“Chón Arciniegas” volteó el rostro hacia el gordo Claudio y agregó a su comentario:
-No olvides: nosotros somos “los escogidos” de quién dependerá el futuro del mundo. La Medusa es nuestra diosa madre, ella nos proporciona el viento para que volemos a fin de que cumplamos con su “excelso encargo” de llevar el alivio a esos míseros seres que no pueden ni podrán asimilar y superar el shock provocado por haber visto derrumbarse su decadente mundo y sentirse náufragos sobrevivientes. . .!

jueves, 30 de octubre de 2008

SUCEDIÓ EN UNA "REGIÓN CARBONÍFERA" DEL PAÍS...

Cualquier semejanza de este relato con acontecimientos pasados, presentes o futuros es mala intención del autor.
Por Jesús Pérez Uruñuela

ERA DE MAÑANA y el tiempo transcurría con la misma parsimonia y amodorramiento con que los habitantes de aquel pueblo minero permanecían en sus casas. Sin embargo, estaba por suceder lo que alteraría la relajante vida pueblerina.
Un sacudimiento de tierra seguido de un ruido sordo, hizo tintinear la vajilla de cristal del mueble vitrina del comedor, e influyó en que la señora Mary derramara el café sobre la mesa, cuando lo servía en una taza.
-¡Jesús, qué fue eso. . .! -Dijo asombrada.
En ese momento, se escuchó el repetitivo y lejano ulular de las sirenas y el agudo silbato de la empresa minera.
-¡Dios mío…! -Volvió a mencionar, la señora; pero en esa ocasión, se levantó de la mesa y salió al porche, desde donde vio un inacostumbrado movimiento de personas que presurosas se dirigían hacia el centro del pueblo.
Tuvo el presentimiento de saber qué acontecía; no obstante, con temblorosa voz preguntó al vecino que estaba en el patio de la casa adjunta y que también miraba la calle:
-¿Qué sucede Miguel . .? ¿Por qué tanto bullicio. . .?
-No lo sé Doña María, pero se escuchó un gran ruido, como una explosión. . . tal vez “algo pasó allá”. . . en la “compañía minera”. . . -Contestó con ambigüedad.
Ambos conocían el origen de lo escuchado y del temblor que sintieron: era una explosión en las minas de carbón, provocada por una chispa en donde se acumuló el gas grisú. También tenían conocimiento que en los túneles se laboraba en inadecuadas condiciones de seguridad y salubridad: insuficientes ventiladores y obstruidos pozos de ventilación hacia los túneles, lo cual significaba escaso aire y lenta circulación del mismo. Miguel, durante muchos años trabajó en la extracción de la hulla con el pico, y sufrió hacerlo en tan deplorables y peligrosas condiciones: adquirió una afectación respiratoria, debido a la acumulación de polvo en el pulmón; por eso, un año antes fue cambiado a los almacenes, en donde tuvo un trabajo más descansado, aunque sus ingresos se redujeron notablemente, pero continuaba con las prestaciones que otorgaba la empresa a sus trabajadores: casa, servicio médico y hospitalización.
El esposo de la señora Mary, murió en un derrumbe bajo tierra. En vida, tuvo el puesto de Mayordomo, nombramiento que se les daba a los jefes de determinado nivel medio. De él dependían las cuadrillas de “carboneros”, encargados de “tumbar” el carbón de hulla y “palearlo” a los vagones. Ese tipo de mineros trabajaban a destajo: según producían, así se les pagaba. Eran los que más ganaban, pero también los que más exponían la salud y la integridad física. Miguel fue uno de ellos.
En ese momento, una mujer acompañada de dos niñas, abrió la puerta del barandal de la casa de Mary y se introdujo, al tiempo que decía con angustiada voz:
-¡Mamá, hubo una fuerte explosión en la mina. . .! ¡Reportan muchos muertos. . .!
Subió al porche y se abrazó de su madre. Ahogada por el llanto murmuró:
-¡Mamacita, mamacita, Luis estaba adentro de la mina cuando sucedió la explosión. . .!
-¡Ay hija mía, confiemos que Dios proteja a Luisito. . .!
-¡Oye mamá. . .! - interrumpió la recién llegada- ¿Y Pepe, mi hermanito. . .
-¿Qué hay con mi chico. . .? - preguntó doña Mary. Luego, dirigiéndose a Miguel su vecino comentó y preguntó: -“Él sólo trabaja en las oficinas, no adentro de la mina. . .? ¿Verdad. . .?
Miguel se aproximó a la cerca de madera que separaba las dos casas. Mientras se rascaba nerviosamente la nuca, con atropellos trataba de dar una respuesta que no inquietase más de lo que estaba a la preocupada mujer. Trató de explicar con tacto:
- El joven Pepe colabora con el Ingeniero Intendente de Minas. . . aunque no debe estar permanentemente en los túneles, a veces baja con él a. . .
De repente propuso: -“Mejor. . . ¿por qué no vamos allá. . .?
Miguel, la madre, hija y dos nietas, caminaron rumbo a la empresa minera, no lejos de ahí. Al pasar por la plaza municipal, cruzaron el jardín, en cuyo centro -junto al kiosko- estaba “La estatua al minero”: una escultura en bronce, en la cual un “carbonero” de rostro inexpresivo, vestido con pantalón corto y equipado con casco de seguridad y lámpara de batería, portaba un pico a punto de impactarlo sobre el imaginario muro de carbón hulla. En la base que descansaba la escultura, había una placa con la leyenda: “Al minero, que desde las entrañas de la tierra forja el futuro de México”. Luego, cruzaron la vía de ferrocarril y se detuvieron en donde un enorme letrero decía: American Smelting and Refining Company (ASARCO).
Un numeroso grupo de personas (mujeres en su mayoría) se amontonaban frente a la gran reja de la entrada, la que permanecía cerrada. Desde adentro, un vigilante les comunicaba:
-¡No pueden pasar. . . por favor, esperen un momento para que les podamos dar un informe exacto de la situación. . .!
Miguel dijo a las mujeres que lo acompañaban:
- Aguarden aquí, entraré “a ver” qué puedo averiguar. . .
Después de hablar con el vigilante, pasó la puerta, y se dirigió directamente a donde estaba el ascensor de jaulas de la mina. Le fue imposible llegar a él, pues el área de maniobras permanecía cercada y “prohibido el paso”. Pero pudo escuchar de un ex compañero minero el relato de lo acaecido:
-Habíamos “tumbado” el carbón –decía el minero- y llenado los vagones y así dejamos todo listo para que los muleros enganchasen las bestias. Con tranquilidad nos dirigíamos a tomar el ascensor de jaulas, cuando oímos tras nosotros el escandaloso ruido de las pisadas y rebuznos de las mulas que venían en dirección nuestra. . . En ese instante supimos de qué se trataba, por lo que corrimos en la búsqueda de un lugar donde refugiarnos. Otros “compitas” y yo, nos metimos en la boca de un túnel ciego en donde -por cierto- su entrada casi la tapaban varios equipos de perforación y unas láminas de acero. Vimos pasar al desbocado atajo de mulas, y a cientos de ratas que hacían otro tanto. Algunos de esos asquerosos “animalejos”, se metieron a donde estábamos y se arrinconaron sin dejar de chillar. Una mula, se detuvo y con insistencia metía la cabeza por el espacio de entrada a nuestra cueva. El pobre animal, también quería acompañarnos. Resoplaba por sus ollares y no paraba de rebuznar, como diciéndonos: -“órale, no sean gachos, déjeme entrar. . .” Con asombro mirábamos su inútil esfuerzo, pues aunque le hubiésemos dado permiso, no hubiera podido introducirse, dado lo voluminoso de su vientre. Creo que pasaron diez segundos o quizá menos, pero para nosotros aquella espera se transformó en eterna. . . Sabíamos que en cualquier momento pasaría frente a nosotros lo que tanto nos aterrorizaba y que también provocó la estampida de los animales. . . De repente: ¡zumm. . .! ¡Aquello fue horrible. . .! Tú, Miguelito, bien sabes a qué me refiero. . .
El minero calló. Por su rostro totalmente cubierto de tizne, corrieron dos lágrimas que se escaparon de sus enrojecidos ojos. De inmediato se limpió las mejillas con un pedazo de estopa que traía en la bolsa de su pantalón recortado a media pierna, como el de “La estatua” del jardín municipal. Nuevamente recuperó la dureza de expresión y la frialdad de su mirada. Dio un profundo suspiro y continuó el relato:
-Una descomunal fuerza, arrolló y se llevó la mula que estaba frente a nosotros, con lo cual quedo libre el espacio de entrada a nuestro refugio. Horrorizados, vimos pasar zumbando con velocidad encabritada al gas grisú encendido. . . Era fuego de vivos amarillo, rojo y anaranjado; lumbre que sentimos nos achicharraría; era como un soplido del diablo, con el cual nos mostraba su enojo por invadir las entrañas de la tierra, que son sus dominios. . . o quizá eran las almas condenadas al fuego eterno en el infierno que huían en busca de una salida y al no encontrarla. . .¡Bumm. . .! estallaron con tanta intensidad que movieron hacia nosotros los pesados fierros, afortunadamente sin dañarnos, pero si dejándonos inconscientes.
-Durante no se cuánto tiempo permanecí desmayado por el ruido de la explosión, pero gracias a Dios, ahora sólo estoy un poco más “apendejado” que de costumbre. . . –Agregó, al tiempo que sonreía en forma nerviosa.
-¡Cuéntame. . .! ¿Quiénes iban contigo? –Interpeló Miguel.
-No los conoces porque son “cuates de la nueva camada”. . . Contestó el minero secamente mientras encendía un “delicado”
-¿Y qué “hais” con Luis “el perro” y el Ingeniero Intendente. . .? –Cuestionó Miguel para conocer noticias del yerno de Doña Mary e indirectamente de su hijo Pepe, quien siempre acompañaba al Ingeniero cuando bajaba a supervisar.
-El Ingeniero estuvo temprano con nosotros y luego se retiró, porque creo que se sentía mal - comentó el minero- y dejó a su ayudante para que atendiese otros trabajos.
-¿Te refieres a Pepe. . .?
-¡Claro, a quién más sino a Pepe “La Pulga”, que por cierto, lo vi correr “hecho a la mocha” junto con Luis “el Perro” antes de la explosión. Ya sabes que a donde va “el perro”, va “la pulga”
-¿Y qué pasó con ellos? Insistió Miguel.
-Ni idea tengo, yo me metí en el hoyo y dije “que Dios proteja a los que alcance el fogonazo hijo de la. . .” Perdóname que no te dé más información, pero no supe qué les pasó a los que quedaron atrás de mí. Te juro que sólo me di cuenta “qué chingaos pasaba”, hasta que me llevaban en las jaulas para arriba. . . y aquí estoy.
-
Luis, el yerno de la señora Mary, era jefe de una cuadrilla de “carboneros” Obviamente ganaba bien, pero por los riesgos de su trabajo, había prometido a su esposa, que a principios del siguiente año, solicitaría “la terminación”. Además, le comentó que había aceptado el ofrecimiento de su hermano de ir Estados Unidos a trabajar con él, en la empacadora en donde era capataz.
Luis, era conocido con el mote de “El Perro”, por lo exigente en el trabajo y por la agresiva forma de jugar al basket ball con el equipo del Sindicato de Mineros local, del cual era la estrella. Desde que murió su suegro (quien lo introdujo a la compañía minera y le enseñó todo lo relativo a la extracción del carbón) sintió la necesidad de apoyar a su pequeño cuñado Pepe. Así, fue para él un segundo padre. Cuando Pepe era niño e iba con Luis por la calle, aquel imitaba la forma de caminar de su cuñado-padre y juntaba su cuerpo al de él. Por eso, los mineros, bautizaron a Pepe como “La Pulga”: siempre pegada a “el Perro”.
Otra versión, explicaba que el apelativo de “Pulga”, se le adjudicó por lo pequeño de su cuerpo y delgada complexión física.
El fallecimiento del padre de niño Pepe, así como por la sobre protección de su madre, de su hermana y de su cuñado, le crearon un débil de carácter, lo cual era motivo para que sus compañeros de escuela se burlasen de él. Inclusive, las condiscípulas le negaban su compañía por esa misma razón. Al terminar Pepe la preparatoria, ya no quiso estudiar y pidió a Luis lo ayudase a entrar a la empresa. Mucho se insistió que continuara sus estudios, pero todo fue en vano. Por recomendación del Ingeniero Intendente de Minas (amigo del difunto esposo de doña Mary) fue contratado. Los familiares pensaron que el trabajo lo haría recapacitar, y que la convivencia con las rudas personas de la mina lo fortalecerían espiritualmente.
O O O
Miguel, antes de regresar a la puerta de entrada de la empresa, en donde cuatro ansiosas mujeres lo esperaban, interrogó a otros mineros, quienes coincidían en dar pocas posibilidades de vida a los que hubiesen sobrevivido a la explosión, porque –según ellos- los túneles quedaron totalmente bloqueados por rocas, por lo que morirían asfixiados en aquellos espacios tapiados, sin ventilación y con escaso aire viciado por el polvo y los gases. Además, el personal de rescate no podría hacerles llegar a tiempo el aire por medio de las compresoras o por los tanques de oxígeno para que resistieran en la espera de atención médica.
El apesadumbrado Miguel no sabía cómo llevar tan pesimistas y desalentadoras noticias, así que se ocupó en platicar con otros amigos de trabajo para hacer tiempo y pensar cómo exponer tal información recibida.
Mientras tanto abajo, muchos metros bajo tierra, ¿qué sucedía realmente?
Varias cuadrillas de rescate habían descendido hasta los túneles afectados por la explosión, pero tuvieron que detenerse, pues el paso estaba obstruido por inmensas rocas. También, se había intentado entrar por los pozos de ventilación, pero estos estaban tapados con piedras, yerbas y arbustos que habían crecido por la falta de mantenimiento. A sabiendas del prolongado tiempo que llevaría abrir un boquete para por él pasar y llevar oxígeno y ayuda médica, se iniciaron los trabajos de demolición y perforación.
O O O

Tras los muros de roca, en donde estaban los mineros aislados, la explosión había dejado una neblina de polvo y regados por todas partes restos humanos y tasajos de mulas, revueltos con una mezcla de lodo y sangre. Un olor azufroso y a podrido, así como la tos y los quejidos de los sobrevivientes, complementaban el dantesco espectáculo.
Adentro de una gruta, que antaño fue parte de un túnel de ventilación, entonces obstruida por el derrumbe de rocas y gruesos maderos que apuntalaron las galeras, estaban con vida dos trabajadores. ¡Eran Luis “El Perro” y Pepe “La Pulga”. El primero, tenía presionadas las piernas por una pesada viga. El otro, se veía –salvo pequeñas contusiones y heridas- en perfecto estado de salud; pero eso si, notoriamente asustado, con los ojos desorbitados fijos en su cuñado que lo llamaba:
-¡Pepe, Pepe. . .! ¡Pepe, Pepe. . .! ¡Por qué no contestas? -preguntó con enojo el cuñado mayor.
Pepe permanecía en silencio con el rostro desencajado. Luis se percató del estado de schok en que estaba y trató de calmarlo.
-¡Pepe, escúchame. . .! - le dijo. Estoy atrapado por este pinche madero. . . Es muy probable que tenga las piernas fracturadas. . . Si tú sigues así como estás, a los dos, nos va a llevar la que tú ya sabes. . . De ti dependen nuestras vidas. ¿Me has escuchado? ¿Entiendes lo que te digo: Tienes que ayudarnos a salir. . .
-¿Cómo quieres que te ayude. . .? –Replicó Pepe con llorosa voz.- Cuando estabas desmayado traté de levantar la viga y no pude siquiera moverla un poco. Bien sabes que no tengo fuerza para eso.
-¡Cálmate, cálmate. . .! –Sugirió Luis. Lo primero que harás es salir al túnel a pedir ayuda a quienes puedan dárnosla. . .
-¿Y cómo quieres que salga si tenemos enfrente un montón de piedras. . .?
-Mira, fíjate bien: debajo de ese tronco, hay una hendidura por la cual sale el polvo que flota en el aire. Eso quiere decir que ahí están flojas las piedras. Si las mueves, podrás hacer un hoyo para pasar al otro lado. .
-¡No voy a poder, no voy a poder. . .!
-¡Con una “chingada”, claro que vas a poder. . .! ¡Párate y empieza a mover las piedras!
Pepe se levantó y empezó a jalar una piedra, la cual permaneció inmóvil ante sus esfuerzos.
-¡Te lo dije: no puedo, no puedo! –repetía.
-¡Hazlo de nuevo! -Insistió una vez más Luis.
Pepe volvió a tirar de la piedra.
-¡Jala con fuerza. . .! ¡Así, así. . .! ¡Ves, empieza a aflojarse! Muy bien, descasa un poco. . . Ahora, de nuevo ¡jala con más fuerza. . .! ¡Bien, bien, dale un poco más. . .! ¡Ya casi la sacas. . .! ¡Eso es, eso es! ¡Muy bien, lo lograste! ¡Cuidado, retrocede que pueden caerte encima esas otras piedras!
-El agujero es muy pequeño, por él no podré sacarte -dijo Pepe.
-Es muy pequeño para mí, pero tú si pasas por él. Anda métete y ve a buscar ayuda. . .
-¿Y si se derrumban las piedras cuando esté a mitad de cruzarlo.
-Si se derrumban, te mueres y quedarás enterrado, no te preocupes. . . Ándale pásalo y ya no pienses en “pendejadas”.
Por fin Pepe salió al túnel. Luis, adentro de la caverna, veía las ratas salir por el nuevo hoyo y recapacitaba sobre la actitud de su joven cuñado:
-Con tanta protección -se decia- le hemos formado un carácter de “pulga”. Hace rato, cuando zarandeaba las piedras, pese a su flacura, demostró tener fuerza y coraje, aún cuando no se percató de ello. Ojalá y no se desplome al ver el espantoso espectáculo de muerte del túnel y haya entendido que la responsabilidad de que salgamos con vida, está en sus manos.
Luis recordaba las veces que tuvo que ir a la escuela primaria de “Pepito” a defenderlo de los compañeros que lo asediaban y molestaban. También vino a su memoria las veces que lloró los desprecios de “La presumida Lucy”, aquella jovencita de rubia cabellera, ojos claros y de una piel que rayaba en una blancura casi transparente, de quien decía estar enamorado.
-¡Diantre de muchacho este, lo quiero como al hijo hombre que no tengo!
-¿“Perro”, estás bien? –se escuchó del lado del túnel.
-¿Yo? ¿Cómo quieres que esté? ¡Igual o más “jodido” que antes! Y tu “Pulga” ¿Cómo ves la cosa? ¿Van a venir ayudarnos?
-Nadie puede venir a echarnos la mano - respondió Pepe- Los que están vivos, quedaron más fregados que tú. Además todo el cañón es un verdadero desmadre. Van dos veces que me vomito de ver tanta sangre, carne regada y porquería por todas partes. Pese a eso, pude hacer otro boquete para ir a ver a los del fondo del túnel, a quienes también aisló la explosión. Tosía y decía: Cuán difícil es respirar. Pienso que se nos acerca la hora. . .
-Nada de esos pensamientos, mi “querida pulguita”, Dios y tú nos sacarán de esta ratonera en la cual estamos atrapados.
-No te burles de mí, que yo soy el que más acabado estoy.
-¡No te me “achicopales”, échale más ganas al asunto!
- ¡Ya no puedo, ya no puedo. . .!
-Piensa en tu”guerita” que cada día está más guapa. . . ¿Sabes? me late que en el fondo no le eres indiferente, y que nada más espera que “te le avientes en serio” para darte el sí ¿Verdad que así es “Pulga”?.
-¡Pepe, Pepe, sigues ahí. . .!
-¡Pulga, pulga. . .!
Nada se escuchó del otro lado; no hubo respuesta. Luis desvalido por la falta de oxígeno y por la pérdida de sangre, intentaba no dejarse dominar por el sueño. Pensaba en su esposa y en sus dos hijas. Imploraba a la Virgen que sucediera un milagro que los salvara a todos.
O O O
Habían pasado varias horas desde que llegaron a la ASARCO y Miguel se decidió comunicar las tristes noticias a la madre de Pepe y a la esposa de Luis.
El Sol declinaba sobre la lejana serranía y la temperatura se hizo más agradable. En la entrada de la empresa, continuaban menos personas. Se habían retirado las que se enteraron que su familiar había sido rescatado vivo, muerto o herido. Quienes aún carecían de noticias, permanecían tras la puerta. Obviamente entre ese grupo estaban la señora Mary, su hija y nietas.
Cuando Miguel llegó frente a ellas, poco tuvo que exponer respecto a la situación de Pepe y de Luis, así como de las pocas posibilidades que se tenían de rescatarlos con vida. La expresión de su rostro y lo abotagado de sus ojos llenos de lágrimas, expusieron la dramático situación que era de esperarse.
Sin embargo, tenían que esperar, y así lo hicieron.
O O O
Los rescatadores continuaban con la perforación y demolición de la sólida roca que obstruía el paso al túnel de la explosión. El Ingeniero Intendente, estaba a cargo de tal misión y calculaba las posibilidades de éxito de tales trabajos.
-Pensar que pude estar adentro. . . –decía- Sólo Dios sabe por qué me salvé. . . ¿Cuántos sobrevivientes habrá? ¿Llegaremos a tiempo para sacarlos con vida. . .?
El repetitivo ruido de los taladros, el golpeteo de los picos y las desordenadas voces de los trabajadores, llenaban el cerrado espacio de aquella mina. De repente, el Ingeniero gritó con fuerza:
-¡Paren las compresoras y taladros. . .! ¡Guarden silencio. . .!
Uno de los ayudantes se acercó y preguntó sorprendido: -¿Qué sucede? - en tanto el resto de los trabajadores murmuraban entre ellos.
El ingeniero insistió, con mayor energía:
-¡He dicho que se callen! ¡Escuchen…!
Hubo un silencio sepulcral; se miraban unos a otros sorprendidos, pues nada se oía. O más bien nada escuchaban porque los sentidos auditivos estaban atrofiados por el intenso y constante resonar de los equipos de excavación que llevaban en la operación de rescate.
Un rato después, se oyó el continuo goteo de agua del techo del túnel y hasta captaron las pisadas de una rata que corrió.
El ingeniero dijo con voz suave:
-Vengan, presten atención aquí. . . en esta área de rocas. . .
Los trabajadores se aproximaron. Acercaban sus cabezas a donde el ingeniero señalaba.
Un instante después, se percibió un lejano chocar de dos piedras. El ingeniero tomó un guijarro y golpeó la roca dos veces. El sonar del otro lado se suspendió. Después el ingeniero volvió a chocar contra el muro la piedra otras dos veces y en contestación, hubo dos golpes; siguieron tres y la misma respuesta fue inmediata. . .
La algarabía del grupo rescatador fue inmediata:
-¡Están vivos, están vivos! -Gritaron al unísono.
-¡Silencio!- -De- nuevo –alzó- la -voz el ingeniero y ordenó a un enfermero: -“Préstame tu estetoscopio”.
Colocó los auriculares en sus oídos y probó el aparato en varios lugares de la roca por donde suponía que procedía el golpeteo del otro lado.
-Aquí debemos perforar –Ordenó- No solamente nos están diciendo que están vivos; también indican el lugar en donde el muro de la roca es más estrecho. . . ¡Vamos, a darle con ganas!
En poco tiempo, se logró abrir el boquete; era pequeño, pero suficiente para oír con claridad del otro lado una débil voz que repetía: -“Ayúdenos, por favor. . .” Era Pepe “La Pulga”, quien se había introducido entre las piedras por el otro lado del muro en un intento de acortar la distancia de la excavación que realizaba la brigada de rescate. ¡Y lo logró!
Lo ayudaron a salir y al intentar subirlo al exterior, se negó abandonar a quienes aún seguían adentro en peligro de muerte y pidió le permitiesen regresar con la manguera del aire, porque consideraba que (por la estructura de su cuerpo) él era el único que podía desplazarse por aquel agujero. Y no estaba equivocado, porque pasó a través del muro varias veces con la manguera del aire, con medicinas y con agua, en tanto continuaban los taladros y compresoras en la demolición de la roca. Dos horas después, los socorristas y médicos atendían a los heridos, quienes poco a poco fueron llevados al exterior para de inmediato trasladarlos al hospital. El rescate de los fallecidos fue doloroso y tremendo, pero también se hizo.
Al anochecer, todo había concluido y nadie estaba a la entrada de la ASARCO.
Un mes después.
Para los habitantes de aquel pueblo que perdieron un familiar en la explosión del pasado verano, el luto aún continuaba. Sin embargo, para la empresa minera parecía que nada había sucedido. Y para quienes tuvieron sobrevivientes que fueron rescatados con bien, seguían con el amargo sabor de aquella pesadilla.
En días pasados, en el edificio del Sindicato Minero, en una ceremonia privada, a nombre de la “empresa”, el Delegado Sindical entregó a los deudos de los fallecidos una “simbólica gratificación” y asunto liquidado.
También, en esas mismas fechas, de La Secretaría del Trabajo, enviaron un grupo de técnicos especializados en seguridad industrial para que investigase a fondo el desastre que tantas vidas humanas costó. Después de estar recluidos (los técnicos) durante el día en el Foreing Club de la ASARCO, y pasar una noche en la zona roja, se regresaron y nada se supo del dictamen de los susodichos peritos. Tampoco al Sindicato le interesó averiguarlo.
Por su parte Luis, quien tenía enyesadas ambas piernas, esperaba que soldaran sus fracturas para tramitar su ida a Estados Unidos.
Pepe, tuvo cuatro semanas de licencia como reconocimiento a su intervención en el rescate. El domingo antes de reincorporarse al trabajo, en la tarde, estaba en el portal de su casa cuando vio llegar a Miguel el vecino en “sabroso estado de alegría”. Al ver a Pepe, se dirigió a él. Abrió la puerta del barandal y fue a saludarlo:
-“Buenas “héroe”, como la llevas?
-Hay nomás, tranquila -respondió. Vienes con “olor a caña húmeda” ¿Verdad?
-Vengo con eso y mucho más mi “querido Pepito”. ¿Qué cuentas de nuevo. . .?
-Que regreso a la escuela. . . No sé si me vaya a la capital. . .
-¡Vete al “DeFe” o a cualquier otro lugar, pero sal de este pinche pueblo! Yo a ti. . . te aprecio y te respeto porque vales mucho. . .¿Quieres que te diga un secreto. . .? Hoy en la mañana estuve con Luis tu cuñado. ¡Caray, cuánto te quiere “ese pelao” y también cuánto te admira! ¿Sabes lo que me dijo? Te lo voy a decir: -“Ese José vale diez veces lo que pesa” Te llamó José, no Pepe ni “La Pulga”. . . ¿Sabes por que te llamó José. . . ¡Porque te admira y también te respeta. . .¡ ¡Yo también te admiro y te respeto!
Miguel guardó silencio por un momento; se mecía asido al barandal del porche mientras Pepe lo observaba con seriedad.
-¡Perdóname José. . . Yo también te llamaré de ahora en adelante José. . . ¡Sí, perdóname; hablo mucho porque estoy con copas de más! ¡O quizá de menos. . . ¡Ja, ja. . .! - Rió estruendosamente.
Se acercó a Pepe y lo abrazó por los hombros. Con la vista clavada en sus ojos le dijo con voz queda; casi le murmuró:
- Tú, no eres Pulga. Aunque te lo digan, no hagas caso porque no es cierto. Tu nombre es José, ningún otro. Pero tienes que salir -repito- de este pueblo, porque a los que nos quedamos aquí, se nos suben varias pulgas a la espalda y no podemos quitárnoslas. La primera pulga, la más grandota, es la “empresa”, que nos explota y chupa la vida al hacernos trabajar en las peores condiciones, a cambio de un mísero sueldo y una tuberculosis como la mía. La segunda, no más pequeña que la anterior, es el Sindicato, guarida de pillos que nada hacen por nosotros. ¡Bola de vendidos al patrón! La tercera es. . .Te diré cuál es y estarás de acuerdo conmigo. . . La tercera pulga es la Cooperativa de Consumo. Igual que en las tiendas de raya del “porfiriato”, ahí también dan “atole con el dedo”, porque en el fondo no es más que otro botín para los líderes sindicales. La cuarta, es una “pulguita” que por ratos nos divierte y nos hace felices. Esa, se llama: “vicio y prostitución”. ¿Estás enterado que. . . Bueno, tu debes saberlo porque ya estás “grandecito”. . . que en este pueblo, por cada escuela que hay, existen diez o más cantinas y “casas con chicas malas”, que por cierto, algunas están “bien buenas”. Y volvió a reír. Luego con el dedo índice en los labios, en señal de silencio, murmuró al oído de Pepe:
-Debo hablar “quedito”, para que tu mamacita no escuche las groserías que digo. . .Pero esas pulgas y otras más, como los agiotistas y “los aboneros”, son las que nos chupan la vida y la sangre a los cerca de tres mil empleados de la compañía minera. . .
-Sinceramente te digo, mi respetable José. . . ¡Fíjate, nuevamente te llamé José, no Pepe . . . Me dará mucho gusto cuando Luis y tú se alejen de este pulguiento lugar y se lleven a Doña Mary. . . Ese día, los voy a extrañar “un chingo”. . .
-Nosotros también te echaremos de menos - respondió Pepe.
Sin decir adiós, Miguel se retiró silenciosamente; caminaba vacilante. Salió a la calle y al entrar al patio frontal de su casa, durante un instante permaneció parado de frente hacia Pepe, que le sonreía y con ternura lo veía.
Miguel valsaba y con frecuencia entrecerraba los ojos. Levantó la mano y la movió en señal de negación al tiempo que decía:
-¡Tu nombre no es Pulga, te llamas José, recuérdalo siempre! -sin decir más, se introdujo en su casa.
En ese instante, sonó el silbato de la Empresa: eran las seis de la tarde, lo cual significaba que en la mina nuevo personal cubría el tercer turno. Con seguridad, los elevadores suben mineros con el cuerpo cubierto de polvo negro; con rostros indiferentes, cansados, como la estatua del `parque municipal. También otro grupo de “carboneros” deben bajar a la mina, con los ojos iluminados por la esperanza.
José (Pepe), extasiado contemplaba la enorme chimenea de la empresa minera que sobresalía en el paisaje y que –inclemente- exhalaba el humo de los hornos de carbón cok, para formar una grisácea nube tóxica que amenazadora se expandía hacia el poblado ubicado en una amplia hondonada. Aquel enorme caserío estaba atravesado por sucios arroyos y por calles y callejones carentes de pavimento y (en grandes áreas) de los servicios de agua potable y drenaje, en donde compartían juegos y existencia niños y perros.
Sobre las colinas del área urbana, se asentaba la “colonia americana” exclusiva para el personal y familias de los altos ejecutivos norteamericanos de la ASARCO. Una cerca de alambre periférica, con estricta vigilancia en sus accesos, le daba “intimidad y protección”. Asimismo, la elevada ubicación de esa zona residencial, ofrecía un mejor clima en los veranos de 45º y 50º centígrados de temperatura; a la vez que ahí, los vientos preservaban contra la contaminación del polvo y gases emanados del procesamiento industrial del carbón y del Zinc.
Se iniciaba el atardecer. Un Sol de color rojo encendido caía para ocultarse tras la lejana serranía; mientras tanto, Pepe salía de su casa para encontrarse con la “guerita Lucy”, quien desde días antes había aceptado pasear por el parque e ir al cine con él, como novios que ya eran.

LAS ESTRELLAS SE TRANSFORMARON EN LUCIÉRNAGAS

Sucedió en el norte del Estado de Coahuila
Por Jesús Pérez Uruñuela


UNA TONADILLA de cuna se escuchó en el tranquilo y amodorrado anochecer dominical de aquel pueblo norteño.
Luego, la noche del oscuro manto dijo a quien en el patio de la casa mecía entre sus brazos a su pequeña hijita:
-¿Puedo unir al arrullo de tus versos el silencioso tintineo de mis estrellas. . .?
El amoroso padre movió la cabeza en señal afirmativa sin interrumpir su melodiosa canción de cuna:
“Duérmase mi reina,
y duérmase ya,
si no, viene el “coco”
y la asustará. . .
- Vaya viejo – dijo la madre- se ve que tienes bien mimada a nuestra hija. . .! La trajiste cargada desde la plaza a sabiendas que estaba despierta. ¿Piensas que no me fijé que la muy mañosa poco a poquito se fue acurrucando entre tus piernas, cuando estábamos por regresar a casa?
-¡Ay viejita! - replicó el padre. ¿Qué quieres que hiciera, si esta guerquilla se sentía tan cansada que no podía caminar. . .!
-¡No podía caminar. . .! –Nuevamente refunfuñó la mamá y agregó: -Pero bien que anduvo como “desatada juegue y juegue” alrededor del kiosko con los lepes del vecindario, mientras escuchábamos la serenata. Y seguramente también viste cuánto corrió y persiguió las luciérnagas cuando empezó a caer la tarde. En verdad que contigo, la escuincla se chifla en grande. Conmigo, sí anda derechita. . .
Hubo un silencio; luego, el adormecedor susurro continuó:
- “Señora Santaana,
por qué llora la niña?
Por una manzana
que se le ha perdido. . .
-Hasta le cantas y la balanceas en la mecedora para arrullarla como si fuese una bebé. –Una vez más comentó la madre y con fingido enojo comentó: -¡Ve su cara: tiene los ojos cerrados. . . quiere hacernos creer que duerme, pero ya no aguanta la risa. . .! ¡Mírala, mírala! ¡Ahora se está riendo! ¡Muchacha chivata, bien sabes con quién chiquiarte!

“Iremos a la huerta
y cortaremos dos:
una ‘pa mijita’,
y otra p’al niño Dios”

Al percatarse la noche que el canto y los mimos continuaban, y que la niña dormía profundamente, permitió que las estrellas, convertidas en luciérnagas -en el sueño de la pequeñita- bajaran a jugar con ella, como lo hicieron esa misma tarde de domingo.

¡En México no pasa nada!

(La rebelión de Ciudad Madera Chihuahua)
Por Jesús Pérez Uruñuela



Escueta nota periodística fue publicada en las páginas interiores de un diario matutino de la ciudad de México:
Chihuahua, Chih. 24 de septiembre de 1965. El día de ayer un grupo de guerrilleros pretendieron tomar por asalto el cuartel militar de Ciudad Madera, población (centro de una rica zona boscosa de la Sierra Madre) ubicada al noroeste de la capital del estado, a 321 kilómetros por la vía ferrocarril “Chihuahua Pacífico” rumbo a Topolobampo, Sin.
El ataque fue repelido por las fuerzas federales sin que se reportase baja alguna.

Días después en el Palacio Nacional.
Dos personas vestidas con trajes oscuros y portafoloios en mano se introdujeron al despacho presidencial, el cual estaba iluminado por un candil de múltiples cristales. Los exquisitos acabados de la ebanistería del mobiliario, así como el artístico diseño del parquet y de las alfombras de sus pisos, daban a la amplia oficina un ambiente de refinada sobriedad y elegancia. En una de las paredes destacaba el alto estante lleno de libros encuadernados en piel, librero que en sus costados tenía incrustadas dos cariátides que sostenían una corta columna estriada, muestras representativas de las finas obras de arte del tallado en madera que adornaban aquel recinto. A un costado del escritorio y del sillón (este último, tapizado con terciopelo y rematado su respaldo con una águila dorada) estaba una bandera nacional, la cual con sus colores verde, blanco y rojo, daban el toque mexicanista al espacio de trabajo del Primer Mandatario del país.
Los recién llegados se detuvieron frente a un viejo militar que permanecía sentado de cara al escritorio presidencial, quien por llevar en las hombreras un águila y tres estrellas, era General de División. Sin pronunciar palabra entregaron al castrense personaje los documentos que llevaban en los maletines y de inmediato, él con displicencia empezó a revisarlos sin mudar su estatuaria imagen y su inexpresivo y adusto rostro.
En tanto que el General absorto leía, los dos civiles algo murmuraron; luego, uno de ellos salió, mientras el otro (de ancho torax, atlético cuerpo y pronunciada calvicie) se dirigió al gran ventanal por el cual se observaba el zócalo capitalino. Se acercó al grueso y biselado cristal y con interés contempló allá abajo a un grupo de soldados que arriaban el colosal pabellón tricolor de la monumental asta bandera que se erguía en el centro de la explanada.
Con precisa coordinación y marciales movimientos, el lábaro fue recibido y cuidadosamente plegado. Finalmente con máximo miramiento trasladaron el símbólico lienzo patrio al interior del Palacio Nacional por la puerta central del mismo, ante la mirada de numersosas personas que con respeto vallaban el pelotón militar participante en aquella ceremonia.
Transcurridos unos instantes, la circulación vehicular se regularizó en torno al zócalo y de nuevo, sobre aquella área cuadriculada de cemento, los peatones reanudaron su aparente desatinado caminar.
Ningún sonido llegaba del exterior; adentro de la oficina presidencial existía un silencio que solamente era alterado por el ruido que ocasionaba el militar al hojear los documentos engargolados que acuciosamente repasaba.
Una puerta se abrió y por ella entró el Presidente de la República y la persona que veía a través de la ventana con celeridad acudió a reunirse con el General, quien ya estaba de pie en respetuosa posición.
Antes de sentarse en su sillón, el Mandatario comentó;
-Perdón por la demora, pero mi entrevista con “Su Señoría” se prolongó más de lo esperado; no obstante, los resultados de la misma, fueron altamaente productivos. Y agregó: -Tomen asiento por favor –y los dos se acomodaron frente a él.
-Señores –volvió a hablar el gobernante- en la sala de juntas están reunidos los Secretarios de Estado que hoy he convocado para definir la estrategia que nos permitirá enfrentar y corregir la situación de “intranquilidad” que desde el 23 de septiembre existe en la zona montañosa de Madera del estado de Chihuahua. Antes, quise hablar con ustedes: los Secretarios de la Defensa y de Gobernación, quienes coordinarán la actuación gubernamental conjunta que habremos de tener en aquella región y así lo haré saber al resto de mi gabinete.
Y con un ademán indicó al General Secretario de la Defensa que expusiese sus puntos de vista.
El encargado del Ministerio de Guerra, era reconocido como un experimentado miltar por haber participado en la Revolución en la División del Norte de Francisco Villa. Pasado el tiempo, llegó a ser Director del Colegio Militar y jefe de varias zonas militares del país. Además, por su probada lealtad y profesionalismo, el Señor Presidente lo estimaba sobremanera.
-Agradezco encarecidamente su alta distinción y confianza –expresó el militar y procedió a informar:
-Con motivo de los desagradables acontecimientos del pasado 23 de septiembre y en atención a sus superiores instrucciones, “implementé” no sólo en la sierra de Chihuahua, sino también en parte de Sonora y Durango, una serie de operativos consistentes en el establecimiento de retenes, patrullajes en caminos vecinales y vuelos de reconocimiento para localizar a los integrantes de aquel grupo rebelde. Como resultado de esas acciones fue aprehendido un número importante de sospechosos pobladores de la región, presuntamente coludidos con los del fallido artero ataque al cuartel militar de ciudad Madera.
-Nuestras metas –continuó el viejo soldado- se lograron, porque recuperamos el estricto control de la zona, razón por la cual no se han repetido otras agresiones del mentado grupo guerrillero. Sin embargo, debo hacer de su conocimiento que existe una manifiesta simpatía del pueblo tarahumara hacia los sublevados, lo cual, si no actuamos adecuadamente y con prontitud, podríamos tener en un tiempo que enfrentarnos a un levantamiento, el que deberá ser sofocado con alto costo social y político.
Sin comentar el Presidente volvió la mirada hacia el Licenciado, Secretario de Gobernación: ágil, manipulador y ambicioso funcionario, gran conocedor de las veladas fuerzas e intereses que accionaban la política interna, las cuales tenía en mente utilizar en su beneficio personal para en el futuro ascender a la máxima posición del gobierno de la nación. Y con voz pausada y monótona expuso sus consideraciones:
Yo también me siento altamaente honrado por la oportunidad que usted Señor Presidente me ha brindado de servirle en estrecha coordinación con el Secretario de la Defensa. Estoy en total acuerdo con mi General, que el caso “Madera” rebasa lo militar y que requiere de medidas adicionales a lo ya realizado. Por ello, presento a su consideración un “programa emergente” que consiste en la participación de los diversos organismos del gobierno identificados con los aspectos sociales, de salud y asistenciales, para que –entre otras acciones- se hagan llegar a aquellas comunidades indígenas despensas, leche, mantas y ropa. La Conasupo puede ser el conducto adecuado para ese propósito. Asimismo, la Secretaría de Salubridad, a través de su Delegación Estatal, podrá emprender una campaña sanitaria y de vacunación y hasta la Secretaría de Educación, se haría presente con una promoción alfabetizadora y con el regalo de libros de texto y desayunos escolares. Y en diciembre repartiremos piñatas, dulces y juguetes para las celebraciones navideñas. Todo eso, servirá para ratificar la presencia siempre oportuna del gobierno de la República en las comunidades que lo requieren y así echar por tierra las demagógicas banderas reivindicadoras de esos agitadores que cobardemente se escudan en el anonimato y en la oscuridad de la noche para atacar a traición y que preteneden deformar con exóticas ideas ajenas a la idiosincracia nacional la manera de pensar y de sentir de nuestro pueblo.
El Presidente sonrió en señal de satisfacción y al hacerlo dejó al descubierto la espléndida dentadura que tanto agrandaba su boca. Sus pequeños ojos brillaron tras los cristales de sus lentes y emocionado exclamó:
--¡Si General, si Licenciado! ¡Ese sentimiento patriótico que tenemos los del “Partido Ofical”, es lo que nos ha hecho herederos del poder en este hermoso país...! -Y de inmediato se puso de pie para resumir lo que habría de tratarse ante los demás encargados de las carteras ministeriales.
-Con esas mismas palabras, quiero que ustedes dos expongan ante sus “colegas” el espíritu republicano y nacionalista que deberá inspirar nuestras acciones para evitar que aquellos desventurados indígenas del norte de nuestro país sean presa del comunismo internacional. Además, les comunico que “Su Señoría” me ofreció que, con el fin de coadyuvar a los objetivos de “estabilidad y paz” de los habitantes de la zona chihuahuense de Madera, en estos días, él enviará un grupo de sacerdotes a reforzar e intensificar la evangelización católica entre los tarahumaras que tan erradamente piensan que el embrutecimiento con alcohol del maíz los acerca a Dios Nuestro Señor. Los prelados misioneros serán Agustinos Recoletos, recién llegados de España...
-Dispense Señor Presidente, ¿por qué extranjeros? –interumpió el Secretasrio de Gobernación.
-Esa misma pregunta me hizo “Su Eminencia Ecleciástica” y ¿se imaginan qué explicación le dí?: -Si enviáramos a aquellas comunidades curas mexicanos, se correría el riesgo de que en corto tiempo, alguno de ellos, se involucrara tanto en la problemática local que decidiera organizarlos en una incipiente revuelta contra el gobierno. Y ¿qué tendríamos qué hacer? ¿Eliminarlo o encarcelarlo? ¡No nada de eso es recomendable, porque se provocaría un escándalo público! Sin embargo, si los sacerdotes son de otros países, estarán tan ocupados en comprender las costumbres, tradiciones y forma de pensar de los indígenas que requerirán de muchos años para identificarse plenamente con ellos. Y si alguno de esos curas resulta conflictivo y revolucionario, disponemos de dos recursos: la excomunión y la deportación.
-¿Qué les pareció mi razonamiento? –agregó con tono irónico el gobernante y los tres rieron con estridentes carcajadas, después de las cuales, el mandatario con recuperada seriedad ordenó:
-Vayamos en este momento a la sala de juntas para exponer los objetivos de trabajo de la Presidencia en el caso “Madera”.
-Un comentario final –dijo el Secretario de la Defensa:
-Si señor General, diga usted.
-Lo que vamos a realizar en Chihuahua, me parece lo más adecuado –expuso el militar- sin embargo, pienso que esas medidas las deberíamos hacer extensivas con carácter preventivo a las otras zonas del país en donde la población indígena es numerosa.
-Entiendo el sentido de sus palabras –replicó el Presidente- pero estimo que no estamos en una situación que justifique actuar así a nivel nacional. Mire usted, aparte de lo acaecido en ciudad Madera y salvo algunas gavillas de maleantes que actúan en Guerrero, ¿en qué otros estados pudiéramos tener descontento social? ¿Aquí en la capital? Obviamente que no, porque, aunque los jóvenes constituyen el sector “más inquieto”, bien sabemos que para la UNAM y el POLI tenemos previstos los “elementos y contactos adecuados y necesarios” para mantenerlos “en un puño”. Por ello, nunca tendremos problemas mayores con “esos muchachitos”. Además, al sindicalismo, al sector popular y al campo, los controlamos con “las confederaciones”
Luego el gobernante, al tiempo que alternaba su mirada con los dos interlocutores, cuestionó:
-¿Realmente creen ustedes que pudieran haber acciones rebeldes de los indios del Valle del Mezquital, de los mayas de Yucatán, de los mixtecos o zapotecas de Oaxaca, o de los chamulas y tzotziles de Chiapas, ¡por favor...no nos calentemos demasiado, que... en México no pasa nada...!
El Primer Mandatario acompañado de los dos Secretarios salió del depacho en dirección de la sala de juntas, en tanto afuera había anochecido y el zócalo resplandecía con el alumbrado público y las imágenes luminosas alusivas a los personajes de la Revolución Mexicana, formadas con miles de pequeño focos de colores.
En un costado de la monumental plaza, sobresalía el esplendor y la majestuosidad de la Catedral Metropolitana, construcción de estilo barroco neoclásico. En el otro extremo, el anterior edificio del Ayuntamiento (sede del Gobierno del Distrito Federal) lucía su también alumbrada fachada en cantera, adornada con escudos elaborados con azulejos poblanos.
A un costado del antiguo inmueble de los “Mercaderes”, la refulgente y serena efigie de Emiliano Zapata, “el Caudillo del Sur”, miraba fijamente al Palacio Nacional, el cual también reflejaba las luces de las candilejas de un optimista presente y de un eterno ilusorio futuro.